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1.- El general Vicente Guerrero en su laberinto

Raúl Jiménez Lescas

Mucho tiempo después frente al pelotón de fusilamiento, el general Vicente Guerrero se acordó cuando, herido de muerte, tomó sus orines tras la refriega de la Batalla de Almolonga del 13 de enero de 1823 (entre los cerros de Teposteyo y Ahuacopexco). No sabía que había derrotado a la tropa al mando del jefe de jefes, José Gabriel de Armijo y que le auxiliaba el general Antonio de León, mixteco. Le produjo asco y, mejor se acordó cuando su padre, de rodillas, le pidió que se indultara al poder español. Él cerró los ojos y recordó cada palabra que dijo, las contó, no cambió ninguna: “Compañeros, este anciano es mi padre. Ha venido a ofrecer recompensas en nombre de los españoles. Yo he respetado siempre a mi padre, pero la patria es primero.”. Es obvio que es una forma de decir las cosas, porque en ese tiempo no se decían “compañeros”, mucho menos “compañeras y compañeros” pero sí, “La Patria es primero”.

Era el año del Señor de 1831. México era un mozalbete de 10 años y estaba haciendo sus primeros pininos. Todo se arreglaba a balazos y traiciones, nada que ver con el México actual, que después de 190 años es moderno, civilizado, se respetan los derechos y Mario Delgado de Morena, el partido del gobierno, respeta hasta el Estatuto del partido.

Así pasó al laberinto de la historia el general Guerrero. Nadie lo recuerda como el primer presidente afro de Nuestra América, ni como insurgente al mando del generalísimo Morelos, ni como guerrillero, tampoco como Masón, ni como “Consumador de la Independencia” en 1821, aunque Agustín de Iturbide no lo invitó a firmar el “Acta de Independencia del Imperio Mexicano, pronunciado por su Junta Soberana congregada en la capital de el en 28 de setiembre de 1821”, tampoco como combatiente del Imperio y luego, como constructor de la primera República, la mexicana de 1824.

La historia Patria lo recuerda porque lo fusilaron el 14 de febrero, que en occidente, es el Día del amor y la Amistad. ¿A quién se le ocurre morir en semejante fecha? Al pelotón que lo fusiló en Cuilápan...

El general encontró su laberinto: La Patria es primero y está con letras de oro en el Congreso de la Unión, aunque los diputados han vendido la Patria muchas veces.

Entonces la villa de Cuilápan era un conjunto de chozas rodeando el impresionante Convento de Cuilapan, en los valles zapotecos de Oaxaca. Cargada al sur, rumbo a la otrora capital de los zapotecos de Zaachila (Dios de la zapoteca o Primera hija de la tierra, 1200 y 1521 d. n. e.). El convento fue construido por los nativos zapotecos bajo el ojo vigilante de los dominicos españoles del siglo XVI; es impresionante, como muchas de las obras dominicas (Santo Domingo y Yanhuitlán). Le llamaron Convento de Santiago Apóstol hacia 1531. Lo interesante del caso es su capilla abierta para la conquista espiritual de los zapotecos, también alberga un claustro conventual, una posada y un noviciado. Ahí los militares fieles al gobierno traidor, en una celda pusieron en capilla al general Guerrero antes de pasarlo por las armas.

El general, frente al pelotón de fusilamiento, se acordó que era desconfiado, quizá muy desconfiado, porque estuvo más de 10 años en guerra contra los españoles. Por eso, no fue al llamado “Abrazo de Acatempan”, mandó a su segundo de abordo. Pero, confió en un marinero genovés de cuyo nombre no me quiero acordar. El “tano” lo invitó a comer y ahí lo traicionó, dicen que por un par de monedas. Yo no lo creo, los “tanos” no cogen un par de monedas, sino puños de oro. Como Colón. El barco donde cenó su última cena, el general Guerrero, se llamaba, paradójicamente “Colombo” y el traidor:  Francisco Picaluga y Sicolame. También el tal Picaluga invitó a don Juan Álvarez, pero declinó, ya sea porque olió un “cuatro” o porque no le gustaba la comida genovesa. Prefería el mezcal de Zihuaquio al vino dulce de la Toscana. El mole a la salsa bolognesa. Sea como sea, don Juan no fue a la comida y luego se levantaría en armas con el Plan de Ayutla. Tanto Guerrero como Álvarez, Vicente como Juan, eran de la tierra caliente y brava del Pacífico, uno de Tixtla el otro de Santa María de la Concepción o barrio de la Tachuela, Atoyac. Ambos tenían la misma camiseta: generalísimo Morelos, quien los reclutó y los formó; ambos fueron presidentes de México y, ambos, republicanos y reformadores. Uno afrodescendiente, el otro hijo de un gallego y madre mestiza.

Como buen “tano” el traidor, le ofreció vino y pasta. Luego lo vendió por un puño de oro que le había ofrecido el general José Antonio Facio, ministro de guerra, siguiendo las órdenes de Anastacio Bustamante. El barco zarpó hacia de las aguas de Acapulco a Huatulco, para entregarlo a los militares oaxaqueños que lo condenaron al pelotón. Otro traidor, un tal Miguel González recibió al general Guerrero, esposado y con grilletes, para cruzar la Sierra Sur y entregarlo a la autoridad en Oaxaca para someterlo a juicio sumario. En su camino, Guerrero pudo encomendarse a la Virgen de Juquila, contemplar la altitud de San José en el pico de la Sierra Sur para bajar a los valles centrales. Pasó por Ocotlán hasta la capital, Oaxaca.

El general Facio era jarocho, como Santa Anna, fue educado en la Guardia Real de Fernando VII en España. Era un verdadero y auténtico hijo… de la realeza, al menos eso creía. ¿Quién lo recuerda? Sólo la traición y el oro que le dió al genovés, comerciante. Dicen que 50 mil pesos oro, yo lo creo, deben ser como 500 millones de pesos de ahora… Por eso el general Obregón decía: “Nadie aguanta un cañonazo de 40 mil pesos (Bustamante diría: de 50 mil pesos oro)”.

La traición es el mandamiento que reza la política mexicana desde hace 190 años.

