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Por Nassar Echeverría y Orson Mojica

Estados Unidos es todavía, a pesar de su profunda crisis, la potencia dominante en el mundo. Lo que ocurra en Estados Unidos tiene repercusiones en el resto de países, especialmente en Centroamérica, su patio trasero.

1.- ¿Por qué ganó Trump en 2016?

El resultado de las elecciones de noviembre de 2016 en Estados Unidos causó estupor mundial. Hilary Clinton era la candidata favorita en las encuestas y ante los medios de comunicación norteamericanos.

En cierta medida, las encuestas no estaban erradas totalmente, porque al final Clinton ganó 64,2 millones de votos (64.223.958 votos), mientras Donald Trump ganó 62,2 millones de votos (62.206.395 votos). Hilary Clinton, igual que Al Gore en las elecciones presidenciales del año 2000, ganaron más votos populares, pero perdieron la elección presidencial.

El arcaico sistema de elección presidencial indirecta

El enredado sistema de elección presidencial indirecta, es una reminiscencia de la esclavitud.

Cuando se fundó Estados Unidos en 1787, con apenas 13 Estados o colonias, los delegados del sur, entre ellos James Madison, estaban preocupados que los Estados del Norte, más ricos y poblados, impusieran siempre al presidente. Y de esta manera surgió el compromiso de los “tres quintos” que permitía a los Estados del Sur contar a cada esclavo como las tres quintas partes de una persona, asegurando de esta manera la preeminencia o empate de los estados sureños.

Desde entonces, en Estados Unidos prevalece un sistema electoral antidemocrático bajo la fórmula de los “tres quintos”, que niega la posibilidad de que cada persona sea un voto real que decida. Todavía prevalece el criterio que el candidato ganador, aun sea por un solo voto, se lleva todos los votos de los colegios electorales.

Los padres fundadores de Estados Unidos se pusieron de acuerdo en este complicado y antidemocrático sistema electoral que elige al poder ejecutivo por medio de un Colegio Electoral, actualmente de 538 electores, a través de un sistema de elección indirecta.

En cada Estado los votantes eligen a los electores que les corresponde, y la sumatoria de estos conforma el Colegio Electoral, quienes deciden por mayoría de más de 270 votos de electores, quienes serán presidente y vicepresidente de Estados Unidos.

Este sistema electoral favorece siempre a las fuerzas más conservadoras o reaccionarias. Es un mecanismo diseñado para evitar abruptos cambios revolucionarios dentro de la democracia burguesa norteamericana.

El debate sobre la necesidad de superar el arcaico sistema de elección presidencial indirecta, no es nuevo, pero siempre ha quedado relegado. Pese a ello, existen dos Estados, Maine y Nebraska, donde las elecciones de los delegados de los Colegios Electorales reflejan de manera proporcional la votación popular.

En las elecciones del 8 de noviembre de 2016, el republicano Donald Trump ganó 306 votos de los Colegios Electorales, contra 232 delegados de Hilary Clinton. Los pronósticos fallaron, porque la mayoría de los “swing states” o “'estados bisagra” (que supuestamente no tienen una votación definida por ninguno de los partidos) se inclinaron por Trump: Georgia (16 electores), Michigan (16), Arizona (11), Florida (29), Ohio (18), Carolina del Norte (15), Pensilvania (20), Iowa (6). Clinton ganó solamente en Virginia (13), Colorado (9), Nevada (6) y Nuevo Hampshire (4)

Centros urbanos, poblados rurales e inmigración

Las elecciones presidenciales de 2016 reflejaron un enorme descontento y polarización social, que se podía apreciar gráficamente. Clinton ganó en los grandes centros urbanos, en la costa Este y Oeste y la región de los grandes lagos, mientras que Trump se impuso en los pueblos cuya población no superaba el millón de habitantes. Esas pequeñas ciudades del interior de Estados Unidos, donde prevalece la población blanca de origen europeo, constituyen el 69% del padrón electoral.

La población de Estados Unidos está compuesta por un importante sector inmigrante, que proviene del resto del mundo, pero que no tiene derechos políticos. Esta población es heterogénea y crece constantemente, en la medida que la economía norteamericana atrae a mano de obra inmigrante. De continuar esta tendencia, en pocos años, la población blanca de origen europeo será minoritaria, y esto puede alterar el sistema político bipartidista, basado en el Partido Demócrata y Partido Republicano.

El discurso racista, nacionalista y xenófobo que le permitió a Trump ganar las elecciones del 2016, tenía, y lo sigue teniendo, el objetivo central de evitar que esta población blanca pierda su hegemonía. Por eso los ataques brutales contra la población inmigrante, especialmente mexicana. Trump y las fracciones de la burguesía imperialista que representa, no quieren perder ese monopolio político.

Descontento y polarización social

El discurso demagógico de Trump en 2016 tuvo la habilidad de llegar al corazón de los obreros blancos, que resentían el efecto de los tratados de libre comercio que permitieron a las grandes corporaciones trasladarse al tercer mundo, especialmente a China, llevándose la mayoría de los puestos de trabajo. La globalización ha golpeado duramente el nivel de vida de los trabajadores norteamericanos, especialmente en la industria manufacturera. A pesar que el Partido Demócrata tiene una notable influencia en la central sindical AFL-CIO, la mayoría de los trabajadores norteamericanos votaron por Donald Trump, porque el discurso demagógico de Trump prometía restaurar esos empleos, algo que nunca ocurrió. No obstante, ese discurso nacionalista, autárquico, no solo caló entre los obreros blancos, sino también en un amplio sector de la clase media que ha sido afectado por la crisis económica.

El fenómeno político de Donald Trump no puede explicarse sin la enorme crisis que vive Estados Unidos y la decepción causada por las dos administraciones de Barack Obama, que no lograron evitar el deterioro del nivel de vida. Obama llegó al poder en medio de la crisis financiera del año 2008, cuando las masas norteamericanas estaban agitadas y existían un repudio generalizados hacia los bancos y Wall Street, los causantes de la especulación financiera que había dejado a millones sin trabajo y sin sus casas.

