Regional
Tools
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

Por Francisco González

Las narrativas sobre el pasado son un campo de batalla constante. Es en el pasado donde surgen las bases que legitiman el poder político. No es casual que, pese a ser una profesión mal remunerada económicamente, la Historia como disciplina es fundamental para el Estado Moderno. Esa simbiosis fue definitiva en los modelos historiográficos decimonónicos de los Estados-Nación. De hecho, Nietzche por eso advirtió sobre las consecuencias negativas del estudio de la historia. La historiografía, es decir las interpretaciones del pasado, eran tomadas como verdades absolutas inapelables. El paradigma positivista, el basado en evidencia comprobable que permitiera postular leyes universales, derivó en solo usar documentos oficiales emitidos por instituciones o personas notables. En otras palabras, los relatos del pasado se basaban solo en verdades convenientes para el poder del Estado burgués moderno. Claro, eso necesitó de “profetas del pasado” que sancionaran que era “correcto” y que no, al mismo tiempo que cualquier impulso de cambio era restringido por la domesticación académica. La crítica a esa entronización a los profesionales y del mundo académico existía, pero no dentro de esos círculos. Correspondió a anarquistas como Mikhail Bakunin en “Dios y el Estado” y Elisée Reclús en “El Hombre y la tierra”, lanzar sus críticas, que, por supuesto,  no eran escuchadas. La historiografía por supuesto evolucionó como un proceso colectivo, al mismo tiempo que otras expresiones culturales. Los traumas de las guerras mundiales permitieron romper ciertos paradigmas y moldes limitados al nacionalismo, la defensa del liberalismo y del mundo occidental. Sin embargo, la entronización del “profeta del pasado” continuó debido a su utilidad para el Estado.

Todo esto para decir que las narraciones del pasado que tenemos a nuestra disposición en Centroamérica: las lecciones en instituciones educativas, relatos familiares; y dentro de las tradiciones políticas, están forjadas por esas historias de bronce. Si como las esculturas ecuestres que están en los parques públicos, colocadas con fondos públicos o privados, o como dicen Les Luthiers “cuestre lo que cuestre”. Bromas aparte, todos conocemos la siguiente narrativa: Gobernaban los españoles, que eran muy malos, luego un grupo de patriotas se destacaron, porque estudiaron, y lideraron los primeros gritos de independencia. Iniciaron los enfrentamientos con los conservadores o cachurecos, les combatieron primero contra la anexión a México y luego en la guerra civil. A continuación, los patriotas liberales sofocaron rebeliones en cada estado de la Federación mientras se batían contra las malvadas e intrigantes familias oligárquicas conservadoras, hasta que fueron derrotados por fuerzas reaccionarias e ignorantes que separaron la federación e instauraron gobiernos conservadores. Posteriormente llegaron los filibusteros gringos que permitieron una efímera unidad centroamericana, para luego volver a separarse en países divididos dirigidos por dictadores sanguinarios e ignorantes. Así las cosas, hasta que, por gracia divina, digo, del progreso, llega una nueva generación de liberales que desterró el oscurantismo e iniciar una era progreso. Claro, acá interviene la narrativa del desarrollismo que impugna ese progreso, al ser resultado de la virtual esclavitud de la población indígena, hacer concesiones a las naciones imperiales de finales del siglo XIX, e instaurar dictaduras rapaces que usaron la violencia y el terror como única base para mantenerse en el poder. Bueno, al menos hasta que llegaron ciertos sectores progresistas de la burguesía que se dieron cuenta que con el pueblo podrían quitarse de encima a los militares. Al menos, hasta que empezó la Guerra Fría. Lo demás ya se lo saben. Aunque fuera así la sucesión de acontecimientos, todo fue más complejo. Esa narrativa arraigo por anécdotas, chistes, testimonios y claro, el sistema educativo. Es lo que la mayoría como parte del gran público conocemos y recordamos.

