El Salvador
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Por Erik Ching y José Alfredo Ramírez

Resumen

El presente artículo se pregunta sobre el impacto de la Revolución rusa en El Salvador, enfocándose específicamente en cómo moldeó la conciencia subjetiva de la población. El Salvador estaba lejos y era de poco interés para los rusos, y los salvadoreños, por su parte, observaron desde la distancia cómo la sociedad rusa sufría dramáticos cambios. La revolución promovió posturas anticomunistas, las cuales fueron dominantes en los medios de comunicación salvadoreños, así como puntos de vista en favor de la revolución, los cuales se manifestaron en espacios más clandestinos. Al final, Rusia fue un ejemplo distante y difuso a seguir, que conservó poca relación directa con las dinámicas salvadoreñas. Sin embargo, para aquellos salvadoreños que creían en la necesidad de un cambio transformativo en su sociedad, la revolución o al menos la idea que ellos tenían en mente los motivó a la acción.

Introducción

En septiembre de 1971, el editorialista conservador Juan Ulloa, advirtió a sus compañeros salvadoreños que su país estaba siendo amenazado por los comunistas, quienes pretendían tomar el poder. El contexto para la nota de Ulloa era la reciente finalización de una huelga de maestros, la cual describió como un “plan comunista que fracasó”. Uno de los más grandes temores de Ulloa era que la sociedad salvadoreña “[ignora tener] ya la plaga comunista”. Para despertar la consciencia de la ciudadanía, Ulloa dirigió la atención de sus lectores al pasado salvadoreño, específicamente a los trágicos acontecimientos de 1932, cuando estalló una supuesta rebelión comunista en el occidente de El Salvador y el ejército debió emplear una violencia colosal para restablecer el orden. Ulloa culpó al presidente Pío Romero Bosque (1927-1931), y a su actitud permisiva hacia las libertades políticas, por el levantamiento. “No fue una sorpresa”, insistió Ulloa, que bajo la mirada de Romero Bosque, “varios grupos de individuos paseaban por las calles de San Salvador banderas con la hoz y el martillo, cantando la Internacional” Ulloa dijo a sus lectores que Romero Bosque “conoció a sus líderes [comunistas]”, pero fue su sucesor, el general Martínez, quien “los fusiló” (La Prensa Gráfica, 13 de septiembre de 1971: 6).

El temor de Ulloa era habitual entre los anticomunistas en América Latina en la década de 1970, especialmente después del éxito de la Revolución cubana en 1959. Esto distinguió a Ulloa y a sus compañeros anticomunistas salvadoreños fue su creencia de que El Salvador tenía un lugar único en la historia de la subversión comunista en América Latina. Para ellos, El Salvador había sido el primer país en enfrentar y derrotar un intento de la Unión Soviética y sus aliados locales, llamados comunistas criollos, de instalar un régimen comunista. Se afirma comúnmente que el primer sóviet en América Latina fue creado en El Salvador durante el levantamiento de 1932.1

El objetivo del presente capítulo es determinar hasta qué punto Juan Ulloa tenía razón. ¿Tuvieron los acontecimientos de Rusia y su revolución el efecto de transformar a El Salvador durante los aproximadamente quince años después de 1917?, ¿el gobierno soviético o sus organizaciones internacionales, como la Comintern, dirigieron a los radicales salvadoreños en los años veinte y principios de los treinta y los condujeron a la rebelión en 1932?, ¿la Revolución rusa había transformado de forma subjetiva a los activistas salvadoreños y los había inspirado a abrazar la militancia revolucionaria?

La respuesta a estas preguntas, en términos generales, es “no”. Rusia era un actor lejano, apenas involucrado en asuntos salvadoreños o incluso centroamericanos hasta finales de los años veinte. Incluso, entonces, su presencia era modesta, pues los líderes rusos seguían estando opuestos a la militancia revolucionaria en Centroamérica. Por su parte, muchos salvadoreños tuvieron conciencia de la Revolución rusa, pues fue un gran evento internacional. Sin embargo, Rusia y su revolución fueron para ellos abstracciones, contra las cuales pudieron comparar sus diferentes marcos interpretativos. No obstante, para los salvadoreños que se radicalizaron en los años veinte y principios de los treinta, la Revolución rusa, en toda su abstracción, contribuyó a su conciencia subjetiva como revolucionarios.

La prensa salvadoreña y la hegemonía anticomunista, 1917-1931

Siendo un evento internacional muy importante, la Revolución rusa aparecía frecuentemente en los principales periódicos salvadoreños en los años posteriores a 1917. Por consiguiente, los salvadoreños alfabetizados pertenecientes a la esfera pública burguesa tenían consciencia de la revolución, por lo que se puede asumir con seguridad que su conocimiento y marcos interpretativos particulares se filtraron hacia el público popular analfabeta, o a la esfera popular, en diferentes formas indeterminadas (Wood 7-8).

La selección de importantes periódicos que da cuerpo a este texto no es sistemática, pero sí de amplio alcance, pues revela que las referencias iniciales a la Revolución rusa, por ejemplo, las notas que aparecieron a lo largo de 1917 y 1918 tendieron a ser de tono neutral. Además, la selección de periódicos incluye casi todas las ediciones del Diario del Salvador entre 1917 y 1932, El Día para finales de la década de 1910 e inicios de la década de 1930; varios años de Diario Latino; el periódico oficial del Gobierno, Diario Oficial, para la mayoría del periodo tratado, y la revista bimensual, Actualidades, para finales de la década de 1910. Muchas de las referencias a Rusia aparecían como pequeños reportes cablegráficos en las secciones internacionales de los periódicos y describían los eventos rusos en corto, por lo general como parte del amplio drama de la Primera Guerra Mundial. Los textos más grandes sobre Rusia solían ser reimpresiones de medios internacionales, usualmente periódicos mejicanos o españoles. Por lo general, se enfocaban en los detalles de los eventos como si fuera un cuento para niños, como las idiosincrasias de Rasputín y la abdicación y eventual desaparición de la dinastía Romanov (Actualidades, 1917: 11-13, 23-25; mayo-julio de 1917, 25-28; Diario del Salvador, 24 de julio de 1918, 2). Cuando un texto a página completa sobre Lenin apareció en la revista literaria Actualidades, en diciembre de 1917, bajo el título “¿Quién es Lenin?”, el autor, quien parecía ser el director editorial de la revista, realizó un abordaje sin responsabilidad personal, dibujando a Lenin como determinado y fanático, pero más o menos como un personaje de su lugar y tiempo. Notablemente, el autor no hace mención del marxismo de Lenin ni sugiere que la revolución podría representar un peligro para la humanidad (Actualidades, diciembre de 1917, 32-34).

Este retrato relativamente benigno de Rusia dio paso a un anticomunismo más cerrado y agresivo una vez que las implicaciones completas de la revolución y sus líderes bolcheviques se hicieron manifiestas. En enero de 1919, la revista Actualidades publicó dos piezas sindicadas: una escrita por Gustave Le Bon,2 para quien “el bolcheviquismo es la regresión a la barbarie primitiva, la dominación de la instintivo sobre la racional, y el desencadenamiento de las pasiones que no se ven ya refrenadas por las restricciones sociales” (3); y la otra por Serge Persky,3 la cual se publicó en distintas entregas, titulada “La nacionalización de las mujeres por los bolshevikis”. En este texto, Persky describió a la Rusia bolchevique como “la familia destruida, las mujeres arrastradas a la vergüenza, las jóvenes, los niños arrancados a sus madres y entregados a vicio de los funcionarios o depravados en las escuelas: he aquí el balance del bolshevikismo” (4).

En ese año, la forma en que los medios masivos salvadoreños informaban sobre Rusia y su revolución quedó establecida, pues breves referencias a ese país europeo aparecieron regularmente en forma de pequeñas noticias de tono neutral y cablegramas, junto a otros relacionados con asuntos internacionales. Sin embargo, cada semana, o diez días, se publicaban editoriales o artículos de opinión más largos, algunos firmados por salvadoreños y otros eran, al parecer, reimpresiones de agencias noticiosas extranjeras. La presente selección de fuentes no es más que un mero vistazo a las miles de referencias sobre Rusia. Basta con decir que dos amplias conclusiones pueden ser mencionadas: 1) las referencias a Rusia y a su revolución aparecieron regularmente en los medios masivos; así, se deduce que fueron parte integrante de las conversaciones diarias y discursos públicos; y 2) casi todos los análisis orientados por la opinión pública tomaron una aproximación hostil hacia la Revolución rusa y al Bolcheviquismo.