Obama apareció en la palestra política con un discurso encendido, critico, y por eso logró cautivar a las masas, pero una vez en la presidencia, Obama cambió su discurso y salió a socorrer a los bancos, a costa de un elevado endeudamiento del Estado. Las condiciones materiales de las masas trabajadores y la clase media continuaron empeorando. Los programas de ayuda social como ObamaCare son frágiles e insuficientes. Las grandes corporaciones continúan ganando millones de dólares con el sistema de salud y de seguros en manos privadas.

La primera expresión del fenómeno político de rebote contra de Obama fue la aparición del Tea Party, un ala radical, fascistoide, del Partido Republicano. El segundo fenómeno contra Obama  fue la irrupción del propio Donald Trump, quien reflejó una derechización de la conciencia de las masas norteamericanas, que quieren recuperar las conquistas perdidas, y que están dispuestas incluso a permitir el debilitamiento de su democracia imperialista, con tal de recuperar el nivel de vida de la postguerra. Trump se postuló como el salvador supremo de Estados Unidos.

El demagógico discurso de Trump contra la inmigración ilegal, contra los tratados de libre comercio, contra las empresas que se trasladan a China, era en el fondo una manipulación de las sinceras aspiraciones de mejoría de las masas norteamericanas.

La anulación del “socialista” Bernie Sanders

Durante las elecciones primarias del 2016, dentro del Partido Demócrata surgió un fenómeno de izquierda liberal, que era un reflejo de la radicalización originada con la crisis capitalista del 2008, y en cierta medida una continuidad del mismo fenómeno que Barack Obama logró canalizar electoralmente.

Esta corriente “socialista”, en realidad liberal de izquierda o socialdemócrata, estuvo

encabezada por el senador Bernie Sanders. Este nunca ha sido socialista, como afirmaban los medios de comunicación, fue un activista democrático radical, que representaba el ala izquierda del Partido Demócrata, como en su momento lo fue el reverendo Jessie Jackson. Sanders reflejaba por la izquierda, dentro del Partido Demócrata, el mismo descontento social contra el sistema, pero que Trump luchaba por canalizar por la derecha, a favor del Partido Republicano.

Las elecciones internas del 2016 sufrieron una polarización. Decenas de miles de jóvenes apoyaron la campaña de Sanders, como en su momento lo hicieron con Obama. Incluso, Sanders en determinado momento estuvo a punto de derrotar a Clinton en las internas, pero claudicó a las presiones y terminó cediendo y apoyando la candidatura de Clinton.

El discurso de Sanders era similar al de Trump, pero desde trincheras diferentes y con argumentos ideológicos distintos. Las posibilidades que Sanders derrotara a Trump eran mínimas, si tomamos en cuenta que la desesperación ante la crisis del sistema capitalista, en esta primera fase, condujo a las masas a apoyar salidas derechistas y reaccionarias. Este es un fenómeno mundial. Durante la crisis de los años 30 en el siglo XX, vivimos un fenómeno parecido, de aparente derechización en las primeras fases de la crisis.

Todo fenómeno político crea un contra fenómeno. Sanders era la antípoda de Trump, pero fue derrotado rápidamente, por el establishment del Partido Demócrata

Crisis del sistema electoral

En los últimos años, la democracia norteamericana ha dado fuertes síntomas de crisis e inestabilidad que se ha manifestado en la crisis del sistema electoral. En el año 2000, hubo una tremenda crisis en el conteo de votos, tuvo que intervenir la Corte Suprema de Justicia, algo inusual, para dirimir el conflicto entre George W. Bush y Al Gore.

Una crisis parecida se produjo en las elecciones del 2016. Hubo acusaciones de fraude electoral y hasta de intervención rusa en el proceso electoral. Trump ganó las elecciones explotando las debilidades de su adversaria, con campañas sucias, noticias falsas, o medias verdades y desinformación, en una completa negación a la tradición política que caracterizaban a las campañas electorales

2.- ¿Un régimen bonapartista en Estados Unidos?

La crisis mundial del capitalismo no es nueva. Cada terremoto, amenaza con descarrilar a la locomotora principal: Estados Unidos. Una vez que asumió el poder, Trump ha comenzado aplicar su plan irrespetando el sistema político, incluso atacándolo constantemente. Las tropelías de Trump tienen el objetivo estratégico de cambiar el régimen político asentado en un equilibrio de poderes, en el famoso sistema de pesos y contrapesos, que ya no es útil para enfrentar los enormes desafíos de Estados Unidos en el mundo.

Reagan: el antecesor de Donald Trump

Estados Unidos se convirtió en potencia hegemónica al finalizar la segunda guerra mundial, pero los síntomas de decadencia fueron evidentes con la derrota militar en Vietnam en 1975, y con la crisis económica de los años 80 del siglo pasado.

El Partido Republicano, que reúne a los grupos más derechistas de Estados Unidos, siempre se ha postulado como el sector más duro del imperialismo norteamericano, dispuesto a cualquier cosa para devolver la grandeza y la gloria de Estados Unidos. Ronald Reagan (igual que Donald Trump) surgió como un “outsider”, una repuesta ante el ocaso del establishment. Ronald Reagan (1981-1989) tenía la principal misión de enfrentar el poderío militar de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), acelerando su crisis económica con presiones militares como la “guerra de las galaxias”. Para cumplir sus objetivos, Reagan constituyó un gobierno secreto, paralelo, en las sombras, un verdadero Estado Mayor de la contrarrevolución mundial, compuesto por miembros del Consejo de Seguridad Nacional (NSC).

El NSC fue creado por el presidente Harry Truman (1945-1953), en 1947, inmediatamente después de finalizar la segunda guerra mundial. Desde entonces ha acumulado tanto poder que en los hechos diluye el “sistema de pesos y contrapesos” de la democracia norteamericana. Los roces entre el NSC y el Congreso de Estados Unidos han sido constantes. Cuando el Congreso de Estados Unidos lo había prohibido, Reagan desde el NSC financió clandestinamente a los contras nicaragüenses, con armas vendidas secretamente a Irán, enemigo de los Estados Unidos, solo para citar el ejemplo más relevante de esa época.