Eso es problemático para la reciente historiografía sobre la época de las independencias, porque sus discusiones van por otros rumbos. Ilustración, revoluciones atlánticas, ciudadanía, representación, ayuntamientos, constitucionalismo gaditano, ayuntamientos, fiscalidad, deuda interna, deuda externa, vocabulario político, movilización popular, centralismo vs. federalismo, exilios, grupos subalternos, guerra, reclutamiento, critica contemporánea, historias de vida, prosopografía, redes, etc. Lo interesante, es son resultado de nuevas preguntas hechas a los mismos documentos que usaron los positivistas liberales, pero todos estos temas están ausentes de las narrativas generalizadas. Las razones son muchas, pero la principal es que el sistema educativo que todos los países tienen es símil. La consolidación de los Estados liberales necesitó una narrativa victoriosa, progresiva y axiológica que facilitara la difusión de su versión de la historia. En eso fue clave Lorenzo Montúfar, intelectual orgánico del liberalismo centroamericano. Pero, no podemos echarle la culpa a don Lencho de todo porque tiene su lugar en la historia del istmo, y eso no es poca cosa[1]. Muchas cosas que influyen en el problema: el enclaustramiento del mundo académico frente al gran público, el alto costo del conocimiento, la falta de medios de difusión en papel, el desconocimiento a fuentes y trabajos historiográficos, y la poca inversión en redes sociales para llegarle a la gente.

Decidí empezar por esos problemas que se resumen en: una visión de buenos contra malos donde quién gana es el Estado Liberal; la academia y el sistema educativo como garantes de esa visión histórica; pese a los cambios en paradigmas y problemáticas, una historiografía alejada del gran público y a la inversa.

La idea de escribir estos textos es por una invitación. Y haré lo mejor posible por dar un panorama histórico que les complique la vida, más bien esa interpretación dominante, y presentarles otros problemas. Antes de terminar, y como hablaré más de la era de las revoluciones (1808-1840), hay cinco consejos de la historiadora Joanne Freeman, sobre la revolución de independencia americana, o de las 13 colonias, que me parecen pertinentes y útiles: 1. Ir más allá de los acontecimientos emblemáticos (ej. La firma del acta de independencia); 2. Reflexionar sobre el significado de las palabras, o sea el vocabulario político; 3. Fueron personas de carne y hueso; 4. Tener en cuenta a personajes secundarios; y 5. Los acontecimientos fueron contingentes, no se sabía que iba a pasar. Conforme pueda avanzar, quizá estas ideas podrán ser útiles.

Quizá el mejor acontecimiento para aplicar estas recomendaciones es la firma del Acta de Independencia del Reino de Guatemala. Por sí mismo, es un acontecimiento ejemplar y modélico de entender la independencia en Centroamérica. Hay toda una mitología alrededor de dicho acontecimiento como el paso firme a la libertad de los países del istmo, incluyendo Chiapas y exceptuando Belice y Panamá. No obstante, el hecho fue resultado de un proceso y una concatenación de eventos. La crisis de la monarquía española, la revolución constitucional gaditana, la guerra civil novohispana y las guerras civiles de Nueva Granada Chile y Rio de la Plata, el alzamiento de Riego en España, la alianza insurgente-realista en México etc. En otras palabras, la firma fue un acontecimiento contingente inserto en una ecuación de múltiples factores.

En la interpretación del bicentenario se repitió hasta el cansancio que el hecho de la firma del 15 de septiembre fue un hecho que inició una larga cadena de traiciones, corrupción y básicamente todo lo malo que vivimos en el siglo XXI. Básicamente todo eso se basó en una lectura contemporánea del primer artículo del acta: “declaramos la independencia por las consecuencias terribles si la declarase el pueblo”. Claro, eso tiene mucha fuerza, pero ¿Se han preguntado que quieren decir por pueblo? A partir del vocabulario de la época, que es en el que pensaban los contemporáneos, pueblo es una palabra polisémica. Por una parte, refiere, claro está, a la población urbana, pero de Nueva Guatemala. Población volátil, empobrecida, pero también politizada por las comedias (medio de ideas políticas) puestas en escena por los hermanos Bedoya, e informada del acontecer gracias a una mezcla de periódicos, noticias de viajeros y arrieros y, claro está, rumores. En caso que estos asumieran las riendas políticas romperían con el orden patriarcal del mundo colonial. Pueblo, también refiere al conjunto de patriarcas, líderes de familias y casas, que podían ostentar toda la ciudadanía gracias a su edad, el uso del castellano, ser residentes y tener medio de subsistencia. El pueblo era el conjunto de élites o vecinos del reino que, de tomar decisiones por su cuenta, podrían fragmentar al reino. Finalmente, pueblo en los términos de quien redactó el acta, Cecilio del Valle, que probablemente pensaba en el germen de lo que entendemos hoy en día, es decir el conjunto de personas que agrupan movimiento políticos revolucionarios. Quizá pensaría en Francia pero sobre todo en Haití y Nueva España. En fin, el acta no refiere al “pueblo” posmoderno y de varias identidades de hoy en día. Es un término que debe ser entendido con los matices de su época para apreciarlo y entender que no habla de la gente de hoy en día.