 

2.- El largo camino al paredón

 

Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace.

Juan Rulfo

 

Mucho tiempo después se duda del fusilamiento del general Vicente Guerrero en Cuilápan, Oaxaca. ¿Lo envenenaron, lo ahorcaron, lo torturaron hasta morir? Yo creo que algunos de mis colegas se quieren hacer los interesantes, lo que es válido, pero hay documentos que señalan que el general fue condenado a ser pasado por las armas. El general, en realidad, inició su destino al paredón cuando se unió a los hermanos Galeana, quienes reclutaron hombres para el lugarteniente de don Miguel Hidalgo, el mismísimo José María Teclo Morelos y Pavón, que siguiendo las indicaciones verbales de Hidalgo, sitió el fuerte de Acapulco entre 1810 y 1811. Ahí estuvo Vicente y no pararía de luchar armas en mano, pero también como legislador y presidente de México, por sus ideas republicanas inculcadas por Morelos.

Ese generalísimo era bueno para formar política y militarmente a sus seguidores: Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Nicolás Bravo y Juan Álvarez fueron presidentes de México. Por su parte, Guerrero se unió a las fuerzas de Morelos y, desde 1810 hasta 1831, varias veces eludió la muerte y el fusilamiento. Según le contó al historiador, político y legislador oaxaqueño, don Carlos María de Bustamante, herido en la Batalla de Almolonga, sintió las caricias frías de la muerte y tuvo que tomarse sus propios orines para sobrevivir. Yo soy oaxaqueño y la tradición dice que en Cuilápan fusilaron a Vicente Guerrero. ¿Qué hay de verdad y que de mito?

Lo fusilaron. Sin duda. Era la tradición del siglo XIX. No lo “desaparecieron” como inventó el gobierno del PRI durante décadas, ni lo metieron en una tina de ácido, como los malosos de ahora. “Hubo nombramientos para formar un tribunal encargado de juzgarlo y se designó para el proceso a Nicolás Condelle. En una habitación contigua, el coronel Gabriel Durán, que recién había llegado de la capital mexicana, exhibió tres mil onzas de oro y dos mil pesos fuertes para entregarlas al genovés Picaluga ‘como premio convenido con él por su escandalosa y repugnante acción’, como comentó un cercano a Guerrero, Lorenzo de Zavala. Zavala, luego inventaba cosas, de eso estamos seguros como el “Abrazo de Acatempan” (relatosehistorias.mx).

Por su parte, “Pompa y Padilla detalló que siguiendo las técnicas de osteometría y morfoscopía, que estudian las medidas y las formas de los huesos, se comprobaron la edad, los rasgos métricos y las huellas de enfermedades, así como las fracturas y exfoliaciones de los restos. Con ello se determinó que Guerrero tenía entre 45 y 50 años, con 1.65 metros de estatura, que montaba a caballo y presentaba deficiencia de hierro. Pero lo que no se pudo comprobar fue su fusilamiento. El especialista en ciencias antropológicas afirma que esta investigación demuestra que ‘la osamenta de Guerrero no tiene ni un hueso roto, ni del tórax, esternón, clavículas, costillas o los omóplatos. El cráneo no presenta ninguna perforación de entrada ni de salida de algún proyectil, es decir, no hay evidencias de fusilamiento, sí una fractura en la parte frontal de la cara, del lado derecho, producto de un fuerte golpe post mortem’ (https://www.milenio.com/cultura/arte/vicente-guerrero-murio-fusilado-revela-especialista). 190 años después, la duda. No se duda que montaba a caballo, ni que medía 1.65 metros, pero sí de su fusilamiento (https://www.milenio.com/cultura/arte/vicente-g).

Pompa y Padilla respondió: “No lo sé,  no lo podría decir, es difícil saberlo, pudieron haberlo ahorcado, acuchillado o envenenado, pero no fusilado”. Carmen Saucedo, quien también participó en este estudio y realizó el análisis histórico que junto con los trabajos de otros investigadores se publicó en el libro Los restos de los héroes de la Independencia, coincide con el antropólogo Pompa y Padilla. “Los hallazgos forenses dicen una cosa y los documentos históricos dicen otra. Entonces ahí hay un misterio que no sabría cómo resolverlo. Habría que ver con algún documento. Presumiblemente ahí hubo una versión oficial sobre que se había cumplido una sentencia de muerte, porque Vicente Guerrero es sentenciado, pero luego resulta que tenemos este examen forense en el que no hay rastros de heridos de bala en su osamenta” (milenio.com/cultura/arte).

La historiadora Vázquez Mantecón señala que para reivindicar a Guerrero, el gobierno de Oaxaca decretó la exhumación de sus restos, en 1833, para llevarlos a la ciudad. “Un profesor de medicina y cirugía de la ciudad llamado Nepomuceno Bolaños expuso que la cabeza mostraba los vestigios de dos orificios de bala que indicaban que lo habían fusilado por la espalda, porque la entrada era por la parte posterior”, escribió.

Yo tengo el documento: Vicente Guerrero, consumador de nuestra Independencia y constructor de nuestra República murió fusilado.

Sobre la muerte de Melchor Ocampo, también hay muchas dudas. La labor de los historiadores no es hacer interesante la historia, sino descubrir lo interesante de la historia. Lo que conocemos es: ““Yo [el fiscal] por tanto, concluyó, por la nación, á que el criminal Vicente Ramón Guerrero Saldaña sea pasado por las armas con arreglo á la ley de 27 de septiembre de 1823 y el tratado VIII, título X, artículos 26 y 27 de las ordenanzas del ejército”. El 10 de febrero de 1831 los diez vocales del consejo y su presidente votaron unánimemente por que fuese pasado por las armas como “reo de alta traición” y por “lesa nación”. Eso creemos que ocurrió:

“La madrugada del día 14 fue sacado de la habitación y conducido al patio. Se presentó con firmeza y serenidad. Dijo a la tropa que él había sido siempre cristiano y moría en esa fe, que siempre había servido a la patria, que cuidasen mucho de defender la independencia y que obedeciesen al gobierno. Él mismo se vendó los ojos y se sentó. Después, se le hicieron los funerales correspondientes: se le cantó misa de cuerpo presente en la iglesia de la villa (Cuilápan) y se le dio sepultura. Del entierro dieron fe el fiscal Nicolás Condelle y el cura don Secundino Fandiño.”, nos contó el historiador Javier Torres Medina.