Después de una intensa lucha política al interior de Estados Unidos, y de grandes cambios en la correlación de fuerzas en el mundo, el segundo gobierno de Reagan traspasó el mando a George H. W. Bush (1989-1993), quien logró ver el triunfo del derrumbe de la URSS en 1990. Este hecho histórico pareció devolver las aguas a su cauce, y la democracia norteamericana volvió a su funcionamiento normal, alterada únicamente por los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001, que produjeron un nuevo reagrupamiento de los grupos derechistas en la llamada lucha contra el terrorismo islámico, con crecientes restricciones a las libertades democráticas y la privacidad. En ese momento se produjeron reformas legales que aumentaron el poder de los militares y de los órganos de inteligencia, en detrimento del rol del Congreso.

La decadencia de Estados Unidos y el surgimiento de nuevos imperialismos

Cuando se derrumbó la URSS en 1990, y con ello el llamado “campo socialista”, Estados Unidos pareció emerger como la indiscutible potencia dominante en el mundo. Los apologetas del capitalismo hablaron de un mundo unipolar, controlado por Estados Unidos, y con ello creyeron que se abría una nueva época histórica. No obstante, dos décadas después, la crisis financiera del 2008 mostraba que las cosas no marchaban bien para Estados Unidos.

En el ínterin, después de las intervenciones militares del imperialismo norteamericano en las guerras de los Balcanes, Somalia, Irak, Afganistán y Medio Oriente, se produjo una lenta pero vigorosa recomposición económica y militar de Rusia que emergió, al igual que China, como nuevos imperialismos que disputaban en los hechos la pretendida hegemonía del imperialismo norteamericano. Rusia es la sexta economía del mundo, con un Producto Interno Bruto (PIB) de 3,745.1 billones de dólares. La distancia entre el poderío económico de Estados Unidos y Rusia sigue siendo importante, pero Rusia continuó siendo una potencia nuclear que ha reorganizado y modernizado su ejército. La Rusia zarista ha resucitado con la restauración capitalista, como un nuevo imperialismo con Vladimir Putin al frente como el nuevo zar.

Después de algunas décadas de restauración capitalista, China se perfila como una gran potencia económica que comienza a disputarle los mercados a Estados Unidos, con mercaderías más baratas y con una creciente mejoría en sus calidades. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI) para el año 2016, Estados Unidos era la economía más grande del mundo, con un Producto Interno Bruto (PIB) de 18,561 billones de dólares en 2016, seguido por China que pasó a ser la segunda economía con un PIB de 11,391 billones de dólares. Cada año que pasa la brecha se cierra cada vez más. El imperio chino, que fue uno de los más grandes y poderosos de la antigüedad, ha resurgido de las entrañas del Partido Comunista.

Trump pretende estrangular a China

A pesar de sus crisis, la democracia burguesa de Estados Unidos todavía prevalece, en el sentido que, para llegar al gobierno, los partidos deben someterse a la votación popular. La crisis financiera del año 2008 conmovió la conciencia de millones de norteamericanos que perdieron sus viviendas y empleos. Barack Obama (2009-2017) llegó a la presidencia producto de la crisis y la desesperación de las masas. Pero, como era de esperar, Obama pactó con los banqueros y desilusionó a las masas. Las promesas de la campaña electoral quedaron tiradas en el camino, y el viraje a la derecha fue inevitable.

Entonces, se produjo un contra fenómeno, primero el surgimiento del Tea Party, como expresión ultraderechista, y después la candidatura de Donald Trump, el multimillonario que logró manosear los sentimientos de los trabajadores blancos y la clase media que habían perdido sus empleos y niveles de vida.

El agresivo discurso de Trump tenía varios ejes: devolver el poder y la supremacía de los blancos (por eso su discurso xenófobo contra la migración ilegal), enfrentar los acuerdos de libre comercio perjudiciales a los Estados Unidos con el objetivo de devolver empleos a los trabajadores blancos (por eso sus duros ataques a México), y un extraño discurso proteccionista en el plano económico (raro en un multimillonario neoliberal), para enfrentar el crecimiento de China, mientras tiene una actitud un poco neutral con Rusia, a pesar de las recientes sanciones económicas y diplomáticas.

El imperio romano y Estados Unidos: una analogía interesante

La analogía es un método que nos permite comparar procesos históricos, pero siempre debemos tomar en cuenta las similitudes y las diferencias en una comparación.

La crisis actual de Estados Unidos es parecida a la prolongada crisis del imperio romano. Estados Unidos llegó a ser el imperialismo dominante bajo el sistema capitalista, Roma lo fue bajo el sistema esclavista. Pero en estas dos sociedades tan distantes en el tiempo, y con bases económicas diferentes, hay rasgos comunes

En términos generales, Roma pasó por tres fases: La monarquía (753-510 antes de Cristo), la Republica (509-27 antes de Cristo) y el Imperio (27 antes de Cristo a 550 después de Cristo). En la etapa de la Republica, siendo una democracia esclavista, el poder en Roma estaba entre las asambleas populares de los ciudadanos y el aristocrático senado. En la medida que Roma expandió territorialmente su imperio, el ejercito fue adquiriendo mayor notoriedad y poder. Poco a poco, en diferentes periodos de transición, guerras civiles y revoluciones, el senado romano fue perdiendo poder para trasladárselo a los militares, hasta que Cesar Augusto se convirtió en el primer emperador. El senado romano continúo existiendo, sumamente debilitado, pero en esa etapa el emperador fue el eje del poder. Antes de coronar al emperador, los príncipes fueron electos hasta que finalmente se impuso la dinastía. Después de una prolongada agonía, Roma sucumbió ante lo oleada de los ejércitos “bárbaros”

Algo similar está ocurriendo con la decadencia de la democracia en Estados Unidos. Similar no significa que el final será el mismo. Estados Unidos nunca fue una monarquía, al contrario, fueron quienes rescataron la idea del gobierno civil, electivo y con limitaciones al poder. Estados Unidos ha logrado preservar su democracia en un periodo de casi 250 años. Al inicio fue, al igual que Roma, una democracia de ciudadanos esclavistas, hasta la abolición de la esclavitud en 1865 al finalizar la guerra civil. Cuando al fascismo mantuvo su auge, en la primera mitad del siglo XX, Estados Unidos logró mantener la democracia burguesa. Hasta el momento, no ha habido golpes de Estado ni gobiernos militares. Pero la crisis crónica del capitalismo dinamita perennemente las bases materiales de esta democracia burguesa, y poco a poco observamos una tendencia, no solo a negar los derechos individuales sobre los cuales se construyó, sino a crear un nuevo régimen político basado en la autoridad del presidente por encima del Congreso y de los Estados de la federación.