Producto de ese bombardeo mediático empezó a emerger una serie de tropos sobre el comunismo y la Revolución rusa, que podrían llegar a definir una hegemonía anticomunista en El Salvador durante las décadas siguientes. Su premisa básica fue que el comunismo era una ideología extranjera, contraria a las leyes de la naturaleza humana y promovida por Estados nacionales extranjeros -hasta ese momento, solo Rusia- con la intención de tomarse todo el mundo y sumir a todos los seres humanos a un reino de terror autoritario. En las naciones objetivo, como El Salvador, los extranjeros encontraban aliados locales, o comunistas criollos, quienes buscaban desestabilizar el orden público, lo cual les permitiría tener la oportunidad de hacerse con el poder a partir del caos.

De nuevo, solo una mirada superficial a la evidencia es posible; pero, por ejemplo, en septiembre de 1927 el Editorial de uno de los principales periódicos salvadoreños, Diario del Salvador, mostró su preocupación sobre la creciente ola de movilización de trabajadores y vinculó al problema directamente con el bolcheviquismo ruso. Unos cuantos días después, el mismo medio reimprimió un artículo colombiano titulado “Bolchevismo Criollo”, el cual advertía sobre comunistas locales colombianos, aliados con Rusia, que estaban conspirando contra el Gobierno colombiano (Diario del Salvador, 29 de septiembre de 1927: 5). Unos meses después, a inicios de 1928, el Diario del Salvador publicó una carta abierta al presidente Romero Bosque para advertirle sobre “el problema proletario en nuestro país”, y hacerle un llamado a realizar reformas para socavar la inconformidad de los trabajadores o enfrentara el hecho de que El Salvador seguiría el camino de la Revolución rusa (Diario del Salvador, 3 de febrero de 1928, 7). Otro diario, El Día, publicó un editorial reimpreso del Diario de Centro América de Guatemala, titulado “Las teorías exóticas: el comunismo”. Apareció cuando los eventos de 1932 aún estaban en desarrollo, y el editorialista advirtió sobre organizadores comunistas encendiendo legiones de campesinos:

Sin alcances intelectuales cegados por la divisa de ‘tierra y libertad’, cruzaron grandes extensiones de terreno devastando lo que encontraban a su paso sin por eso poseer un programa reconstructivo ni mucho menos tendiente a elevar el nivel mental de quienes se sentían atraídos por caudillos envueltos en visiones fulgurantes de sangre (27 de enero de 1932, 3).

Las raras excepciones a este implacable ir y venir del anticomunismo aparecieron a finales de la década de 1920, en el contexto de una creciente ola de antiimperialismo que recibió apoyo de diversos sectores de la sociedad salvadoreña, incluidas algunas élites, oficiales del gobierno, dueños y editorialistas de periódicos (Salisbury, 1989, cap. 5). Aunque esta ola de antiimperialismo carecía de una orientación radical, algunas de las columnas y editoriales antiimperialistas parecían tomar un tono casi leninista, como fue el caso de Rafael Nieto, quien denunció a los Estados Unidos “y a todas las naciones capitalistas”, en una columna de 1928 del Diario del Salvador. El argumento básico de Nieto estaba basado en las acciones imperiales de los Estados Unidos como el resultado lógico del funcionamiento del mercado capitalista (Diario del Salvador, 29 de julio de 1928: 3). Sin embargo, cualquier simpatía hacia el comunismo o los principios del marxismo-leninismo dentro de este despliegue antiimperialista fueron pura coincidencia. La perspectiva fundamental de los principales medios de comunicación en El Salvador era de un implacable anticomunismo y antibolcheviquismo.

Este anticomunismo, en los medios de comunicación salvadoreños, es difícilmente sorpresivo para quien medianamente conozca la historia sociopolítica de El Salvador. Bajo el riesgo de la sobresimplificación, El Salvador era una nación dominada por un puñado de familias muy ricas que controlaban la inmensa mayoría de la capacidad productiva de la nación, sobre todo en lo concerniente a su economía cafetalera y a la circulación de los medios de comunicación. Hacia finales del siglo XIX, El Salvador emergió como uno de los máximos productores de café del mundo, a pesar de ser una nación pequeña y densamente poblada. En las vísperas de la Gran Depresión, el café representó el 90 por ciento de las ganancias en exportaciones de ese país. La gran mayoría de la tierra para sembrar ese producto y casi todos los subsidiarios eran propiedad de una docena de familias, la famosa oligarquía salvadoreña. Los miembros de esta no actuaban necesariamente en sintonía, ni se preocupaban los unos por los otros; pero, en general, la mayoría de ellos compartían una misma perspectiva sociopolítica y establecieron límites estrictos a las opciones políticas y económicas para El Salvador.

Como consecuencia, este país tuvo uno de los más cortos y tardíos movimientos nacionalistas y reformistas del temprano siglo XX -las presidencias de Pío Romero Bosque (1927-1931) y Arturo Araujo (marzo-diciembre de 1931).4

Evidentemente, la Revolución rusa, aunque fuera una entidad abstracta, jugó un papel fundamental al definir la cosmovisión subjetiva del liberalismo anticomunista salvadoreño. Como se verá a continuación, la hegemonía de este orden liberal no existió carente de oposición. Mientras que sus opositores aparecieron dentro de distintas perspectivas ideológicas, la mayoría moderadas, las pocas que abrazaron una militancia radical reunieron información de medios clandestinos y diseñaron lecciones alternativas sobre Rusia y su revolución -aun cuando supieran muy poco sobre ella en términos prácticos-.

La organización obrera y el activismo radical en El Salvador, 1917-1931

La Comintern casi no le prestó atención a los asuntos centroamericanos hasta finales de la década de 1920. El desinterés de Moscú en el istmo es bien conocido para cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de la Comintern y su orientación ideológica. Por esta razón no “descubrió” América Latina hasta 1928, cuando el líder de la Comintern, Grigory Zinoviev, lo mencionó en su discurso inaugural en el VI Congreso de la Comintern. Hasta entonces, el liderazgo de la Comintern se adhería a una variante bastante tradicional del marxismo, que ubicaba el más grande potencial revolucionario en la clase urbana de las naciones capitalistas desarrolladas, especialmente en Europa occidental.

Una región del mundo como El Salvador, predominantemente rural con un gran número de campesinos, y donde muchos poseían tierra como propiedad privada, no llenaba los requisitos revolucionarios de la Comintern. Por lo tanto, si estableció relaciones con partidos y sindicatos en América Latina a inicios de la década de 1920, lo hizo solo en los países más grandes y urbanizados como México y Argentina. Aun después de 1928, un paradigma realista definió el interés soviético en América Latina. En palabras de Mervyn Bain (31), autor de From Lenin to Castro, “el interés del Kremlin no estaba en esta parte del mundo de por sí, sino en los efectos de cualquier actividad revolucionaria en los países menos desarrollados por los países metropolitanos”.

La ausencia de contactos significativos entre la Comintern y Centroamérica antes de finalizar la década de 1920, significó que la organización sindical y el activismo radical se realizaron de forma autónoma, sin la guía de Rusia. La creación del primer partido político comunista en Guatemala, entre 1922 y 1923, fue un momento fundacional en la historia de la organización radical en Centroamérica, pero ni ellos, ni sus sucesores revisionistas en 1925, produjeron mucho en términos de resultados tangibles. Ante esto, no es posible desestimar el impacto que estos primeros esfuerzos tuvieron en las personas involucradas, muchas de ellas llegaron a convertirse en la “vieja guardia” de los futuros partidos comunistas (Isunza, 1993). Entre los primeros miembros salvadoreños de esta primera afiliación comunista estaban Max Cuenca y Farabundo Martí, quienes llegarían a tener roles importantes en eventos futuros (Isunza 141-142). En el caso específico de El Salvador, el partido comunista oficial que se afiliaría a la Comintern, a saber el Partido Comunista Salvadoreño (PCS), no llegó a existir hasta marzo de 1930 y emergió directamente del movimiento sindical surgido en la segunda mitad de la década de1920.

Hacia finales de los años veinte, un número creciente de trabajadores rurales en El Salvador, ladinos (no-indígenas) e indígenas por igual, estaban siendo transformados en proletarios sin tierras. Las reformas agrarias a inicios de la década de 1880 disolvieron el sistema de propiedad comunal de la tierra, el cual había sostenido a la mayoría de la población campesina salvadoreña hasta esa época. Muchos de los usufructuarios que residían en esas tierras lograron obtener acceso a una porción de esas en forma de terrenos privados, pero los decretos de privatización no los hicieron lo suficientemente grandes como para mantener a sus descendientes. El Salvador era un país pequeño y densamente poblado sin frontera agrícola, por lo que a finales de la década de 1920, cuando las familias crecieron más allá de sus escasos recursos, un número creciente de sus miembros fue forzado a entrar en las filas de una fuerza de trabajo itinerante y semiproletaria, la cual buscaban trabajo en grandes haciendas cafetaleras o en ambientes semiurbanos. Esta creciente tensión en el campo, especialmente en la región occidental, fue exacerbada por la Gran Depresión de 1929, y explotó en la insurrección armada de enero de 1932. Sin embargo, en las áreas urbanas fue donde ocurrieron las primeras iteraciones en la organización formal de trabajadores.