Muchos años después, sus restos mortales pasaron a reposar donde están los héroes que nos dieron Patria, primero en la Catedral de México y luego en el Monumento a la Independencia (decreto promulgado el 19 de julio de 1823).

 

3.- Guerrero, un trigarante

 

El bien para todos, el mayor bien para la patria.

Vicente Guerrero

 

En la crisis del Imperio Mexicano, Vicente Guerrero se adhirió al Acta de Casa Mata y sus adhesiones, sellando una alianza con las fuerzas de Veracruz bajo la comandancia de Antonio López de Santa Anna, destacando su papel militar para fortalecer a las diezmadas fuerzas de Nicolás Bravo. Guerrero se pronunció contra el emperador Agustín I, mientras que su aliado, el general mixteco, Antonio de León conformó una Junta de Gobierno, la Diputación Provincial y el Estado Libre de Oaxaca. El naciente Imperio Mexicano proclamado el 28 de septiembre de 1821 entró en crisis por un conjunto de circunstancias y los errores políticos del emperador Agustín I (Agustín de Iturbide). Vicente Guerrero, junto a otros insurgentes y algunos generales trigarantes, jugaron un papel fundamental en la transición del Imperio Mexicano a la Primera República Federal de 1824.

Don Agustín de Iturbide propuso el Plan de las Tres Garantías, mismo que suscribió Vicente Guerrero y, en una rápida y efectiva campaña militar, sumaron diversas fuerzas, ocuparon la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, pero las propuestas y decisiones de Agustín de Iturbide no le permitieron consolidar la monarquía constitucional moderada que pretendió con los Tratados de Córdoba y el Plan de Iguala. El Emperador enfrentó al Congreso, poder constituyente y legislativo, comprometido con el plan libertador, arrestó hasta el diputado Milla proveniente de Guatemala y disolvió el Congreso el 31 de octubre de 1823; el desarrollo de los poderes civiles y a la naciente opinión pública, en una monarquía acostumbrada a la disciplina, lealtad, al Rey y a Dios. Así, los acuerdos y fuerzas sumadas en la exitosa campaña libertadora se desarreglaron en una “pareja dicotómica”, que terminó resolviendo sus problemas políticos a balazos, amotinamientos, encarcelamientos y en una campaña regular entre las fuerzas beligerantes.

Se comparó al emperador Agustín I con Fernando VII, señaló en su Diario el perspicaz periodista y diputado depuesto, Carlos María de Bustamante. En efecto. La antítesis Constitución de Cádiz-Rey se resolvió con el golpe del monarca a su retorno a España, inaugurando lo que se ha llamado el “sexenio absolutista” (1814-1820), pero la historia no se repitió dos veces con la dicotomía entre el emperador Agustín I y el Congreso. Tanto Fernando VII como Agustín I fracasaron cómo líderes políticos en esa complicada transición del nacimiento de las dos naciones modernas, reflexionó Jaime E. Rodríguez.

Los diputados constituyentes y los “pronunciados” terminaron derrotando al emperador para abrir el camino a la República. De tal forma, que el sentimiento o anhelo de que algún miembro de la Casa de los Borbones estuviera al frente de la nueva nación quedó imposibilitada, como se demostró con la invasión del brigadier español Isidro Barradas en el Golfo pocos años después (26 de julio de 1829) durante la presidencia de Vicente Guerrero.

La Nación Española emanada de la Constitución de Cádiz, miró desde 1819 la pérdida irremediable de sus provincias y capitanías americanas con los triunfos insurgentes en Venezuela y Colombia. Sus últimos reductos (San Juan de Ulúa en Veracruz, Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, se perderían en 1889 con la guerra contra Estados Unidos de América. El imperio español, llamado “nación española” por los gaditanos, terminaría su largo dominio en América, el Caribe y las Filipinas. Como señaló Robert J. Ward:

El interés en las posesiones de España en América del Norte, por parte de las grandes potencias, existía desde el descubrimiento del Nuevo Mundo. Lo alentaba el deseo de disfrutar de las riquezas de las nuevas tierras. Más tarde se convirtió en el conflicto de dos culturas colindantes y se agravó con el afán expansionista de los Estados Unidos. La situación de la colonia a fines del siglo XVIII y principios del XIX, el desánimo de muchos de los moradores de esta parte del reino con el gobierno de la metrópoli propiciaron los planes y conjuras de intervención.

Denomino “cuatrienio liberal” a los años que corrieron entre 1820 y 1824 y, con Luis Jáuregui, de transición política. ¿Transición a dónde? Es una pregunta obligada. Fue una transición compleja, porque los monárquicos empujaron al absolutismo, al menos como el sexenio de Fernando VII en Iberoamérica; los liberales españoles hacia la Nación Española gaditana (restablecida en 1820); la insurgencia con el proyecto de Miguel Hidalgo y José María Morelos, pero sin posibilidades de triunfar. Debió aparecer una fuerza alternativa de las entrañas de lo “viejo” para emprender el Plan de las Tres Garantías con un realista de viejo cuño vallisoletano, Agustín de Iturbide, que por razones involuntarias, voluntarias, conscientes e inconscientes, se erigió como la figura política de la “transición” de la independencia en el marco del gaditanismo, pretendiendo además la bendición de los Borbones. Don Agustín la definió en sus Memorias como una “época delicada”.

Por su parte, Carlos María de Bustamante, que lo conoció bien y estuvo en los momentos críticos de la crisis del primer imperio, con su pluma característica dejó las siguientes notas en su Diario:

Es un problema para muchos ¿si convendrá o no a beneficio de la Nación que Iturbide quede en México? Para mí es de fácil resolución, porque aquí ya le conocemos, y si sale a fuera, seguramente seduce a muchos incautos, se hace de partido y nos prolonga los males, haciéndonos una guerra cruel. El posee el arte de persuadir, su figura es interesante; se acomoda y pliega a todos, y sus razonamientos, pocas veces dejan de surtir su efecto. Muchas nos ha engañado con destreza, y si ya no lo creemos, es porque ha repetido sus embustes y perdido el derecho a nuestra confianza.