Anteriores intentos fallidos para crear un régimen bonapartista

El primer intento de crear una presidencia con mayores poderes que el Congreso ocurrió bajo la administración de Richard Nixon (1969-1974), El detonante fue el escándalo de espionaje de Watergate. La caída de Nixon se debió a que, aquejado por el rumbo desastroso de la guerra en Vietnam, intentó romper el sistema de pesos y contrapesos de la democracia norteamericana, queriendo imponerse por encima del Congreso. En ese momento, no pudo avanzar y ante la amenaza de impeachment, fue obligado a renunciar.

El segundo intento ocurrió bajo la administración de Ronald Reagan (1981-1989). A su manera, y apoyándose en su popularidad y en cierto auge de la economía, burló el sistema de pesos y contrapesos, al apoyarse en el CNS en detrimento de las prohibiciones del Congreso. Algo similar ocurrió, pero en una escala mucho menor, bajo las dos administraciones de George W. Bush (2001-2009) como abanderado de la lucha contra el terrorismo.

El centro del debate ha sido la necesidad de una presidencia fuerte. Trump quiere avanzar en ese camino, de manera más firme y rápida que sus antecesores

Coqueteo con los militares

Una constante en las últimas administraciones en Estados Unidos ha sido la incorporación de generales y cuadros militares en el gobierno. De 45 presidentes que ha tenido Estados Unidos, solamente 3 han sido militares. George Washington (1789-1797), Ulysses S. Grant (1869-1877) y el general Dwight Eisenhower (1953-1961). El primero fue quien condujo a la victoria de la revolución y la independencia de Estados Unidos, el segundo fue uno de los generales que, durante la guerra civil norteamericana, garantizaron la victoria de los Estados industrializados del norte contra los agrícolas y esclavistas del sur; el tercero fue uno de los grandes estrategas que garantizaron la victoria militar de Estados Unidos en la segunda guerra mundial. Todos están relacionados con victorias militares.

No obstante, la presencia de militares en altos puestos en la administración estadounidense es la excepción a la regla. Las recientes guerras imperialistas libradas por Estados Unidos en Vietnam, los Balcanes, Somalia, Irak, Afganistán y Medio Oriente, elevaron el peso específico del Ejército de Estados Unidos y de los órganos de inteligencia.

La primera presidencia de Trump rompió ciertas reglas, incorporando a militares activos y cuadros militares, a un nivel mucho más elevado que las administraciones anteriores.

El nombramiento del general Michael Flynn, ex agente de la CIA y ex director de la Agencia de Inteligencia y Defensa (DIA), aunque duró muy poco tiempo, hasta el 2017, es representativo de la injerencia de militares en el gobierno civil. El general James Mattis, apodado “perro loco”, fue nombrado Secretario de Defensa. Mattis es el segundo general a cargo del Pentágono hasta el 2018. La administración de Trump estuvo sumida en el caos, hasta que el general John Kelly, antiguo jefe militar del Comando Sur, encargado de las operaciones militares de América del Sur y Central, asumió el cargo de jefe de gabinete, es decir, se convirtió en una especie de primer ministro hasta el 2019. Como parte de este proceso, Trump amplió el presupuesto militar del año 2018 a 700,000 millones de dólares.

La personalidad de Trump es propia de un multimillonario farsante, vanidoso y engreído, y no coincide con la de los políticos tradicionales que tienden a los acuerdos y negociaciones. Trump poco a poco está rompiendo, demoliendo, día a día, algunos de los principios y tradiciones políticas de la democracia burguesa en Estados Unidos, sujeta al rejuego de los grupos de poder. No utiliza, por ejemplo, al secretario de comunicaciones de la Casa Blanca, sino que todas las decisiones las comunica por Twitter. Quiere imponer la preeminencia del poder ejecutivo, por encima de las demás instituciones.

Contrario a la tradición de igualdad de los ciudadanos y de respeto a la ley por parte de los altos funcionarios, Trump ha creado un entorno familiar en torno al poder, colocando a su hija y yerno en posiciones claves. Aunque han existido clanes familiares poderosos en Estados Unidos (Kennedy, Bush, Clinton, etc), estos han estado sujetos al juego político de las instituciones.

En su corto periodo, Trump se ha burlado de las negociaciones con el Congreso, y ha reorganizado su gabinete a su voluntad. 12 altos funcionarios que han sido defenestrados: James Comey, director del FBI; Mike Flynn, asesor de CNS; Rob Porter, jefe del personal de la Casa Blanca; Mike Dubke y Hope Hicks, jefes de comunicaciones de la Casa Blanca; Sally Yates, vice fiscal general y Daniel Ragsdale,  director de Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (U.S. Immigration and Customs Enforcement, ICE); Gary Cohn, consejero económico; Tom Price, secretario de salud, y Steve Bannon, Jefe de Estrategias de la Casa Blanca; Rex Tillerson, Secretario del Departamento de Estado, y Steve Goldstein uno de los principales asesores del Departamento de Estado.

El significado de la destitución de Rex Tillerson

La destitución de Rex Tillerson, representante de Exxon Estándar Oíl, una de las transnacionales más poderosas e influyentes, no fue producto de un simple choque de personalidades, sino que fue el resultado de la confrontación de intereses y diferencia de métodos para lograr la meta de devolver la grandeza a Estados Unidos.

Mientras Trump se inclina por el discurso estridente y agresivo, apoyándose en el ejército y en los órganos de inteligencia, Tillerson preferió apoyarse en los métodos diplomáticos de la burocracia del Departamento de Estado, que tradicionalmente obedece más a los intereses del Congreso que al propio presidente de Estados Unidos. Tillerson difería con Trump en la posible solución a los conflictos con Irán y Corea del Norte, solo para citar dos ejemplos importantes.