A pesar de su economía basada en el café, El Salvador experimentó alguna urbanización y diversificación económica en el temprano siglo XX. La ciudad capital de San Salvador tenía aproximadamente 100 000 habitantes en 1930, de una población nacional de 1.3 millones; y las capitales regionales, como Santa Ana, San Miguel, Sonsonate y Ahuachapán, aunque eran más pequeñas que San Salvador, albergaban a varios miles, incluso decenas de miles de residentes. Eran los vecindarios de las clases trabajadoras más pobres de esas ciudades, dentro y alrededor de la capital de San Salvador, donde la primera organización sindical salvadoreña surgió, y fue ahí también donde aparecieron las primeras doctrinas del radicalismo izquierdista.

La fecha tradicional para hablar de la organización sindical en El Salvador es 1924, el año en que la primera y principal federación sindical en El Salvador, la Federación Regional de Trabajadores Salvadoreños (FRTS), apareció. Su creación marcó el momento de transición desde la formación de organizaciones artesanales cuyos miembros supuestamente carecían de conciencia de clase, a una organización formal de trabajadores sindicales que empezaron a verse como “trabajo” y a definirse a sí mismos en conflicto con el “capital”. Los académicos han modificado esta cronología tradicional, revelando los muchos caminos, maneras y formas en que los movimientos sociales moldearon la conciencia de las personas antes de 1924, especialmente alrededor de temas sobre el antiimperialismo (Lindo, 2015; Isunza, 1993). Sin embargo, para los propósitos de esta investigación se mantiene la cronología de 1924, porque fue de las filas de la FRTS que los primeros activistas radicales emergieron, alegando inspiración del “bolcheviquismo”.

Después de su fundación, la FRTS creció rápidamente, hasta llegar a tener aproximadamente 30 sindicatos afiliados y varios miles de miembros. La mayoría de sindicaros afiliados a la FRTS se localizaron en áreas urbanas, centralizadas alrededor de actividades económicas urbanas, como panaderías, zapaterías, construcción y transporte. La federación era reformista ideológicamente, o como la llamarían de manera peyorativa los activistas radicales: amarilla. El objetivo de la FRTS era mejorar la condición de la mayoría de trabajadores mediante el poder de los números para negociar con los dueños de los negocios por mejores salarios y condiciones laborales, y de hecho en algunas ocasiones utilizó la acción de masas, en forma de huelgas, para lograr sus objetivos. Sin embargo, nadie en la federación estaba abrazando el marxismo o la militancia revolucionaria antes de los años 20.5

Se tiene mucha fortuna de conocer mucho de lo relacionado al surgimiento del radicalismo dentro de las filas de la FRTS gracias a un importante grupo de evidencias que fueron descubiertas a mediados de la década de 1990, en concreto la documentación relacionada con el comunismo centroamericano en el archivo de la Comintern en Moscú, Rusia.6 Comprendiendo más de 1000 páginas de evidencia, incluidas más de 400 páginas sobre El Salvador, los documentos del Comintern constituyen la colección más grande de evidencia relacionada específicamente con el comunismo y el activismo militante en los años 20 e inicios de los 30. Esos materiales revelan que una pequeña, pero influyente facción de radicales, emergió dentro de las filas de la FRTS, y en 1928 iniciaron correspondencia con el Partido Comunista Mexicano y con el Buró del Caribe de la Comintern, que entonces estaba localizado en la Ciudad de México. Muy pronto, después de esa comunicación, hicieron su debut en el V Congreso Anual de la FRTS en 1929 al establecer una subsección llamada el Congreso Obrero y Campesino y declarándose opositores a las políticas burguesas y en favor de la revolución social.

Ese momento fue decisivo en la historia de la organización radical que Rusia y su revolución se volvieron actores activos en El Salvador, al enviar agentes de la Comintern/Buró del Caribe para asistir a los salvadoreños en su naciente radicalismo. Al menos tres agentes fueron enviados, de los cuales el más influyente fue Jorge Fernández Anaya -quien se hacía llamar por su apellido materno-. Anaya era miembro del Partido Comunista Mexicano y representante del Buró del Caribe, llegó a El Salvador en diciembre de 1929 y se quedó por aproximadamente un año, antes de que la persecución policial lo forzara a huir hacia Guatemala. Ese fue un año decisivo, cuando el radicalismo relativamente autónomo dentro de El Salvador se fusionó con representantes externos de la Comintern y sentaron las bases para las contradicciones ideológicas que definirían el movimiento comunista nacional en el futuro.7

Los archivos salvadoreños en la Comintern dejan ver que Anaya emergió con el líder de facto de los radicales. Él escribió muchas de sus declaraciones y resoluciones, y también presidió la mayoría de reuniones y conferencias sobre asuntos internacionales y cuestiones ideológicas. A su llegada, alentó a los miembros del Congreso Obrero y Campesino a tomar el control de la FRTS, lo que lograron en el VI Congreso de la Federación en 1930. Los nuevos líderes produjeron un voluminoso informe -150 páginas, a máquina y espacio simple- de esa reunión. En este se plantearon una serie de resoluciones y posiciones políticas que se quedaron cortas en identificar a la FRTS como marxista, pero que sí definió a la lucha de clases como el principio rector de la federación. La página final del documento aclamó a Anaya como la persona que “desde fines del año pasado ha sido en el más amplio campo de la lucha clasista de grandes utilidades para las grandes masas trabajadores de El Salvador” (149).8

Poco antes de que los radicales ganaran el control de la FRTS, un núcleo de ellos se convirtió a la clandestinidad y fundaron el Partido Comunista en marzo de 1930. Además, se afiliaron con la Comintern y empezaron a mantener correspondencia de forma regular con el Buró del Caribe. Uno de los fundadores del partido, el obrero Miguel Mármol, junto con su compañero de partido Modesto Ramírez, viajaron a Rusia a mediados de 1930 para atender al VI Congreso del Profitern. Ellos fueron los primeros y únicos salvadoreños que vieron Rusia antes de los sangrientos eventos de 1932 ( Dalton cap. 5; Taracena 57).

La tercera y última organización radical que apareció antes de 1932 fue la sección salvadoreña del Socorro Rojo Internacional (SRI). Fue fundada en 1928, pero tenía un perfil modesto hasta que el activista salvadoreño, Farabundo Martí, regresó de pelear en Nicaragua con Sandino y asumió su liderazgo.9 Aunque el SRI y el PCS eran entidades distintas, sus miembros trabajaban muy de cerca. Notas de las reuniones semanales del Comité Central del Partido Comunista revelan que el SRI era un tema de discusión constante, y los miembros del SRI mandaban reportes al comité o asistían a las reuniones personalmente para entregarlos (RGASPI, 495, 119, 7; 495, 119, 8).

Sobre el tamaño de estas organizaciones, se puede decir que el PCS en su punto de mayor auge, a mediados de 1930, tenía alrededor de 500 miembros, de los cuales más de la mitad residían en o alrededor de la ciudad capital de San Salvador (RGASPI, 495, 119, 4, 5 y 55). El número de integrantes del SRI es más difícil de determinar no por la falta de datos duros, sino porque era una entidad pública cuyos líderes la presentaban como una asociación de ayuda en lugar de una revolucionaria, sumaba más miembros, muchos miles por lo menos, e incluso más de 10 000 (Gould y Lauria cap. 3; Ching 295-304).

¿Cómo se concebían a sí mismos y a su afiliación, los miembros del SRI? El debate aún está abierto y será abordado más abajo. En lo que respecta a la FRTS, sus números parecen haber declinado después de que los radicales se la tomaron, aunque todavía se carece de evidencia contundente. Anaya sí hizo referencia a este problema en uno de sus reportes al Buró del Caribe, al decir que “la organización [FRTS] debilitó en números rápidamente, debido principalmente al hecho de que todos los elementos antiguos se asustaron del creciente carácter combativo” (RGASPI, 500, 1, 5, 19).