En ese “cruce de caminos” entre el viejo orden, el gaditano y la invención de una nueva nación, Vicente Guerrero y, el entonces coronel mixteco, Antonio de León y sus fuerzas, jugaron un papel importante en la breve, pero eficaz campaña militar Trigarante para consumar la independencia en 1821. Por ser en ese entonces un coronel del sur o menos destacado que coroneles, generales y sus tropas de la Trigarancia, se le reconoce menos a De León, ya que su estrella no brillaba como la de ex oficiales realistas (Antonio López de Santa Anna o Anastacio Bustamante o insurgentes como Vicente Guerrero y Nicolás Bravo, o de los personajes que signaron el “Acta de independencia del Imperio Mexicano, pronunciado por su Junta Soberana en la capital de él 28 de septiembre de 1821”.

 

4.- La crisis del Imperio de Agustín I y la Batalla de Almolonga

 

El bien para todos, el mayor bien para la patria.

Vicente Guerrero

 

A fines del “delicado” año de 1822, el coronel Antonio López de Santa Anna se pronunció en Veracruz contra el emperador Agustín I, quien comisionó al general José Antonio Echávarri para sofocar el levantamiento veracruzano, pero se unió a los insurrectos, dando origen a la “Acta de Casa Mata”. Infiero que el general Vicente Guerrero y Antonio de León estuvieron involucrados desde los primeros momentos en las conspiraciones contra el emperador, ya que la actuación de Iturbide le fue desfavorable en Oaxaca al nombrar a un familiar en el mando militar (coronel Manuel Iruela Zamora) y, luego, alejarlo del Congreso con el pretexto de sofocar la rebelión en la costa oaxaqueña. Manuel Rincón, de la comandancia general comunicó, el 8 de octubre de 1821, al coronel De León que tendría el mando de la División que sofocaría el levantamiento en la costa oaxaqueña, por lo cual dispuso de 113 infantes de La Libertad, 35 de San Lorenzo, 8 de la Costa, 8 artilleros, 55 de caballería de Sola (de Vega), 35 “de los de aquí” y 76 del escuadrón de Antonio de León, conformando una tropa de 340 hombres, 2 piezas de artillería, 21 mil cartuchos, 4 docenas de cohetes grandes de luces para señales, 2 gruesas chicas, 50 piedras de chispa y otros “útiles. Es decir, le confiaron una importante División para la misión costeña.

El coronel, conocedor de la costa y ya con habilidades de negociador, logró sofocar la “alucinada” intentona de los afrodescendientes costeños. Seguramente la comandancia general no imaginó que con esa tropa, el conspirador Antonio de León, ayudaría a darle la puntilla al emperador proclamado. La maniobra de Agustín I de alejar al coronel de la soberanía del Congreso, le resultó contraproducente: las armas se le volvieron en contra.

Por otro lado, De León mantenía contacto con sus aliados en el Congreso: Vicente Guerrero, Nicolás Bravo, Carlos María de Bustamante y fray Servando Teresa de Mier. En el Congreso, fray Servando expresó sus ideas no monárquicas, ya que consideraba que la república era el “gobierno que más convenía”. Por su parte, Nicolás Bravo expresó su posicionamiento de que se instaurara un Congreso general para darle estabilidad al país.

Ese realineamiento entre las fuerzas políticas y militares trigarantes y las nuevas alianzas con ideas republicanas, configuraron el cuadro político necesario para avanzar hacia la república. El artículo 3º del Acta de Casa Mata, estipuló con claridad la diferencia entre diputados de “ideas liberales y firmeza de carácter (que) se hicieron acreedores al aprecio público, al paso que otros no correspondieron debidamente a la confianza que en ellos se depositó, tendrán las provincias la libre facultad de reelegir a los primeros y sustituir a los segundos, con sujetos más idóneos para el desempeño de sus arduas obligaciones”. Entre esos diputados de ideas liberales y firmeza de carácter se encontraba el depuesto diputado por Oaxaca, Antonio de León, quien estaba en la costa oaxaqueña, comisionado por Iturbide, para sofocar un levantamiento de afrodescendientes en pro de la corona española.

Un hecho notable para las mixtecas oaxaqueñas y para la revolución y guerra Trigarante, fue el rencuentro entre los generales Bravo y De León. Jorge Tamayo infiere que el mixteco estuvo involucrado en la conspiración que desembocó en el pronunciamiento de Casa Mata y, que el general Bravo pretendió refugiarse en Oaxaca para luchar contra el emperador Agustín I. No hemos encontrado documentación para verificarlo, pero tiene lógica en la coyuntura de la crisis de la monarquía Agustín I, así como los enfrentamientos con el Congreso, en especial, contra Antonio de León, a quien el emperador lo alejó del Congreso, como con los insurgentes republicanos a quienes mandó aprender.

Así, trece días después de firmarse el Acta de Casa Mata, el general Vicente Guerrero y el coronel De León se pronunciaron por segunda vez, en dos años de lucha; primero ondeando la bandera trigarante, y después la bandera republicana. Escogieron sus tierras natales, Tixtla para Vicente y Huajuapan en la mixteca, para Antonio de León para levantar su voz en pro de aquellos postulados, defendidos por “los señores generales de división, jefes de cuerpos sueltos, oficiales del Estado Mayor, y uno por clase del ejército”. El general Nicolás Bravo también los secundó. El prestigio del coronel en funciones, Antonio de León estaba fuera de toda duda, lo mismo que el general Guerrero. En esos días, Carlos María de Bustamante, con el estilo periodístico y sarcástico que lo caracterizó, dejó la siguiente anotación en su Diario:

Anoche llegó F. Breña, correo extraordinario de la carrera de Oaxaca con pliegos, en que pide aquel comandante (a) auxilio á Iturbide porque el Sr. D. Antonio (de) León, diputado en el Congreso por aquella provincia, en la de la mixteca, se había levantado atrayéndose las tropas de Huajuapan, el día 1 del corriente, a las que se le habían agregado otras, con las que había situado su cuartel general en Yanhuitlán, apoyándose en una fortaleza que hicieron en el año de 1814 los españoles a todo costo, y caminaba para Oaxaca, donde á la sazón habrá entrado, pues allí no había mas que 200 milicianos de Tehuantepec que oponerle, y 100 del batallón de la ciudad. Este jefe es el mismo que lanzó los expedicionarios de Oaxaca en últimos de julio de 1821. Primer porrazo.