Los protagonistas del acontecimiento pertenecían a la élite. Pero no solo sus retratos de estampas o láminas escolares. Quizá sea necesario recordar que entre ellos tenían afinidades y broncas. No es casual que se llamaran como bacos y cacos, o en otras palabras borrachos y ladrones, y eso solo los de la élite de la capital. Entre ellos hay que considerar que las emociones como la lealtad, el miedo, experiencia y la conveniencia fueron factores que motivaron sus decisiones. Lealtad a la monarquía que llevo al arzobispo Casaus y Torres a negarse a participar del acto de la firma. Miedo de oficiales militares a ser invadidos por el ejército trigarante que estaba a las puertas del reino en Oaxaca. Experiencia, como Gabino Gaínza que durante su experiencia militar en Chile pacto con los insurgentes locales lo que le valió ser destituido de su cargo y enviado como castigo a ser ayudante del Capitán General de Gautemala. Conveniencia, como la casa Aycinena y la élite mercantil en general, como Murillo en León Nicaragua, que podían asegurar la paz para mantener sus negocios con Nueva España/México, Guayaquil y Perú. La condición humana estaba detrás de la toma de decisiones de cada individuo en ese acontecimiento.

Hablando siempre de élites, es interesante observar que las élites regionales son vistas siempre de lado. Pero, la agencia que estas tenían fue determinante en el curso de los eventos. Basta recordar que las autoridades de los cabildos de Ciudad Real (San Cristóbal de las Casas), Comitán, Escuintla (Soconusco), Huehuetenango y Quetzaltenango, apoyaron primero al plan de independencia bajo tutela mexicana (el plan trigarante) antes del 15 de septiembre. La razón era sencilla, sumarse a la oleada de independencia les aseguraba no ser invadidos militarmente, podían usar sin dificultad las rutas que conectaban Oaxaca, Chiapas, Tabasco y Campeche, y además podían quitarse de encima los odiosos guatemaltecos y sus monopolios. Por eso no fue casual en el curso de los acontecimientos posteriores Chiapas, Soconusco y Los Altos fueran determinantes en la historia de la Federación Centroamericana. Y todo, a partir de observa a una serie de élites segundonas en lo que en su momento fue al Reino de Guatemala, y eso sin contar la historia de los grupos populares de allí.

Finalmente, un tema polémico es la anexión al I Imperio mexicano, debido a los acuerdos del acta del 15 y la idea de hacer una asamblea constituyente. Técnicamente ese iba a ser el plan, pero sabemos que el proyecto de independencia pacífica se venía cocinando desde antes y se reveló plenamente con la anexión y la llegada de las fuerzas expedicionarias. Situarnos en esa sucesión de eventos y lo que pasó después es, aquí sí, similar a lo que vivimos hoy día a día. No sabemos exactamente que va a pasar mañana y como eso influirá en el resultado de las cosas. Decisiones individuales, colectivas, terremotos, huracanes, crisis económica, préstamos, deuda, etc. Son todos factores contingentes y las decisiones que se tomaron en su momento deben leerse como eso, decisiones del momento. No como errores o aciertos, sino como elecciones hechas por medio del libre albedrío. Nadie sabía cómo terminarían las cosas. Vaya, ni siquiera quienes leen y el que escribe saben algo más allá de nuestra finitud.

En fin, espero que este primer texto pueda ser de utilidad para introducirnos a esta era de las revoluciones en Centroamérica.

 

[1] Sobre eso pueden leer el artículo que hizo Víctor Hugo Acuña sobre Lorenzo Montúfar en el Anuario de Estudios Centroamericanos.