Como marxistas-leninistas tradicionales y afiliados a la Comintern, los líderes del Partido Comunista Salvadoreño definieron, como su razón de ser, lograr el derrocamiento revolucionario del Estado salvadoreño y establecer la dictadura del proletariado. Sin embargo, la mayoría de ellos creían, como lo hacían todos los oficiales de la Comintern, que El Salvador no estaba cerca de la etapa apropiada en su historia para moverse a la ofensiva revolucionaria. Con el tiempo, esta posición llegó a ser conocida como “la línea de Moscú”, e intensos debates sobre ese tema se convirtieron en una característica definitoria del activismo radical en El Salvador por décadas. En ese contexto, por ejemplo durante el periodo formativo de 1930-1932, los líderes adscritos a la línea oficial definieron los objetivos inmediatos del partido como organizadores, más que militantes activos. Ellos establecieron acciones como lograr que más miembros se unieran al partido, difundir la presencia del partido -especialmente en el campo- y diseminar propaganda en favor del socialismo.

Cualesquiera que hayan sido las aspiraciones del naciente movimiento radical salvadoreño, una cantidad significativa de su tiempo y energía hacia 1932 fue consumida por sus diferencias fraccionales y disputas ideológicas. Tan pronto los radicales formaron el Congreso Obrero y Campesino y tomaron el control de la FRTS, empezaron a expulsar miembros, especialmente líderes del pasado, a quienes juzgaban de ser “reformistas” o “amarillos”. La cacería de estos grupos, de los anarcosindicalistas y de todas las formas de desviaciones ideológicas permaneció como una característica siempre presente del movimiento radical (Diario del Salvador, 21 de agosto de 1929, 7; Ching, 2007, 40-55). Los radicales salvadoreños eran capaces de comprometerse en esas actividades, pero su afiliación a la Comintern y la presencia de agentes como Anaya acentuaron el problema e hicieron de la pureza ideológica una característica central de la organización comunista del momento. En una de las reuniones semanales, en noviembre de 1930, un líder identificado con las iniciales “JFA” acusó al partido de sufrir de “pobreza ideológica”, con lo cual quería dar a entender, se presume, que los criterios del comunismo internacional y los salvadoreños tenían mucho trabajo por hacer antes de poder considerarse a sí mismos listos para ser agentes de cambio social (RGASPI, 495, 119, 7, 9).

El hecho de que el movimiento radical salvadoreño haya surgido durante el tercer periodo de la Comintern significó que los salvadoreños fueron encerrados en un marco estrecho de opciones organizativas. No podían optar por la ofensiva, pero por mandato del tercer periodo tampoco podían formar alianzas con los sindicatos o partidos políticos no radicales. Entonces, los radicales quedaron con la enorme tarea de convencer a sus compañeros salvadoreños de rechazar el reformismo y embarcarse en el radicalismo, pero de una forma no militante. Resulta dolorosamente obvio cuando se lee la evidencia documental a la vista darse cuenta de que todo el proceso estuvo abierto a divagaciones interpretativas, conflictos personales y faccionalismo sectario. Hasta cierto punto, el movimiento radical sufrió de conflictos internos debilitadores que limitaron su habilidad para alcanzar sus objetivos organizacionales. En palabra de Gould y Lauria (2009 220): “Más que presentar un mapa de carreteras hacia el socialismo, para Latino América, el Comintern exportaba sólo sectarismo extremo”.

Estos tres organismos -la FRTS, el PCS y el SRI- emergieron al centro de los debates sobre la naturaleza y causa del levantamiento de 1932. ¿Estuvieron una o más de estas organizaciones al centro del levantamiento de 1932? Y, por extensión, ¿fue la Revolución rusa un actor en los eventos, ya sea en la teoría o en la práctica? Antes de responder a estas preguntas es necesario volver a las historias de vida de algunos de los actores radicales en El Salvador para ilustrar hasta qué punto Rusia y su revolución jugaron un rol al moldear su conciencia subjetiva.10

Historias de vida y el impacto subjetivo de la Revolución rusa

Para entender la evolución de las ideologías radicales en El Salvador después de 1917, el estudio de Ilham Khuri-Makdisi (2010) sobre el radicalismo en el Mediterráneo del Este -a fines del siglo XIX y principios del XX- provee un marco útil. Khuri-Makdisi (2010) encuentra que en la región alrededor del Egipto contemporáneo se aglomeraron nuevos grupos emergentes de intelectuales de clase media y activistas de clase trabajadora alrededor de una mezcla rudimentaria de ideales anarquistas, socialistas y democráticos, unidos por su creencia en que las nuevas ideas sobre la transformación social podían mejorar sus sociedades. Para Khuri-Makdisi (1-3, 9), estos nuevos radicales fueron motivados por profundas preocupaciones sobre asuntos locales, en lo que era una “historia intensamente local”, pero estaban “extremadamente alerta… de los asuntos mundiales”, en especial aquellos relacionados con el imperialismo y la intervención extranjera. Estos radicales en ciernes formaron redes “conectadas informacionalmente, políticamente y organizacionalmente a movimientos y organizaciones internacionales”, a través mayormente de un flujo similar a una diáspora donde entraban y salían personas de la región.

El estudio de Khuri Makdisi (2010) se ubica previo a la Revolución rusa y en tierras lejanas a Centroamérica, pero relata una historia similar a la de El Salvador después de 1917. En las décadas de 1910 y 1920, miembros de una nueva y emergente clase media y una clase trabajadora urbana salvadoreñas se unieron bajo ideas radicales de cambio social, motivados en su mayoría por preocupaciones concernientes a asuntos locales, pero informados por eventos internacionales, especialmente aquellos relacionados al imperialismo estadounidense. Una dinámica importante de este naciente radicalismo fue el movimiento de personas, entre países centroamericanos, así como también en países lejanos, como México y los Estados Unidos, donde encontraron nuevas ideas y formaron lazos de solidaridad con otros radicales, que duraron muchos años.

El radicalismo en El Salvador se desarrolló a lo largo de tres generaciones -de las cuales la segunda tiene una gran relevancia para el presente estudio. La primera consistió en un pequeño grupo de intelectuales de clase media, profesores de Derecho en la Universidad de El Salvador, en su mayoría. La segunda estaba compuesta de dos subgrupos: estudiantes, que llegaron a la mayoría de edad en la década de 1920 y estudiaron con aquellos profesores de la primera generación en la Universidad de El Salvador, y trabajadores, que llegaron a conocer el marxismo en las calles y talleres. Finalmente, la tercera generación, poco trabajada en este ensayo, estaba compuesta por jóvenes estudiantes y activistas, que llegaron a la mayoría de edad a finales de los 20 o después, y quienes se inspiraron en sus predecesores para llevar la lucha a la década de 1940 y más allá.

Un miembro emblemático de la primera generación de radicales fue Víctor Jerez, abogado, profesor y, más tarde, rector de la Universidad de El Salvador. Impartía clases de economía política, en las cuales introducía a los estudiantes a los conceptos del marxismo, el socialismo y el materialismo (Revista la Universidad, 1915: 63). Otros profesores en la misma vena eran Enrique Córdova y Sarbelio Navarrete. Este último escribió su tesis en 1913, la cual contaba la historia de Centroamérica desde la perspectiva del materialismo histórico. En ese trabajo asegura que le daba prominencia a las variables económicas porque ellas eran “subestructura y causa primera de los fenómenos del mundo social, procuraré en este ensayo… aplicar la teoría del materialismo histórico al Estado Nacional de forma federativa, a su génesis y evolución” (Navarrete 50).

Estos académicos y abogados abordaban el marxismo y el materialismo desde una perspectiva académica, como una herramienta interpretativa, no como un llamado a la acción militante masiva. Una de sus principales contribuciones al radicalismo salvadoreño fue educar algunos miembros de la segunda generación, sus estudiantes, quienes se volvieron activos en las décadas de 1910 y 1920 y, a diferencia de sus profesores, trasladaron su encuentro con la ideología radical y lo aplicaron al activismo político. Estos individuos llegaron a la mayoría de edad en la era de la Revolución rusa, que se volvió para ellos un faro, aunque era uno amorfo y abstracto. Inspirados por sus profesores en las aulas y por los eventos mundiales desarrollados después de 1917, muchos dejaron la universidad y se volvieron activistas y organizadores de tiempo completo. Así, formaron lazos con algunos de los miembros radicalizados de la emergente clase trabajadora urbana, y juntos fundaron tres organizaciones, la FRTS, el PCS y el SRI, que aparecerían en el centro de los debates alrededor del levantamiento de 1932. Un ejemplo representativo de los estudiantes de esta segunda generación fue José Luis Barrientos (1895-1930). Sobre él se sabe en parte, irónicamente, por el autor guatemalteco anticomunista Jorge Schlessinger (1946), quien se refiere a él como un brillante estudiante de derecho en la Universidad de El Salvador. Mientras estaba en la universidad, Barrientos fundó y dirigió importantes diarios y periódicos que sirvieron de contraparte de los medios de comunicación; brindándoles a los lectores la oportunidad de observar los asuntos salvadoreños desde otra perspectiva. Barrientos utilizó esos periódicos, en parte, para criticar al Gobierno salvadoreño de la época, una dictadura liderada por la familia Meléndez-Quiñonez (1913-1926).