De porrazo en porrazo, la crisis del emperador Agustín I prosiguió en las siguientes semanas. Con el sarcasmo y seguro de lo que veía desde la ciudad de México, don Carlos escribió: “tenía los pies de barro, y una piedrecita le echó al suelo”; y en la siguiente página del Diario correspondiente al domingo 9 de febrero, señaló: “tiempo hermoso, en este día entró Bravo en Oaxaca”. Las escaramuzas militares fueron rápidas, las fuerzas del coronel Antonio de León triunfaron en San Pablo Huitzo, donde la tropa atrapó a su propio jefe militar, Iruela Zamora. La misma guarnición de Oaxaca se unió a los rebeldes de Casa Mata. Según Jorge L. Tamayo, la actuación del coronel mixteco fue radical, posiblemente influido por la alianza y el reconocimiento al general Vicente Guerrero y Nicolás Bravo.

Mientras tanto, Vicente Guerrero avanzó por el rumbo de Ameca, Tetecala y Chalco con una fuerza de dos mil hombres, bien armados y dispuestos a batirse, acercándose a la ciudad de México. Para Bustamante, los porrazos provocaron en “la familia Imperatoria”, que “… ayer tarde lloró a moco suelto el ministro Domínguez y en el exceso de su dolor decía ¡ay!, bien lo decía yo”. Las evidencias dejan ver una crisis política y social del Imperio Mexicano que sumó errores en lugar de conciliar. Un Imperio líquido que se iba evaporando.

El ataque y batalla del cerro de Almolonga ha sido motivo de pocas reflexiones en la historiografía con respecto al impacto que debió tener sobre la abdicación del emperador Agustín I y su Imperio Mexicano. Eduardo Miranda Arrieta opina que los resultados de dicho hecho de armas fueron “desastrosos” para las tropas de Nicolás Bravo y las imperiales. Los diputados e insurgentes Bravo y Guerrero evitaron caer prisioneros y “salieron de México por la acequia de Iztacalco, como de paseo”; tras fortificarse en Almolonga, sufrieron un duro revés por parte de la tropa comandada por el general Gabriel de Armijo, que los derrotó y dispersó. Guerrero resultó mal herido y Bravo logró escapar al ataque organizado del jefe de las fuerzas imperiales, Epitacio Sánchez, quien murió en el ataque. Tan fuerte fue el golpe dado a los insurgentes Bravo y Guerrero, que se creyó que este último había muerto en Almolonga, mientras que Bravo logró salvar su vida.

Vicente Guerrero dio detalles del ataque y batalla de Almologa al licenciado Bustamante, diciéndole que estuvo “muy mal herido”, mientras que Bravo se ocultó y pudo escapar. Añadió que “la tropa en dispersión marchó con Bravo a Chilapa, y de allí con armas y municiones y alguna artillería se dirigió a Tlapa”. Según Bustamante, “el plan de Bravo era reunirse en Huajuapan con don Antonio León, de quien se prometía que obrase en buen sentido, pues lo había manifestado siendo diputado al Congreso…”. La lógica militar establecía que el coronel Antonio de León se pondría al servicio de las fuerzas imperiales de Agustín I, pero miró hacia los insurrectos de Casa Mata. Por ello, acudió a los auxilios de Bravo y Guerrero dispersados en el cerro de Almolonga. Las fuerzas de Iruela Zamora se unieron… esa derrota de Almolonga se convirtió en triunfo para los pronunciados de Casa Mata. Fue entonces que el emperador Agustín I tuvo definido su destino: la derrota. En los detalles del ataque en el cerro de Almolonga, podemos inferir que tanto Guerrero como Bravo esperaron noticias frescas sobre el combate para poder definir su conducta:

Bravo se situó en un rancho llamado de Santa Rosa, para esperar noticias que arreglaran la conducta que debía observar en aquella época. En aquel punto interceptó un correo del general Armijo al coronel Matiauda, en que le avisaba de la Batalla de Almolonga, le refería la muerte de Epitacio Sánchez; de oficio le decía que marchase sobre Chilapa para combinar allí el gran golpe que debería darse a Bravo para remediar las desgracias pasadas, que en la carta particular le detalla en términos poco decentes y lenguaje de un sargentón brusco, y mostraba la magnitud del descalabro.

La derrota de Guerrero y Bravo en Almolonga, se convirtió en un triunfo político-militar, por el pronunciamiento de Antonio de León y su tropa en Huajuapan. La alianza de Bravo y De León se consumó, marchando triunfantes a la Antequera de Oaxaca. Tras pasar por el camino de Huitzo y conocer el pronunciamiento de Casa Mata, ingresaron triunfantes a la capital de la provincia, el reloj de la historia marcó el 9 de febrero de 1823, pasando por la acostumbrada calle de la Soledad al zócalo oaxaqueño. El testimonio de Carlos María de Bustamente es elocuente:

El día 9 de febrero entró Bravo en Oaxaca en medio de aclamaciones, pues allí se sentía el peso del cetro imperial, y el día 26 quedó instalada la junta de gobierno, de la que se nombró presidente a mi hermano don Manuel Nicolás de Bustamante, hombre sabio y justificado. También fue nombrado individuo de ella el señor Obispo de aquella diócesis don Manuel Isidoro Pérez, que rehusó aceptar el cargo, y luego se marchó a España siguiendo el ejemplo que le dio el arzobispo de México don Pedro Fonte: ambos prelados prefirieron al parecer vasallos de Fernando 7º a ser buenos pastores, pues abandonaron sus iglesias cuando más necesitaban de su presencia y consuelo.