Con sus decisiones, Trump está desmantelando a la burocracia del Departamento de Estado, destituyendo a Rex Tillerson y Steve Goldstein. Anteriormente, habían renunciado Patrick Kennedy; Michele Bond, secretaria adjunta de Estado para asuntos consulares; Joyce Anne Barr, secretaria adjunta de Estado para administración; y Gentry O. Smith, director de la oficina de misiones extranjeras. Renuncio también John Freeley, embajador norteamericano en Panamá. Como corolario de esta ola de purgas, tenemos la renuncia de Tomas Shannon, el principal diplomático estadounidense de carrera y especialista en América Latina.

Para reforzar el peso de militares y de la comunidad de inteligencia en su gobierno, Trump hizo un enrosque: trasladó a Mike Pompeo, ex jefe de la CIA, al cargo de Secretario de Estado, y nombró a Gina Haspel como nueva directora de la CIA, especialista en operaciones clandestinas y encubiertas. No hay duda que la diplomacia de Trump será de las cañoneras, invasiones, guerras y presiones militares.

La metamorfosis bonapartista de Trump

Si sumamos los pequeños cambios y maniobras de Trump, podemos concluir que intenta crear un régimen bonapartista en los hechos, apoyándose en los militares y en la comunidad de inteligencia, en detrimento de los pesos y contrapesos establecidos en la Constitución de Estados Unidos, y que ha sido por casi 250 años la base de su democracia imperialista. Esta pelea se manifiesta actualmente en el afán de imponer una presidencia más fuerte, por encima de los otros poderes e instituciones

¿Estamos viviendo una etapa de transición entre la decadente democracia norteamericana y la conversión de Estados Unidos gobernada por un emperador? Estados Unidos ha sido una democracia imperialista, que se apoya en un pueblo con conciencia imperialista. Los rasgos y formas democráticas pueden continuar durante algún tiempo, pero lo que está cada vez más claro es que el centro del poder está en manos de multimillonarios y militares.

Los elementos analizados nos indican que esta metamorfosis ya comenzó, y que es una necesidad objetiva del imperialismo norteamericano para mantener su hegemonía y control del mundo. Trump puede ser derrotado, puede ser destituido o no ser reelegido para un segundo periodo. Lo que interesa es describir la dinámica actual. Trump puede desaparecer, pero surgirá otra persona que pretenderá encabezar este proceso, como única forma de evitar que los imperialismos de China y Rusia se impongan sobre Estados Unidos. Es una necesidad objetiva, los individuos pueden cambiar, pero la dinámica económica y militar no cambiará. En este proceso, las tradiciones de democracia y libertad individual del pueblo norteamericano serán pisoteadas.

3.- Crisis económica, pandemia y protestas contra el racismo

La filmación del brutal asesinato por asfixia del negro George Floyd, a manos de un policía blanco, ha conmocionado a Estados Unidos y ha tenido repercusiones en el resto del mundo. No es la primera vez que ocurren este tipo de acontecimientos en ese país, plagado de abusos y violencia policiales contra sus indefensos ciudadanos.

El antecedente más inmediato ocurrió en 1992. Un video aficionado demostró que una patrulla policial en Los Ángeles, California, propinó una salvaje e injusta paliza al negro Rodney King. Los policías blancos fueron llevados a juicio, pero un jurado compuesto por blancos los absolvió, provocando una enorme rebelión de negros y de otras minorías, que dejo un total de 63 muertos y más de 2,000 heridos.

La gran diferencia entre 1992 y las actuales movilizaciones de protesta contra el asesinato de Floyd, es que están ocurriendo en el contexto de la recesión económica y la pandemia, convirtiéndose en la chispa que hizo explotar el enorme descontento social acumulado en Estados Unidos.

Para entender el alcance masivo de las protestas, tenemos que repasar, aunque sea rápidamente, la situación previa al asesinato de Floyd.

Arraigadas tradiciones racistas

El racismo es un problema histórico en Estados Unidos, forma parte de la cultura de ese territorio colonizado por blancos europeos, donde hubo poco mestizaje. Los colonos blancos aniquilaron a la población aborigen e importaron esclavos negros para realizar los trabajos más duros en la agricultura.

El final de la guerra civil en 1865 no terminó con el racismo. La aprobación de la décimo tercera enmienda de la Constitución de Estados Unidos abolió formalmente la esclavitud, pero fue hasta la aprobación de la decimocuarta enmienda, en 1868, que estableció la igualdad de los ciudadanos ante la ley, al menos en el papel.

No obstante, en cada uno de los Estados se aprobaron leyes discriminatorias contra los negros, las que permanecieron vigentes un siglo más. El supremacismo blanco se convirtió en la ideología, discurso y actuaciones de las clases dominantes, que necesitaban oprimir y mantener bajo control a los trabajadores inmigrantes o de “color” provenientes de distintas partes del mundo. El racismo dominante sufrió un duro revés, aunque no desapareció, con las grandes movilizaciones por los derechos civiles en 1964. Se logró terminar con el apartheid y se establecieron mayores condiciones de igualdad.

Trump y el supremacismo blanco

Barack Obama ascendió a la presidencia de Estados Unidos (2009-2017) por que logró canalizar electoralmente el descontento social surgido por la crisis financiera del año 2008, especialmente de los jóvenes. Al no realizar los cambios que prometió en sus dos campañas, se produjo una enorme decepción y un contra fenómeno político derechista: el ascenso fulgurante del multimillonario Donald Trump.

En una pelea sin precedentes, Trump derrotó a todos sus competidores dentro del Partido Republicano, y ganó la mayoría de los colegios electorales en noviembre del año 2016, con un discurso visceral contra la inmigración, que resucitaba el tradicional racismo y la superioridad de la raza blanca de Estados Unidos. Y es que en las últimas décadas el crecimiento poblacional de las minorías, amenaza con convertir en minoría a los norteamericanos blancos de ascendencia europea.

El espejismo de la reforma tributaria de Trump

A pesar de su personalidad errática, Donald Trump representa y defiende los intereses de los grandes monopolios imperialistas. Logró engatusar a la clase trabajadora norteamericana, al prometer el regreso de los puestos de trabajo que se fueron a China, algo que no ocurrió.