En 1920, Barrientos organizó una protesta pública en el centro de San Salvador contra el Gobierno, que fue diseminada por la policía y resultó en el arresto de él, de Farabundo Martí y de otros estudiantes activistas. Después de ser puestos en libertad ese mismo año, Barrientos se autoexilió en Guatemala, donde continuó sus estudios y activismo político. Schlessinger (36) lo describe como un escritor prolífico y un intelectual dotado conocido como “el bolshevique” por su habilidad para influenciar a otros estudiantes con ideas radicales. Fue asesinado en 1930 por asaltantes desconocidos (Taracena y Monteflores 68).

Otro estudiante miembro de la segunda generación, cuya historia recuerda a la de Barrientos es la de Miguel Ángel Vásquez (1899-1992). Se sabe relativamente más sobre Velásquez y los orígenes de su radicalismo, así como de la influencia de la Revolución rusa en él, gracias a una serie de entrevistas que el sociólogo mejicano Ernesto Isunza (2016) realizó poco antes de su muerte (Taracena y Monteflores 134). Vásquez nació en el occidente salvadoreño en el seno de una familia de clase media, desde dónde se trasladó a San Salvador para estudiar Derecho en la Universidad de El Salvador. Ahí, como a muchos otros activistas de su generación, se le introdujo por sus profesores a los conceptos del socialismo y el materialismo dialéctico, aprendió a utilizar estas ideas para interpretar la realidad salvadoreña de una nueva forma. Al igual que Barrientos, el activismo político en contra de la dinastía de los Meléndez-Quiñonez también exilió a Vásquez en Guatemala, aunque sucedió dos años antes, durante las elecciones presidenciales de 1918. Al llegar a ese país, continuó sus estudios y se comprometió en varios niveles del activismo político, lo que además incluyó ser parte de los miembros fundadores del primer partido comunistas de Centroamérica en 1923.

En sus entrevistas con Isunza (2016), Vásquez recordó sus primeros días como activista, revelando que su conciencia radical evolucionó producto de la combinación de sus preocupaciones sobre los asuntos políticos locales y su atención a eventos globales más amplios, incluida la Revolución rusa. El atribuyó mucha de su atención inicial sobre “la cuestión social” a su padre, Enrique Vásquez Gutiérrez, un ávido lector que le dio al joven Miguel Ángel acceso sin restricciones a su biblioteca. Vásquez aseguró que además de iniciarse políticamente en movimientos de oposición contra la dinastía de los Meléndez-Quiñonez, también atacó a los Estados Unidos y las actividades imperialistas con las cuales, él creía, ayudaban e instigaban al régimen represivo de la familia Meléndez-Quiñonez. Al mismo tiempo, confesó que tuvo muy poco entrenamiento formal en el marxismo y que había leído escasamente los textos de Marx antes de convertirse en el fundador del Partido Comunistas en 1923. Se describía además como el único “intelectual” en el partido, el resto de miembros eran trabajadores, quienes, decía, estaban más abiertos a considerar “las ideas”, por ejemplo el radicalismo, que sus compañeros apolíticos de la Facultad de Derecho. Según Vásquez, la Revolución rusa jugó un papel significativo al inspirar su conciencia política. En sus propias palabras: “me influyó mucho el movimiento de la Gran Revolución Socialista de Octubre… Porque para nosotros, o por lo menos para mí, fue de una importancia vital” (Isunza, 2016: 11, 50 y 174). Describió la propaganda bolchevique que llegaba de París como de mucha ayuda para refinar su visión y difundir la palabra. Una de sus acciones era traducir y transmitir los contenidos de esos materiales por su habilidad de leer francés

Vásquez conoció a Farabundo Martí cuando este último llegó a Guatemala exiliado en 1920. Después de ese encuentro se volvieron amigos y aliados de toda la vida. Vásquez aseguró haberle presentado el Manifiesto Comunista a Martí, libro que compró en secreto a un vendedor de libros español en las calles de la Ciudad de Guatemala. Aseguró, además, que Martí se había vuelto un ávido lector; quien, para el momento en que regresó a El Salvador de sus viajes por México, Estados Unidos y Nicaragua algunos años después, se había vuelto un devoto marxista y afiliado a la Comintern. “Por lo menos, había leído más que todos los demás”, aseguró Vásquez (Isunza 52). Ambos, Martí y Vásquez, fueron miembros de la delegación salvadoreña del nuevo y reestructurado partido comunista en 1925, y eventualmente Vásquez regresó a El Salvador en 1930 para involucrarse en el activismo político. Sin embargo, su estadía fue corta por la represión policial y debió regresar al exilio en Guatemala. Ahí asumió el liderazgo de la sección local del SRI, y después de los traumáticos sucesos de inicios de los años treinta en El Salvador y Guatemala, se trasladó a México donde trabajó con el Partido Comunista Mexicano durante muchos años.

Sin lugar a dudas el más famoso miembro estudiantil de esta segunda generación de radicales salvadoreños es Farabundo Martí (1893-1932). Desafortunadamente, dejó muy poco en términos de registros documentales, aunque se han realizado muchos intentos con el fin de capturar su historia en el género biográfico.11 Similar al ejemplo trazado por Barrientos y Vásquez, Martí nació en una familia relativamente acomodada y estudió Derecho en la Universidad de El Salvador, antes de dejar los estudios y convertirse en un activista de tiempo completo. Mientras algunos autores ubican los orígenes de su radicalismo en experiencias de su niñez, el biógrafo salvadoreño David Luna señala a los libros y las clases en la universidad como más influyentes en el despertar de su conciencia política. Estos expusieron a Martí a diferentes formas de pensamiento y lo llevaron a involucrarse en los movimientos estudiantiles de finales de la década de 1910 (Brienza 33; Luna, 1965). Participó en la protesta de 1920 en contra de la dictadura de los Meléndez-Quiñonez y terminó siguiendo a Barrientos a Guatemala -ambos exiliados- donde conoció a Vásquez. Estos hechos marcaron el inicio de una odisea de doce años viajando, leyendo y peleando en varias campañas militares, incluidas la Revolución mexicana y la insurrección de Sandino contra la ocupación estadounidense en Nicaragua. Cuando regresó a El Salvador, lo hizo como un marxista comprometido y afiliado a la Comintern (Isunza 98).

Dicho lo anterior, cabe señalar que no se sabe mucho sobre la forma específica en que Martí experimentó subjetivamente la Revolución rusa, pero de todos los activistas radicales salvadoreños él fue el más conectado a dicho evento. En el transcurso de sus viajes a Guatemala, México y los Estados Unidos, se unió al SRI, y se convirtió en miembro fundador de la sección salvadoreña del Partido Comunista de Centroamérica en Guatemala en 1925. Uno de los biógrafos de Martí, David Luna (107), proporcionó evidencia de Martí en este periodo celebrando al SRI como una de las “organizaciones obreras y campesinas revolucionarias”. Martí viajó a Nueva York en 1928 para asistir a la reunión de la Liga Antiimperialista de las Américas de la Comintern. Se le arrestó durante la irrupción de la policía y se le encarceló brevemente antes de ser enviado por barco fuera del país. Martí fue a Nicaragua en la segunda mitad de 1929 para unirse a la campaña antiimperialista del movimiento de Sandino como representante del Comintern, pero dejó Nicaragua menos de un año después ante la negativa de Sandino de abrazar una ideología política más radical. Sandino afirmó poco tiempo después de la muerte de Martí, que fue durante un viaje a México en 1930, en el cual buscaba fondos para la lucha en Nicaragua, que él y Martí se distanciaron. Así mismo, aseguró que Martí continuamente trataba de convencerlo de aliarse con organizaciones más radicales en México, y debido a ello, Sandino tuvo “que expulsarlo del ejército” (Arias Gómez 147). El académico especialista en Sandino, Alejandro Bendaña (2016, cap. 15), se refiere a Martí como un “cominternista”, al resaltar su fidelidad a organizaciones del movimiento comunista internacional.