(…) A la sazón que el general don Nicolás Bravo estaba en Oaxaca, se supo por un correo interceptado de Guatemala para Iturbide, que el comandante don Vicente Filísola, enviado con una fuerte división sobre San Salvador, había sufrido alguna desgracia en una acción de guerra tenida cerca de Mapilopa; circunstancia que aumentó en Oaxaca el odio a la dominación imperial.

Días después, el 26 de febrero, instalada la Junta de Gobierno, presidida por un ex insurgente letrado de los tiempos del generalísimo Morelos, Manuel Nicolás de Bustamante y, del administrador, Nicolás Fernández del Campo, el victorioso Nicolás Bravo lanzó su discurso republicano. A paso seguido, el ex quinto vocal de la Suprema Junta Americana, diputado al Congreso de Chilpancingo e intendente de la Oaxaca insurgente, José María Murguía y Galardi, tomó el mando del gobierno, como en aquellos lejanos años de 1813, cuando José María Morelos ocupó la Atequera de Oaxaca.

Como se aprecia, lo que se denominó “ataque” o Batalla de Almolonga fue la puntilla para el Imperio Mexicano, pero la historiografía de la independencia no la ha revalorado todavía. La tarde del 27 de febrero de 1823, el general triunfante Nicolás Bravo partió de la capital oaxaqueña por el camino de la mixteca para unirse a las fuerzas del marqués de Vivanco y Echávarri, como parte del futuro triunvirato que sustituirá al emperador Agustín I, quien abdicó al trono tras la reinstalación del Congreso el 7 de marzo de 1823.

La dicotomía Emperador-Congreso se resolvió favorablemente para el Congreso reinstalado en sus funciones. Así, en la sesión nocturna del 19 de marzo de 1823 “se presentó el ministro don Juan Gómez Navarrete a abdicar a nombre del emperador la corona, llevando escrita esta solicitud de propio puño de Iturbide, cuyo examen se reservó para el día siguiente, por no haber competente número de diputados”. Decía así:

Reconocido el soberano Congreso por la junta y tropas adheridas al Plan o Acta de Casamata, cesó el motivo porque yo conservé la fuerza en las inmediaciones de la capital; pues no era otro que el sostener al mismo Soberano Congreso; acabó la división respecto de mí. Segundo. La corona la admití con suma repugnancia, sólo por servir a la patria […] hay ya el reconocimiento, y hago por tanto la abdicación absoluta.

El camino al triunvirato, gracias de la alianza de Bravo y De León en Oaxaca, estuvo abierto para la entrada triunfal de las tropas de aquel por la hacienda de Los Portales y el pueblo de Coyoacán, en las inmediaciones a la ciudad de México. La orden de marcha estableció los pasos que se siguieron por las tropas del batallón del regimiento de infantería de línea número 4 de la División del Centro y las del general Bravo fueron muy puntuales para su ingreso a la capital del extinto “Imperio Mexicano”. Esto ocurrió el jueves santo del 27 de marzo de 1823. Carlos María de Bustamante recordó el episodio final de la abdicación diciendo:

El señor Iturbide debió haber salido en aquel mismo día (sábado de gloria), según lo acordado en Santa Martha; pero escribió a Bravo diciéndole, que la noche anterior había sido atacado de un dolor, por lo que, y tener todavía que disponer de muchas cosas, llevándose a su familia, que constaba de cuarenta personas, saldría al día siguiente. Atribuyeron algunos esta demora a que esperaba saber el resultado de la revolución de los barrios.

La mañana del 29 de marzo de 1823, los ciento tres diputados reunidos en sesión solemne del Congreso ya no vieron colocado el retrato del emperador. La República abrió su primer ojo. Quizá la expresión soltada por el diputado fray Servando Teresa de Mier, contada por el diputado Bustamante sea elocuente del ambiente en el Soberano Congreso reinstalado: “El p[adre] Mier pidió que no se denominase Regencia (nuevo Poder Ejecutivo), pues ni había rey ni permitiese Dios que lo hubiera”.

Para el 5 de abril de 1823, la comisión del Congreso que analizó la abdicación a la corona del emperador Agustín I, emitió el siguiente dictamen: “Primera. El Congreso declara la coronación de don Agustín de Iturbide como obra de la violencia y fuera de la ley, y de derecho nula”. Por ello, Bustamante señaló como día de “la independencia y libertad civil de la nación mexicana” el día 8 de abril de aquel año, fecha en que Iturbide abdicó la corona.

El mando provisional fue conferido al jefe político de México, marques de Vivanco, pero el 31 de mayo de 1823 se eligió un triunvirato que recayó en los generales Bravo, Victoria y Negrete. La alianza de Antonio de León con Bravo y Guerrero dio los frutos que seguramente no soñaron en las horas angustiantes de la batalla de Almolonga. A la derrota militar de Guerrero y Bravo prosiguió el triunfo político de la alianza militar en Oaxaca, y luego al triunvirato con dos generales provenientes de las fuerzas insurgentes que en 1812 ocuparon Oaxaca bajo el mando firme de José María Morelos.

 

5.- Vicente Guerrero se levantó en Huetamo contra el emperador Agustín I

No es la gloria de mandar la que me anima, ni mi engrandecimiento preside mis acciones

 

El Congreso declara la coronación de don Agustín de Iturbide como obra de la violencia y fuera de la ley, y de derecho nula.

Soberano Congreso Mexicano, 5 de abril de 1823.

 

El 18 de febrero de 1823, en San Juan Huetamo (Michoacán), el general Vicente Guerrero se pronunció contra el Imperio Mexicano:

 

“A la Nación Mexicana.

Amados compatriotas: ha llegado ya el día en el cual conociendo vuestros sagrados derechos desatéis de un solo golpe todo vuestro enojo contra el que despóticamente os los ha usurpado. La Libertad: esta dulce voz que tanto congratula los oídos del hombre justo, es tiempo que resuene ya en todos los ámbitos del Anáhuac, y que en lo sucesivo sea la única divisa de todo mexicano, para que esté revestido de grande intrepidez, rompa y arranque el cetro despótico de las manos del realismo, y nunca vuelva a asilarse semejante monstruo en esta preciosa parte del glovo [globo], destinada por la naturaleza a ser la regeneradora de la Libertad, la promotora de la virtud, y el asilo de la felicidad. Aborreced de corazón a estos hipócritas Robespierres, y ambiciosos San Just, que, ensangrentando la estatua de la Libertad, la han cubierto de indignas obscenidades [obscenidades], rodeándola de atroces crímenes y maldades.