La política económica de Trump no ha sido populista, sino clásicamente neoliberal: reducir impuestos a las grandes transnacionales, para que estas garanticen algún nivel de empleo. Estados Unidos es uno de los tres países con más alta tasa de impuestos a las ganancias de las corporaciones: 35%. Con los impuestos de cada Estado llega casi al 39%. Pero cuando se incluyen las exenciones o beneficios fiscales, esa tasa se reduce al 27%. Las corporaciones se las ingenian para no pagar impuestos. Una forma de evadir al tío Sam, es trasladando sus cuentas a sus filiales al extranjero.

La reforma tributaria de Trump del año 2018, contempló reducir los impuestos a las ganancias hasta un 21%, también incluía recortes de impuestos para la clase media y familias de bajos ingresos. Trump se ufanaba que, gracias a los recortes de impuestos, unos 5 millones de trabajadores habían obtenido un aumento de salarios. Pero estos son una pequeña minoría en relación a la creciente pobreza de los trabajadores norteamericanos. Trump nunca mencionó que la reducción de impuestos a los ricos, aumentaría la deuda fiscal y, por lo tanto, la deuda interna de Estados Unidos en unos 1.4 billones de dólares en la próxima década, afectando visiblemente los gastos sociales, especialmente salud y educación.

Los estímulos fiscales a las grandes corporaciones, ayudaron a bajar la tasa de desempleo. Cuando asumió la presidencia en 2017, la tasa de desempleo andaba por el 4,8%. Para marzo de 2019, producto de la reforma tributaria, había bajado a 3,8%, cifras que los economistas consideran “pleno empleo”. No obstante, en este periodo, aumentó globalmente la pobreza y endeudamiento de la clase media, debido a que la mayoría de los trabajadores no recibieron aumento de salarios. El aumento de la productividad en Estados Unidos es inversamente proporcional al ingreso de los trabajadores.

Trump había prometido un crecimiento económico superior al 3% del PIB en su mandato, pero no lo logró: en 2017 el PIB creció 2,4%, en 2018 fue de 2,9% y en 2019 fue de 2,3%. El PIB per cápita fue 1,5% en 2017, 0,2% en 2018 y subió a 9,8% en 2019, probablemente por efecto el efecto desigual de la reforma tributaria que beneficia a la clase media alta, base social del trumpismo.

Este relativo bienestar de la economía, era la carta principal de Trump para obtener la reelección en noviembre del 2020, pero hubo un hecho inesperado que cambió todo el panorama económico y político en Estados Unidos: la pandemia del coronavirus y las repuestas erráticas de Donald Trump.

Pandemia y recesión económica general

La crisis económica que estaba oculta, y era maquillada por las políticas monetarias de la FED y la reforma tributaria de Trump, de pronto mostró toda su crudeza ante el embate del microscópico coronavirus

Al inicio Trump minimizó las posibilidades de contagio, refiriéndose burlonamente al virus chino de Wuhan, afirmaba que era una simple gripe, y que con el verano se disolvería el peligro. Las fanfarronadas de Trump impidieron que Estados Unidos se blindara contra el contagio masivo. Fueron los gobernadores de los Estados más poblados, California y New York, quienes comenzaron a tomar medidas de emergencia para contener la propagación del virus.

El resultado ha sido calamitoso para el pueblo norteamericano: Estados Unidos supera los 2 millones de contagios, y los 115,000 muertos por la pandemia. El centro de la pandemia, ya no es China, sino Estados Unidos. La pandemia desnudó un sistema de salud pública privatizado, incapaz de responder a las urgencias que provoca el coronavirus

Los efectos sobre la otrora economía más poderosa del mundo fueron catastróficos. Los economistas advierten que la caída en el PIB será de un 20% o 30% para el segundo trimestre de 2020, la caída más grave en un siglo, peor que la gran recesión de 1929.

Trump se vio obligado a cambiar su política económica neoliberal, y desde el Estado intervino para regular la crisis económica, aplicando una política económica keynesiana. Desde el Congreso, en un acuerdo bipartidista, el Estado federal aprobó millonarios planes de rescate, ayuda financiera a empresas y subsidios directos a los trabajadores. Si no hubiera mitigado la crisis con miles de millones de dólares, Estados Unidos estaría siendo sacudido actualmente por una rebelión masiva de los trabajadores.

Para abril de 2020, más de 40 millones de personas habían solicitado ayuda estatal para desempleados. La tasa oficial de desempleo llego hasta 14,7%, pero en mayo descendió un poco, hasta 13,3% lo que significó un repunte del empleo en la medida que muchos de los Estados reabrían sus economías. Pero estas fluctuaciones en el empleo no indican que la recesión pasará pronto. Al contrario, los economistas han elaborado los pronósticos más oscuros para la economía mundial.

Quiebra masiva de pequeños y medianos negocios

El ultimo informe sobre la situación de la económica, publicada por Yelp en conjunto con CNBC, confirman que, para el 31 de agosto del año en curso, unas 163.735 empresas han cerrado operación, una cantidad menor en 180,000 que cerraron al comienzo de la pandemia. Sin embargo, en realidad muestra un aumento del 23% en el número de cierres desde mediados de julio.

De esa cantidad global, los negocios que han cerrado de manera permanente ascienden a 97,966, lo que representa que el 60% de los negocios cerrados que no volverán a abrir. En pocas palabras, la crisis esta produciendo un proceso de quiebra generalizada y con ello un proceso de centralización y concentración de capitales, por medio del cual los grandes monopolios terminan ocupando el espacio económico de las empresas que ya no pueden reanudar operaciones.

Los mas afectados son los pequeños y medianos negocios. Hasta el 31 de agosto, 32,109 restaurantes han cerrado. El número de restaurantes que se vieron obligados a cerrar permanentemente está ligeramente por encima del promedio total del 61%.

Los bares y lugares de vida nocturna han sido afectados. La tasa de cierres permanentes ha aumentado un 10% desde julio, y ahora se sitúa en el 54%.  El comercio minorista experimentó un aumento similar en los cierres permanentes desde julio, aumentando un 10% a un total del 58% indicado como permanente. Eso es de 30,374 negocios minoristas cerrados.