Estas tres breves reseñas biográficas revelan un patrón en las vidas de los así llamados grupos de “intelectuales” de la segunda generación de radicales salvadoreños. Sus miembros eran activistas estudiantiles, que habían sido expuestos a las ideas del socialismo, y estaban conscientes de los asuntos internacionales e integrados a las redes regionales de activistas. Como resultado de lo anterior, fueron los primeros en sumarse a la militancia radical, en parte por el ejemplo de la Revolución rusa. Miguel Mármol (1905-1993) brinda un vistazo al otro lado de esta generación: los trabajadores. Gracias sobre todo a su monumental labor testimonial, pero también a las entrevistas y a la documentación que dejó en vida. La experiencia de Mármol evidencia cómo los trabajadores en El Salvador se sumaron al radicalismo a raíz de la Revolución rusa.12

Mármol nació en el seno de una familia pobre en las afueras de San Salvador y después de tener varios trabajos, incluyendo uno temporal en la Guardia Nacional, fue contratado como aprendiz de zapatero en un taller artesanal, llamado “La Americana”. Al reflexionar sobre la evolución de su radicalismo, Mármol recuerda la pobreza de su juventud y el trauma de presenciar la persecución policial, pero fue su vínculo con el propietario de “La Americana” -el maestro Angulo- la que él acredita por haber tenido una de las influencias más duraderas, en gran parte porque su maestro Angulo le dio a conocer la Revolución rusa. A pesar de ser propietario de su propio negocio, Angulo era izquierdista, y Mármol lo recuerda a partir de los acontecimientos de Rusia, donde:

Los pobres y los humildes [habían] tomado el poder político… así debía de ser, que los trabajadores debían mandar porque ellos producían la ropa y la comida y las casa y todo, y que en nuestro país algún día iba a pasar lo mismo que en Rusia ( Dalton 75).

Mármol dice que este encuentro temprano con Rusia lo inspiró a tener simpatía hacia la idea de la revolución, y continuó discutiendo sobre la importancia de la propaganda clandestina en favor del socialismo que el maestro Angulo le dio, la cual llegaba desde Panamá, llamada “El Submarino Bolchevique” (Dalton 75).

En la misma línea, Mármol reconoce que su ideología política en ese momento era rudimentaria, pero lo suficiente para llevarlo hacia el activismo político a una temprana edad. Justo como con los tres individuos bosquejados arriba, la dinastía de los Meléndez-Quiñonez se convirtió en su factor motivante para Mármol, pues presenció la oposición hacia ellos y los brutales métodos que el gobierno utilizaba para defenderse. Mármol se encontró, como él mismo lo dice: “como pescadito de río a quien la corriente lo saca de su poza natal” (Dalton 89), en la medida que se involucraba más en la organización de los trabajadores y las demostraciones antiimperialistas durante la década de 1920. Mármol fue uno de los miembros fundadores de la FRTS en 1924, del Congreso Obrero y Campesino formado dentro de la FRTS en 1928 y del Partido Comunista en 1930. Al mirar a esos años ya pasado en sus entrevistas y testimonios, cita repetidamente a la Revolución rusa como fuente de inspiración, aunque admitía que sus conocimientos sobre ese evento y sobre el marxismo eran rudimentarios. Además, aseguró: “Yo también decía que leía El Capital. Pero ¿A quién se le va a ocurrir que yo hubiera podido entender algo de eso?” (Dalton 213).

Mármol y un grupo de trabajadores estaban nutriendo la evolución de su radicalismo a mediados de la década de 1920, o como Mármol mismo lo dice, “comenzamos a coincidir en las posiciones comunistas” (Dalton 143), cita varias publicaciones en favor de los Bolcheviques que los ayudaron en su trayectoria: “Folletos de Lossovsky, la propaganda que llegaba desde la URSS, el periódico El Machete del Partido Comunista Mexicano, el Boletín del Buró del Caribe de la Internacional Comunista, las primeras críticas del camarada Stalin a la colectivización, etc.” (Dalton 143). Aseguró también que “comenzamos a leer al Camarada Lenin, quien fue quien realmente nos abrió los ojos hacia las nuevas formas de organización” (Dalton 144-145). Mármol señala instancias específicas en las que los miembros del llamado sector “intelectual” del movimiento radical trataron de ayudarlo a él y a sus compañeros trabajadores con su educación en el marxismo, pero dijo que fue una empresa en vano, porque “no acabó de calar en nuestro medio de proletarios ya excesivamente golpeados por la vida” (Dalton 146). Las implicaciones de Mármol son claras: los trabajadores radicales en El Salvador fueron en su mayoría autodidactas, con Rusia sirviendo de luz guía, aunque fuera una luz remota y abstracta.

El encuentro más famoso de Mármol con la Revolución rusa fue su visita a Rusia a mediados de los años treinta, como uno de los dos delegados a la conferencia del Profintern. No se sabe con exactitud qué les contó a sus camaradas sobre Rusia cuando regresó a El Salvador, pero seguramente su viaje fue un tema de gran interés. Mármol deja claro en su testimonio que él y sus compañeros latinoamericanos delegados a las conferencias entendieron la importancia de ser testigos de las condiciones de los campesinos en Rusia, porque todos escribían a sus hogares frecuentemente para describir lo observado. En su testimonio, Mármol celebró los serios intentos de los rusos por construir una sociedad socialista, pero no describió ese mundo como una utopía. Comentó sobre la pobreza extrema, la carencia de bienes y servicios y las dificultades duraderas. Sin embargo, al final, él miraba consuelo en que “la gente tomaba todas aquellas dificultades con un gran espíritu y una gran compresión” (Dalton 206). Se entiende entonces que trajo consigo una historia similar a El Salador en la década de 1930.

La insurrección de 1932

El Salvador adquiere una importancia desproporcionada en el estudio del comunismo durante el período entre guerras en América Latina, debido a los acontecimientos ocurridos a finales de enero y principios de febrero de 1932. Durante un período de aproximadamente tres días, entre el 22 y el 25 de enero, rebeldes campesinos, la mayoría indígenas, se rebelaron en la región occidental de El Salvador. Atacaron alrededor de una docena de municipios, incluyendo las capitales departamentales de Sonsonate y Ahuachapán, y ganaron control sobre la mitad de estos. Dirigieron sus ataques contra las élites locales y las oficinas gubernamentales, y en el proceso mataron a cerca de cien personas. Las fuerzas locales del ejército salvadoreño fueron abrumadas, pero rápidamente recuperaron el control de los municipios ocupados en no más de tres días. Poco tiempo después, el resto del ejército salvadoreño llegó, y tuvo lugar a partir de entonces lo que se ha conocido como La Matanza. El ejército salvadoreño atravesó el campo occidental matando de forma indiscriminada a miles de personas durante dos semanas. Se estima que treinta mil personas murieron en la masacre, lo cual es, probablemente, una sobreestimación. Sin embargo, sigue siendo uno de los episodios más atroces de represión o terrorismo patrocinado por el Estado en la historia de la América Latina moderna.13 Se sabe mucho sobre los acontecimientos de 1932 en los últimos años gracias a evidencia nueva y al diligente trabajo de algunos investigadores. Todavía hay mucho que no se sabe, y nunca se sabrá. En cuanto a las causas estructurales generales de la rebelión, estaban arraigadas en las diversas presiones que habían estado exprimiendo al campesinado occidental durante muchos años hasta 1932, y que fueron exacerbadas por la Gran Depresión después de 1929. Incluían, pero no necesariamente se limitaban a, la consolidación de la economía del café y la manera exclusiva en que se distribuían sus beneficios; un sistema político autoritario que mantenía el poder en manos de unos pocos; el aumento de la presión sobre la tierra de una creciente población rural, y la permanente hostilidad étnica que puede haberse manifestado en torno a las amenazas ladinas contra la sexualidad de las mujeres indígenas y la correspondiente emasculación de los hombres indígenas ( Gould y Lauria cap. 4).

Durante décadas ha sido común ver a la rebelión descrita como “la primera revolución comunista en América Latina” (Crandall 18). Esta interpretación se basa en la suposición de que sin importar el origen estructural de la rebelión, fue el Partido Comunista Salvadoreño y sus aliados -la FRTS y el SRI- los encargados de organizar y conducir a los rebeldes campesinos, presumiblemente a instancias de, o con la aprobación del Gobierno ruso a través de la Comintern. Este enfoque, que ha sido denominado “causalidad comunista”, vincula así a los pobres, en su mayoría indígenas del oeste de El Salvador a la Revolución rusa, en teoría y en la práctica.14

¿Hasta qué punto es correcta la causalidad comunista? En primer lugar, con respecto al papel tangible del Gobierno ruso, la respuesta es bastante clara: no tenía casi ninguno. Los funcionarios de la Comintern y del Buró del Caribe permanecieron firmes en su interpretación de que El Salvador no estaba preparado para la revolución y, por lo tanto, consideraban que quien se lanzara a la ofensiva en nombre de la revolución social sería culpable, irónicamente, de contrarrevolución. No solo los funcionarios de la Comintern retenían el apoyo material de los rebeldes, sino que también intentaban impedir, de forma muy activa, que la rebelión sucediera cuando se enteraran de esto.