“Es muy cierto que el héroe de Iguala nos devolvió de los lazos de la ignominiosa España; pero ¿acaso fue sola obra suya? ¿Acaso fue solo él quien se expuso a los peligros y calamidades de la guerra? ¿o acaso fue su objeto libertar la Patria para que ésta gozara de tan sagrado nombre? Y dado caso que esto fuera así, ¿podía éste obtener otros derechos de la Nación, que aguardar a que con mano generosa recompensara sus beneficios, si los juzgaba dignos, como en igual caso lo hicieron los héroes Bravo, Victoria y otros muchos que solo aspiraban al deseado fin de la independencia? No amigos míos, este hombre pérfido y falas lejos de imitar el inmortal ejemplo de los grandes Washington, Bolívares y San Martines, socolor de libertador, no hizo otra cosa que envolvernos en nuevos lazos de esclavitud y servilismo: puso el sello en sus intrigas sobornando, como es público, a muchos de sus colegas para de este modo asegurar la presa que desde Iguala y Córdova se destinaba; valioso de sujetos que aspiraban a su modo y coadyuban a sus felonías, y que al presente se hallan a la cabeza del gobierno para sumergir a la infeliz Tenoxtitlan en el espantoso cuadro que ahora se nos presenta a la vista.

“El sargento Pío Marcha (¡nombre execrable y maldito!) cumpliendo lo que había ofrecido a Iturbide, y confiado en las promesas de éste, sorprendió a México con todo el bajo pueblo de uno de sus barrios la noche del 18 de mayo de 1822; días preciosos en que los verdaderos padres de la Patria trabajaban incesantemente en preparar a ésta su futura felicidad; estos eran los verdaderos jueces de la Nación; estos los que hablaban a nombre de las provincias; y estos en fin eran los que componían el Soberano cuerpo de la Nación. ¿Y cuál debe ser nuestra sorpresa, amados conciudadanos, al mirar nuestros sabios Diputados acometidos por el tirano y demás de su séquito, con armas en mano, en el mismo templo de la justicia, amenazadas sus vidas preciosas e inviolables por aquellos monstruos de la ambición, si no accedían a las injustas pretensiones del tirano? ¡O que tropelía tan inaudita; tropelía que la América del Septentrión llorará sin cesar, y execrará con grande escarnio a los autores de esta punible maldad!

“No contento el coloso con este procedimiento, y sospechándose que la Soberanía Nacional habrá de impedir sus arbitrariedades a semejanza de un furioso río que en su corriente baja rápidamente arrasando cuanto se le opone, así el injusto, así el desnaturalizado Iturbide, echa por tierra la representación Nacional, sin atender más que a su propio interés, aunque no deja de conocer que su engrandecimiento sería la ruina de la Nación. En vano fueron las sabias medidas que estos héroes benéficos trazaron para salvar a su Patria, pues el déspota celoso de que le disputaran su dominio, les privó muy en breve no solo del alto puesto que la Nación les había conferido, sino aun también de su libertad; ¡golpe terrible: golpe que jamás ningún buen americano debe apartar un momento del fondo de su corazón! ¿Dónde está aquella misma inviolabilidad que las mismas leyes y la Nación les habían concedido? ¿Dónde el juramento que el ambicioso Iturbide prestó tantas veces sobre lo más sagrado, de sostener la representación Nacional? ¿Y dónde por fin, la Nación que aquella asamblea reunida componía? Todos estos vínculos desaparecieron, todos fueron violados, todos desde aquel momento han variado de aspecto, y solo la ruina y la desesperación nos han quedado. Sin libertad individual, sin representación Nacional, sin libertad de imprenta, y aun sin la de poder opinar, ¡qué podemos esperar para lo sucesivo! ¿Podemos esperar que con el tiempo varíe, y que nuestra suerte mejore? No, mexicanos, lejos de esto debemos temer la ruina inevitable de nuestros hijos y la fatal desolación del suelo indiano. Los verdaderos héroes de la Patria irritados de un manejo tan falaz, han vuelto a tomar las armas, se han puesto en el campo de Marte, y han jurado delante de Dios y del mundo todo perecer o poner a la Nación en la plenitud de su libertad, para que ésta sin arbitrariedades, se constituya del modo que más a propósito le convenga, y sin que algún individuo de ella pueda sujetarla [sujetara] a su capricho y antojo. Al Augusto Congreso toca exclusivamente, con anuencia de las respectivas provincias, elegir la forma de gobierno que la sabiduría de sus dignos Representantes, prudencia y humanidad les aconseje; pero esta misma asamblea respetable es necesario, amados compatriotas, se halle protegida [protegida], sostenida y auxiliada por toda la heroica Nación a quien representa.

“Este es el único y solo objeto que ha animado a mí y a todos mis compañeros para empuñar el sable; no es otro más que el restituir a la Patria (bajo el Plan de Veracruz) lo que D. Agustín Iturbide le ha usurpado, y por tan sagrado fin estoy resuelto a perder mil vidas antes que desistir de tan loable empresa. Los enemigos de la libertad, los amantes del servilismo, pintarán mi resolución con diferente colorido de lo que ello es en sí, pues todavía estos se estremecen a tan dulce voz, y la confunden con las palabras de crimen e irreligión. No es la gloria de mandar la que me anima, ni mi engrandecimiento preside mis acciones; pues si esto fuera así, bien pude haberlo hecho desde Iguala, tiempo en que teniendo yo la mayor fuerza no solo de acogida, sino aun cedí el mando gustoso al que será separado a la libertad de su patria. No, amados conciudadanos míos, el simple y grande nombre de ciudadano es el más apreciable con que quiere distinguirse vuestro compatriota. Vicente Guerrero. San Juan Huetamo, febrero 18 de 1823, tercero de la independencia y segundo de la libertad.”.