Esta quiebra masiva de pequeños y medianos negocios puede producir un fenómeno de desesperación política que termine apoyando a Donald Trump, quien se presenta como el abanderado del orden y la buena marcha de los negocios.

Creciente radicalización de jóvenes y trabajadores

Desde las elecciones internas y la campaña electoral del año 2016, la precandidatura de Bernie Sander reflejó un fenómeno de radicalización de la juventud y los trabajadores, que terminó catapultando a Barack Obama a la presidencia.

Bajo su administración, se produjo el estallido juvenil del movimiento “Ocuppy Wall Street “en el año 2011, el que no fue masivo pero simbólico de los cambios que ocurren en la conciencia de los jóvenes norteamericanos. Esta corriente de jóvenes a la izquierda volvió a apoyar la precandidatura de Sander en el año 2019

Así como Trump refleja a la clase media y un sector de trabajadores blancos, también existen otros sectores que luchan por defender y ampliar los derechos civiles y democráticos, en una creciente polarización política y social

El asesinato que cambió a Estados Unidos

El asesinato de George Floyd fue la chispa que encendió la pradera estadounidense. La crisis económica se agudizó con la pandemia, y el rechazo pasivo a las políticas económicas y tributarias de Trump, hizo explotar a los jóvenes por el punto más sensible: la lucha contra el racismo.

Al inicio, las primeras marchas eran de jóvenes negros, pero estas marchas se fueron nutriendo de personas de diferentes razas, participaban blancos, negros, latinos y de otras minorías, todos repudiando el racismo pregonado por Trump, a quien consideran el inspirador intelectual de ese tipo de asesinatos.

En las principales ciudades de Estados Unidos se produjo una oleada de marchas espontaneas de decena de miles de personas, que perdieron el miedo al coronavirus y con mascarillas, pero sin guardar el distanciamiento social, marcharon una y otra vez, produciendo un conjunto de movilizaciones en defensa de los derechos civiles que fueron conquistados con las enormes movilizaciones de negros en 1964.

La importancia de estas marchas reside en que son multirraciales y se han dirigido contra los aparatos policiales de los Estados, pero también contra la administración de Donald Trump.

La marcha que llegó hasta la Casa Blanca y fue reprimida con gases, es sintomática del estado de ánimo de las masas populares en Estados Unidos. Al comienzo de las movilizaciones se produjeron saqueos, que reflejan el odio contra el racismo, pero posteriormente las marchas fueron más ordenadas y la policía tuvo que retroceder, y en algunos Estados hasta se sumaron a las marchas.

El Partido Demócrata quiere pescar en rio revuelto

Las protestas contra la violencia policial han provocado un deterioro político mayor de la administración Trump. Alas del partido republicano se han visto obligados a manifestar su apoyo a las protestas. Trump ha comenzado a descender en las encuestas. El mal manejo de la pandemia le está pasando factura.

Joe Biden, candidato del Partido Demócrata, trata de vender su imagen de político moderado para aprovechar el momento, postulándose como posible sucesor de Trump, pero sin asustar a la clase media blanca, y como gran defensor de los derechos civiles.

4.- ¿Quién ganara las elecciones?

La pandemia destapó la crisis económica que estaba latente en Estados Unidos. Las estupideces de Trump en relación al manejo de la pandemia, por un lado, y un sistema de salud absolutamente privatizado, por el otro, han convertido a Estados Unidos en el epicentro de la pandemia de coronavirus, afectando directamente al pueblo norteamericano.

Movilizaciones, saqueos y desorden social

Las movilizaciones contra el racismo desato una inusual violencia en las calles, que ha alarmado a la clase media blanca que es base social de los republicanos. Trump aprovecho el caos social para contraatacar a Biden y presentarse como el único que puede restaurar el orden y la ley, como los antiguos sheriff del oeste.

El sector más radicalizado de estas movilizaciones contra el racismo estuvo en la ciudad de Seatle, donde los manifestantes crearon una zona autónoma alrededor de la alcaldía, constituyendo un embrión de poder dual territorial. Sin embargo, esta experiencia duro poco tiempo.

Las movilizaciones contra el racismo se produjeron en más de 180 ciudades, y aunque han declinado, el malestar se mantiene al grado tal que el Congreso de Estados Unidos tuvo que discutir una ley contra la violencia policial. Algunos Estados, como New York y California, también están impulsando una reforma policial para calmar a los manifestantes

Como era de esperarse, Trump defiende a los cuerpos policiales. Ha dicho que; “Debemos invertir más energía y recursos en capacitación y reclutamiento policial y participación comunitaria. Tenemos que respetar a nuestra policía, tenemos que cuidar a nuestra policía, nos están protegiendo, y si se les permite hacer su trabajo, harán un gran trabajo. Siempre tienes una manzana podrida, no importa a dónde vayas, tienes manzanas podridas". "No hay demasiados, y puedo decirles que no hay demasiados en el departamento de policía".

El uso de la Guardia Nacional y el papel del Ejercito

Trump usó sus poderes como presidente para desplegar efectivos de la Guardia Nacional en varios Estados. El nivel de represión provocó debates en un año electoral, en donde hay mucho descontento por los altos niveles de desempleo.

El secretario del Ejército, Ryan McCarthy, anuncio que examinarán la "capacitación, equipamiento, organización, dotación, despliegue y empleo de las fuerzas de la Guardia Nacional". Y su comentario se centró en que "evaluará específicamente los esfuerzos de la Guardia Nacional trabajando con las fuerzas del orden público locales y federales en todo el país durante las últimas dos semanas".

La respuesta de la Guardia involucró a más de 20,000 soldados en 28 Estados, así como también al Distrito de Columbia, donde está ubicada Washington.

Trump ordenó reprimir a los manifestantes frente a la Casa Blanca, para poder trasladarse a un acto religioso en una Iglesia Católica. En esa ocasión le acompañó el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército de Estados Unidos, algo inusual que transmitió el mensaje que los militares apoyaban la represión contra las protestas.

Sin embargo, Milley declaro al día siguiente que: "No debería haber estado allí. Mi presencia en ese momento y en ese ambiente creó una percepción de los militares involucrados en la política interna".

Esta reculada de Milley es un distanciamiento de la política represiva de Trump, y busca como mantener el prestigio del Ejercito en momentos críticos.