El papel de los “comunistas criollos”, es decir, los miembros salvadoreños del PCS, el SRI y la FRTS, es más discutible. El principio básico del debate giró en torno a la cuestión de dónde debe situarse el foco organizativo de la rebelión. ¿Se encontraba entre las organizaciones radicales formales y sus líderes, o se hallaba en los alrededores locales del campo occidental, entre sus campesinos, quienes eran predominantemente indígenas? En este artículo no resulta necesario examinar dicho debate demasiado de cerca, porque a pesar de sus diferencias, los principales estudios sobre el tema coinciden en un par de puntos clave. Las organizaciones radicales sí tuvieron un papel en el levantamiento, pero también enfrentaron una serie de obstáculos que limitaron su disposición y su capacidad para organizar a los campesinos e indígenas en el campo occidental en una escala masiva (Ching 295-304).

El argumento de la causalidad comunista ha sido alimentado a lo largo de las décadas por una variedad de factores, siendo el no menos importante las acciones de los propios rebeldes durante el levantamiento, como lo describen los testigos oculares. Roy McNaught, misionero bautista de Texas y radicado en Nahuizalco, una de las ciudades ocupadas por los rebeldes, afirma que después de que los rebeldes tomaron el control de la ciudad, levantaron una bandera roja en la plaza central y usaron cintas rojas Para indicar sus simpatías comunistas. McNaught describió esto como “los frutos de la doctrina soviética” (McNaught 8 y 10).

El periodista salvadoreño Joaquín Méndez (1932), quien recibió permiso del ejército para recorrer la región occidental, pocos días después de suprimirse la rebelión, recopiló otros testimonios. Además de tener acceso a los documentos capturados, se le permitió entrevistar a muchas personas, incluidos oficiales, soldados, funcionarios políticos locales y ciudadanos cotidianos, incluso a algunos prisioneros capturados. Los informantes de Méndez se refieren repetidamente a los rebeldes como comunistas y describen sus acciones como similares a las que describió McNaught (1932) en Nahuizalco. Un militar le dijo a Méndez que durante el ataque contra la ciudad de Sonsonate los rebeldes iban “lanzando vivas al comunismo” (Méndez 14). Mientras que según un residente local del cercano municipio de Izalco, ocupado por sublevados, los rebeldes “vivaban al Socorro Rojo y al comunismo, diciendo que ya el país era de ellos” (Méndez 37). De manera similar, el alcalde de Juayúa informó que en medio de la ocupación de su municipio tres aviones militares sobrevolaban, y los rebeldes pensaban que los aviones estaban bajo su control, así ellos salieron a la calle gritando “¡Viva el comunismo y la aviación! ¡Que vivan los aeroplanos! ¡Son nuestros!” (Méndez 87). Evidencias como estas parecen sugerir que el comunismo estaba realmente en el centro de la insurrección.

Otra evidencia privilegia la causalidad comunista. Por ejemplo, en su testimonio, Miguel Mármol centra su narrativa en el Partido Comunista y, especialmente, en sus dirigentes en el Comité Central. Deja a sus lectores con la inevitable impresión de que esos líderes y sus decisiones determinaron el resultado de la rebelión (Dalton cap. 6). Los historiadores Jeff Gould y Aldo Lauria (cap. 3 y 4) han recopilado hasta la fecha el cuerpo de evidencia más sustantivo donde se muestra las diversas formas en que las organizaciones formales llegaron a las masas occidentales y colaboraron con ellas en diversas actividades hasta enero de 1932, incluyendo elecciones locales, demonstraciones y huelgas. Una de las principales aportaciones de su estudio es desplazar el enfoque del PCS e identificar al SRI como la organización que tuvo el mayor éxito organizativo en la región.

Sin embargo, existen indicios de que la presencia de las organizaciones radicales formales en el campo occidental era limitada, dejándonos con la perspectiva de que la insurrección tuvo raíces locales y autónomas, probablemente embebidas en la subcultura indígena del istmo, en lugar de las organizaciones radicales formales, la Revolución rusa o el marxismo-leninismo. Por ejemplo, para cada referencia que los testigos de Joaquín Méndez (1932) hicieron sobre los rebeldes como comunistas, también los describieron en términos étnicos, como “indios” o “indígenas”. Cuando se leen sus testimonios con atención al discurso local y se contrastan con evidencia adicional, claramente los testigos entendieron que el conflicto social, los enfrentamientos étnicos y las negociaciones patrono-cliente sobre la mano de obra eran características típicas del campo occidental; la nueva anomalía fue la capacidad de usar la palabra “comunista” para referirse a los inevitables conflictos que surgieron de ese ambiente.15

Otro ejemplo relevante es el caso de Feliciano Ama, en el municipio de Izalco, líder indígena local, llamado “cacique”, que supuestamente lideró a los rebeldes durante la insurrección; por lo cual fue linchado de forma pública por ser un líder insurreccional. De hecho, estableció una alianza electoral formal con el Partido Comunista a mediados de 1931. Pero, inmediatamente antes de eso, durante el período previo a las elecciones presidenciales de marzo de 1931, había apoyado sin duda el candidato más conservador de la carrera, Alberto Gómez Zárate. Esta alianza con Gómez podría parecer extraña, pero era típica de las relaciones patrono-cliente en el campo occidental; tenían poca relación con la ideología y mucho con la negociación pragmática entre los actores políticos sobre los recursos locales, como la tierra y el agua. No se sabe cuáles eran las negociaciones entre Ama y Gómez, ni entre Ama y los líderes comunistas, pero se puede asumir que cuando Ama se unió a los comunistas, la convicción ideológica no fue la principal fuerza impulsora (Ching, 2014; Flores, 2002).

Tan pronto como los radicales surgieron en la FRTS en 1928, declararon que su principal objetivo era organizar a los trabajadores del campo, especialmente a los de la región cafetalera occidental. Se mantuvieron firmes en esa línea durante los próximos cuatro años. A pesar de algunos éxitos, los radicales y las organizaciones que fundaron -la FRTS, el PCS y el SRI- en general lucharon por traducir esa aspiración en realidad práctica. Eran principalmente urbanos y ladinos, y las masas rurales a las que apuntaban eran, en su mayoría, campesinos indígenas. La evidencia revela que las organizaciones radicales y sus líderes no solo lucharon por salir de su base urbana, sino también que casi de manera universal ignoraron la cuestión de la etnicidad, eligiendo en lugar de definir a los residentes rurales en términos exclusivamente de clase. Las autoridades del Comintern y del Buró del Caribe instaron a los salvadoreños, así como a sus homólogos de Guatemala y Honduras, a que elaboraran estrategias específicas para cruzar las divisiones étnicas, pero con escaso éxito.16

Otro factor que obstaculizó la capacidad organizativa de los radicales fue la lucha interna entre facciones. Justo hasta el estallido de la insurrección de enero, dedicaron cantidades desproporcionadas de tiempo y energía a los debates ideológicos internos, primero sobre el reformismo “derechista” y luego sobre el insurreccionalismo “izquierdista”. Como se ha descrito anteriormente, la línea oficial dentro del movimiento radical era que El Salvador no estaba preparado para la revolución y, por lo tanto, cualquier movimiento en esa dirección constituía una desviación ideológica. Sin embargo, evidentemente existió una facción dentro de la dirección radical que estaba en desacuerdo con esta línea y apoyó la idea de la insurrección; Farabundo Martí y una facción dentro del SRI parece haber pertenecido a ese campo. Sin embargo, no está claro que dicha facción pudiera controlar la situación en Occidente o que haya sido el principal responsable de crear el impulso insurreccional.