Camino a la República

El camino al triunvirato que condujo a la Primera República Federal de 1824, gracias de la alianza de Guerrero, Bravo y De León en Oaxaca, estuvo abierto para la entrada triunfal de las tropas de aquel por la hacienda de Los Portales y el pueblo de Coyoacán, en las inmediaciones a la ciudad de México. La orden de marcha estableció los pasos que se siguieron por las tropas del batallón del regimiento de infantería de línea número 4 de la División del Centro y las del general Bravo fueron muy puntuales para su ingreso a la capital del extinto “Imperio Mexicano”. Esto ocurrió el jueves santo del 27 de marzo de 1823. Carlos María de Bustamante recordó el episodio final de la abdicación diciendo:

El señor Iturbide debió haber salido en aquel mismo día (sábado de gloria), según lo acordado en Santa Martha; pero escribió a Bravo diciéndole, que la noche anterior había sido atacado de un dolor, por lo que, y tener todavía que disponer de muchas cosas, llevándose a su familia, que constaba de cuarenta personas, saldría al día siguiente. Atribuyeron algunos esta demora a que esperaba saber el resultado de la revolución de los barrios.

Como se recordará, el Plan de Casa Mata, estableció:

“Habiendo D. Agustín de Iturbide, atropellado con escándalo el Congreso de su mismo seno, la mañana del 12 de mayo de 1822, faltando con perfidia a sus solemnes juramentos, y prevaliéndose de la intriga y de la fuerza, como es público y notorio, para hacerse proclamar Emperador, sin consultar tampoco con el voto de los pueblos, la tal proclamación es a todas luces nula, de ningún valor y efecto, y mucho más cuando para aquel acto de tanto peso, del que iba a depender la suerte de América, no hubo Congreso por haber faltado la mayor parte de los diputados. […] Por tanto, no debe reconocerse como tal Emperador, ni obedecerse en manera alguna sus órdenes; […] será nuestro deber principal reunir […] a todos los diputados, hasta formar el Soberano Congreso Mexicano, que es el órgano de la verdadera voz de la Nación […]”.

La mañana del 29 de marzo de 1823, Vicente Guerrero y los ciento dos diputados reunidos en sesión solemne del Congreso ya no vieron colocado el retrato del emperador. La República abrió su primer ojo. Quizá la expresión soltada por el diputado fray Servando Teresa de Mier, contada por el diputado Bustamante sea elocuente del ambiente en el Soberano Congreso reinstalado: “El p[adre] Mier pidió que no se denominase Regencia (nuevo Poder Ejecutivo), pues ni había rey ni permitiese Dios que lo hubiera”.

Para el 5 de abril de 1823, la comisión del Congreso que analizó la abdicación a la corona del emperador Agustín I, emitió el siguiente dictamen: “Primera. El Congreso declara la coronación de don Agustín de Iturbide como obra de la violencia y fuera de la ley, y de derecho nula”. Por ello, Bustamante señaló como día de “la independencia y libertad civil de la nación mexicana” el día 8 de abril de aquel año, fecha en que Iturbide abdicó la corona.

En la “Abdicación de Agustín de Iturbide” del 20 de marzo del año crucial de 1823, quedó escrito: “Tercero. – Que la presencia en el Imperio, del Emperador, cuando deje de serlo servirá de pretexto a mil movimientos que se le atribuirían, aunque está seguro de que jamás tendría parte en ellos. Para evitarse persecuciones, alejar de sí toda sospecha, y a la Nación males, se expatriará voluntariamente, y en un país extranjero oirá con satisfacción las prosperidades de su patria, o con sentimiento el mal destino que le haya preparado la suerte.”.

El mando provisional fue conferido al jefe político de México, marqués de Vivanco, pero el 31 de mayo de 1823 se eligió un triunvirato que recayó en los generales Bravo, Victoria y Negrete. La alianza de Antonio de León con Bravo y Guerrero dio los frutos que seguramente no soñaron en las horas angustiantes de la Batalla de Almolonga. A la derrota militar de Guerrero y Bravo prosiguió el triunfo político de la alianza militar en Oaxaca, y luego al triunvirato con dos generales provenientes de las fuerzas insurgentes que en 1812 ocuparon Oaxaca bajo el mando firme de José María Morelos y Pavón.

 

 

Fuentes

Abdicación de Agustín de Iturbide. 20 de marzo de 1823.

Acta de Casamata. Cuartel General de Casa Mata, a 1º de febrero de 1823.Archivo General de la Nación. Los Precursores Ideológicos de la Guerra de Independencia, 1789-1794. México. Talleres Gráficos de la Nación, 1929 (Publicaciones del Archivo General de la Nación 3).

BUSTAMANTE, Carlos María de, Historia del Emperador D. Agustín de Iturbide hasta su muerte, y consecuencias; el establecimiento de la República Popular Federal (continuación del Cuadro Histórico), México, Imprenta de I. Cumplido, calle de los Rebeldes N. 2, 1846, Carta primera, El emperador Iturbide deseoso de deshacerse de los diputados.

Cámara de Diputados. Los Presidentes ante la Nación 1821-1984. Cinco Tomos.

Carmen Saucedo Zarco. Los restos de los héroes de la Independencia. 2 tomos. México. Instituto Nacional de Antropología e Historia. 2012.

Cosío Villegas, Daniel. Historia Moderna de México. México; Buenos Aires: Editorial Hermes, 1956-1972. 9 vols.

Florescano Enrique y Eissa Francisco. Atlas Histórico de México. Altea. Primera edición: enero de 2015. México. 267 pp.

José Mancisidor. Vicente Guerrero. Obras Completas. México.

José Torres Medina. El fusilamiento de Vicente Guerrero. Relatos e Historias en México. Núm. 148. Febrero de 2021.

Raúl Jiménez Lescas. La Transición Política en Oaxaca. Tesis Doctoral. Morelia. IIH/UMSNH. 2020.

Spencer Roberson, William, Iturbide de México, México, FCE, 2012 (traducción, introducción y notas de Rafael Estrada Sámano y presentación de Jaime del Arenal).