Mientras tanto, la campaña electoral en Estados Unidos sigue su curso. Las encuestas dan como favorito a Biden, por 10 puntos encima de Donald Trump. Este ha tenido que reacomodarse y lanzar una contraofensiva para recuperar el electorado. Parte de esta contraofensiva es el discurso duro contra los excesos cometidos por los manifestantes contra la violencia policial, que han derribado estatuas de héroes nacionales.

Pero también ha iniciado un giro haciendo concesiones, ante el evidente descontento del electorado. Ha prometido que dará la residencia y ciudadanía a los “dreamers” por la vía de una orden ejecutiva. Ha anunciado un nuevo plan de ayuda financiera a las personas que perdieron empleos por el coronavirus.

Trump insinuó posponer las elecciones

En una serie de tuits, Donald Trump, cuya candidatura se ha desplomado en las encuestas, planteó la necesidad de aplazar las elecciones presidenciales del 3 de noviembre “hasta que las personas puedan votar de forma adecuada y segura”, alegando que la votación por correo provocará un fraude electoral.

Para posponer las elecciones, algo que nunca ha ocurrido en la historia de Estados Unidos, tendría que contar con el apoyo del Congreso, y la cámara de representantes está controlada por los demócratas, quienes han defendido la opción de votación por correo.

Trump ataca a los militares

En un hecho sin precedentes, y en un proceso de ruptura con los militares que ha coqueteado, Donald Trump, atacó públicamente a la alta cúpula militar y los jerarcas del Pentágono, que el mismo había nombrado. Este ataque se debió a que los militares han expresados dudas y criticas sobre el comportamiento de Trump.

Donal Trump dijo en un mitin de campaña: “No estoy diciendo que los militares estén encantados conmigo: los soldados lo están, los altos funcionarios del Pentágono probablemente no porque no quieren hacer nada más que pelear guerras para que todas esas maravillosas compañías, que fabrican las bombas y los aviones y todo lo demás, permanezcan felices”.

Estos ataques de Trump pretenden regocijar el descontento popular de su base electoral contra el establishment, la misma táctica que uso en la campaña del 2016. Pero, además, refleja las contradicciones de Trump con el alto mando militar, por la pretensión de  Trump de usar tropas del ejército para sofocar las protestas en los diferentes Estados. El general Mark Milley, presidente del Estado Mayor Conjunto del Ejercito de Estados, se opone al uso de tropas y se inclina por activas a La Guardia Nacional a nivel de cada Estado.

El Estado mayor conjunto se inclina por eliminar estatuas y símbolos de la Confederación, pero Trump amenazó con vetar el presupuesto de defensa calculado en 740.000 millones de dólares, si se eliminaban nombres, estatuas y símbolos confederados en las instalaciones militares

Incluso, Milley ha declarado ante el Congreso que “En el caso de una disputa sobre algún aspecto de las elecciones, por ley, los tribunales de Estados Unidos y el Congreso de Estados Unidos están obligados a resolver cualquier disputa, no el ejército de Estados Unidos.

Al parecer, el Ejercito de Estados Unidos sigue siendo fiel a las tradiciones democráticas, en el sentido que los militares no pueden involucrarse en asuntos políticos, algo que Trump ha pretendido quebrar y utilizar los militares a su favor.

La suerte esta echada

La democracia imperialista de Estados Unidos, que tuvo una primera fase esclavista (1789 - 1865) y que se ha preservado alrededor de más dos siglos, al resistir los embates del fascismo en la primera mitad del siglo XX, sufre una crisis sin precedentes.

Estados Unidos pierde terreno económico y militar en el mundo, han surgido nuevos imperialismos como Rusia y China, que presionan para una redistribución de las áreas de influencia. El mundo capitalista es sacudido por una enorme crisis económica, agravada por la pandemia de coronavirus, que afecta de manera particular a Estados Unidos.

Antes de la pandemia el proyecto de Trump era, y sigue siendo, establecer una presidencia imperial, con poderes por encima el sistema de equilibrio de poderes, pesos y contrapesos, que se traduce en el rol y peso del Congreso. Trump avanzó bastante en su proyecto, en su primera administración. Ahora, bajo la crisis económica y la pandemia, necesita avanzar mas, pero en Estados Unidos todavía los ciudadanos conservan el derecho de elegir a través de procesos electorales, cuyos resultados dependen de la voluble voluntad popular.

En su campaña por la reelección, Trump pretende aprovechar y explotar el descontento popular, apelando al subconsciente imperialista de su población blanca. Biden y el Partido Demócrata representan el ala liberal que defiende la democracia imperialista, tal como ha funcionado. Trump quiere mas poder, Biden que las cosas siguen siendo como antes.

Aunque los demócratas retoman muchas las reivindicaciones populares, contra el desempleo, por una salud publica que cubra a los mas pobres, defienden a las minorías, etc, en realidad resultan incapaces de enfrenar al proyecto bonapartista de Trump, que es una primera fase del neofascismo en Estados Unidos.

Para enfrentar al bonapartismo y neofascismo de Trump se requiere movilizar a los trabajadores y masas populares con un programa propio. Es posible que las masas norteamericanas entiendan el problema y voten por Biden-Harris para frenar a Trump, pero también es posible que Trump logre reagrupar el descontento popular en torno a un proyecto bonapartista y neofascista, con la gran mentira que devolverá las conquistas y beneficios sociales perdidos.

La situación en Estados Unidos se parece bastante a la Alemania del año 1933, en la que Hitler llego al poder por la votación mayoritaria del desesperado pueblo alemán. Trump todavía no ha utilizado bandas fascistas, pero ya hemos visto a las milicias supremacistas blancas desfilar armadas, amenazando a las manifestaciones de protesta contra el racismo.

Estados Unidos se acerca cada vez mas una lucha mortal entre revolución y contrarrevolución, que en esta primera fase adquirirá la forma de una lucha entre la defensa de las libertades, derechos y tradiciones conquistados bajo la democracia imperialista y, por el otro lado, el nacimiento de un nuevo régimen político, con poderes absolutos para el presidente, el que pretenderá imponer su control militar al resto del mundo.