Como un ejemplo entre muchos, conviene analizar brevemente la carta del Partido Comunista de noviembre de 1931 en la que sus dirigentes informaron al Buró del Caribe de la rebelión pendiente y pidieron ayuda financiera. La carta es básicamente una confesión de la incapacidad de los líderes para “detener la ola revolucionaria”, no por una facción izquierdista dentro de la dirección, sino porque las masas campesinas de Occidente “están bajo la ilusión de que con sus machetes están lo suficientemente preparados para sostener un movimiento de esta clase” (RGASPI, 495, 119, 7 y 12). Es cierto que esta carta en particular proviene del PCS, no del SRI, pero peticiones igualmente desesperadas llegaron también a Nueva York y Moscú de parte de los líderes del SRI (Ching, 2013). Además, el SRI y el PCS trabajaron juntos de forma estrecha y es difícil imaginar que cualquier facción de cualquiera de las organizaciones estuviera involucrada en la movilización a la escala del levantamiento de 1932 sin que las otras se enteraran.

Los historiadores Jeff Gould y Aldo Lauria (2009) proporcionan una explicación convincente para dar sentido a la evidencia que apunta a un gran número de masas occidentales unidas, o al menos simpatizantes, de las organizaciones radicales, especialmente el SRI. Afirman que “el poder del discurso marxista [se fusionó] con la preexistente mentalidad populista” (127), porque “un campesino se apropiaba de la idea de socialismo y adecuaba el concepto a su realidad” (127). En otras palabras, los occidentales que se unieron o identificaron con una organización radical formal, como el SRI, fueron capaces de “recrearla a su propia imagen” (136), según las costumbres y dictados locales. De esta manera, “el marxismo-leninismo, si bien interpretada de manera diferente por las bases y por la dirigencia, creó un campo ideológico en el cual la violencia revolucionaria era aceptable para ambos” (224).

Conclusión

Inmediatamente después de la insurrección de 1932, el movimiento radical de El Salvador entró en el caos y la discordia. El SRI y la FRTS desaparecieron por completo, mientras que el Partido Comunista sobrevivió, aunque la mitad de sus miembros fueron asesinados, y los sobrevivientes se dispersaron y compitieron entre sí para ser reconocidos por el Buró del Caribe como el legítimo heredero del Comité Central. En el centro de los debates entre los supervivientes estuvieron las interpretaciones de 1932.

¿Fue el partido responsable de la rebelión, y si fue así, el partido lideró o no la rebelión? Una presencia constante en las repuestas a esas preguntas era la “línea de Moscú”, es decir, la interpretación de que El Salvador no estaba preparado para la revolución y, por tanto, los miembros del Partido Comunista no debían moverse hacia la militancia. Esa posición se convirtió después en dominante en el partido, y permaneció como tal durante casi cinco décadas, hasta 1980, unos meses antes de que el partido se uniera al conglomerado de otras cuatro organizaciones guerrilleras para lanzar la primera ofensiva final, en lo que se convirtió en una guerra de doce años.

A lo largo de esas cinco décadas después de 1932, la Revolución rusa inspiró a los comunistas salvadoreños tanto jóvenes como mayores, tal como lo había hecho antes de 1932. Aunque la Revolución, como antes de 1932, seguía siendo una abstracción y la participación de ese país europeo en los asuntos salvadoreños era modesto, en el mejor de los casos. Solamente un líder comunista salvadoreño, Salvador Cayetano Carpio, pasó mucho tiempo estudiando en Rusia, en la década de 1950, e irónicamente fue el primer líder en romper con el partido y formar un grupo guerrillero que rechazó la línea de Moscú en 1969-1970.

Antes de 1932, la Revolución rusa tenía una presencia constante en la cosmovisión subjetiva de los salvadoreños, ya sea como algo que debía ser emulado y esperado, o como algo que se aborrecía y despreciaba. Pero para todos los involucrados, comunistas y anticomunistas por igual, Rusia y su revolución permanecieron abstracciones distantes, y sus significados abiertos a un intenso debate faccional. Rusia se interesó activamente en El Salvador, especialmente a fines de la década de 1920, después de que surgió una facción radical dentro del sindicato de la FRTS, pero su presencia se limitó a la orientación organizacional, principalmente en forma de un asesor mexicano, y poco más. Finalmente, concluimos que el activismo radical en El Salvador entre 1917 y 1932 fue informado por acontecimientos globales, incluyendo la Gran Revolución de Octubre en Rusia, pero fue, como dijo Ilham Khuri-Makdisi (9), “una historia intensamente local”.

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1.- Ver la página ix del prefacio por Margaret Randall en la traducción inglesa de Miguel Mármol publicada por Curbstone Press, 1987. En la versión original en español no se menciona el soviet de Tacuba hasta la página 340. Dalton (1982: 134) asegura además que Pedro Geoffrey Rivas fue quien aseguró que “Al primer soviet de América, lo hicieron mierda a balazos”. Gould y Lauria (2009 , 229) también cita el poema de Geoffrey Rivas.

2.- Le Bon fue un académico francés, y la nota fue tomada de un periódico mexicano, titulado “El problema de la epidemia bolchevique”.

3.- Aparentemente fue un autor ruso expatriado.

4.-Sobre la formación de la oligarquía cafetalera en El Salvador, ver Lindo (2003); Lauria (2003); López Bernal (2007); Alvarenga (1996); y Ching (2014).

5.- Sobre la FRTS ver: Gould and Lauria (2009: capítulo 2); y Ching (2007). Parte de la correspondencia de la federación está resguardada en el Archivo de la Comintern (Rossiiskii gosudarstvennyi arkhiv sotsialno-politicheskoi istorii--de aquí en adelante citado como RGASPI), 534, 7, 455; y su informe de 150 páginas de la reunión de 1930 se encuentra en RGASPI 495 , 119, 10.

6.- Los dos trabajos que hacen uso de estos materiales son Gould y Lauria (2009); y Ching (2014, capítulo 8). Ver también Ching y Paakasvirta (2000). Para la colección completa de Costa Rica, ver Ching (1998).

7.- Ver Fernández Anaya (1985); Figueroa (1990); Gould y Lauria (2009: 124-127); e Isunza, (1993).

8.- El informe se encuentra en RGASPI, 495:119:10. La cita relacionada a Anaya está localizada en la página 149. Para las notas de las reuniones semanales del PCS mostrando el liderazgo de Anaya, ver RGASPI 495, 119, 7 y 495, 119, 8.

9.- Taracena (1989: 57); Gould y Lauria (2009: 129-136). Para un comentario sobre el modesto perfil del SRI, antes de su liderazgo por Martí, ver “Informe del VI Congreso Regional Obrero y Campesino”, Mayo, 1930, RGASPI, 495, 119, 10, 20.

10.- Para un ejemplo de la metodología de las historias de vida en los estudios de los movimientos radicales en el contexto latinoamericano, ver Spenser (2009).

11.- Ver, por ejemplo: Arias Gómez (2005), Brienza (2007), Torres (2016), Luna (1965), Jeifets, Jeifets y Huber (2004, 197) y Bendaña (2016, capítulo 15).

12.- Su testimonio quedó plasmado en: Dalton (1982). Sobre las complejidades de ese testimonio, ver Lindo, Ching y Lara (2010). Para apreciar secciones de una entrevista extensa con Mármol en los últimos días de su vida, ver Isunza (1993). Ver también Jeifets, Jeifets y Huber (2004, 195-96).

13.- Ver Gould y Lauria (2009); Lindo, Ching y Lara, Recordando 1932 (2010); Ching (2014, capítulo 8) ; Anderson (2001); Pérez (1995); Alvarenga (1996); y Henríquez Consalvi y Gould (2003).

14.- El término “causalidad comunista” fue acuñado por Ching en Lindo, Ching y Lara, (2010, 13-38).

15.- Para algunas de las referencias a los rebeldes como “indios”, ver Méndez (1932, 60-63, 101), y para referencias a la historia local de las relaciones laborales, ver pp. 76, 79, 101 y 105. El tipo de evidencia alternativa a la que se hace referencia incluiría, por ejemplo, el informe del alcalde de Juayúa en 1933 al Gobierno central explicando las causas del levantamiento de 1932 en el cual menosprecia la cuestión del comunismo y se centra en la historia de las relaciones laborales en la región. Ver Rivas, Juayúa, “Campaña anticomunista”, al Gobernador Departamental, Sonsonate, 23 de agosto de 1935, Archivo General de la Nación (AGN), Ministerio de Gobernación, Sección Sonsonate, caja 3.

16.- Sobre El Salvador, ver Gould y Lauria (2009) y Ching (2014, capítulo 8). Para los materiales del Comintern sobre etnicidad en Guatemala, ver RGASPI 495, 112, 1, 8, 11 y 12; 495, 112, 2, 16 y 18. Sobre Honduras, ver RGASPI 495113, 1, 7-8 y 10; 495, 119, 3, 50; y 495, 113, 4, 16. Ver también Taracena (1989) especialmente la sección titulada, “Los comunistas guatemaltecos y la cuestión indígena”.