Por Olmedo Beluche
Lo que se ha dado en llamar “occidente”, o lo que dice ser la “cultura occidental”, en realidad se trata del disfraz con que se presenta el sistema capitalista mundial nacido en Europa, entre los siglos XV y XX. Aunque el ropaje del que se viste pretende ser de hechura de la antigua Grecia, mezclada con elementos judeo-cristianos, la verdad es que el esqueleto que lo sostiene es el sistema capitalista de explotación del trabajo (servil, esclavo o asalariado, según le convenga), para concretar su objetivo: la ganancia capitalista, mediante la producción y venta de mercancías.
Al tratarse de un sistema de explotación del trabajo, siempre ha estado basado en la desigualdad, la injusticia, el pillaje, el saqueo, el robo, el crimen, los abusos, las violaciones de derechos, el genocidio, etc., etc. Basta echar un vistazo rápido y superficial a la historia del mundo globalizado nacido a partir del siglo XV, para darnos cuenta de que el capitalismo “es un gigante de barro y sangre”, como lo define Carlos Marx en el primer tomo de El Capital.
No. No se engañen quienes, se creen, convencidos por los Medios Masivos de Manipulación de Masas (alias medios de comunicación de masas) de que el capitalismo es sinónimo de “democracia”. Falso. Las promesas de bienestar, progreso y democracia de la ilustración del siglo XVIII, pronto se vio que lo eran solo para la nueva clase dominante, los capitalistas, y no para el conjunto de la sociedad. Por eso dijo Lenin, la “democracia” siempre tiene un apellido de clase.
Caen en esa trampa quienes pretenden, desde las ciencias sociales o el análisis geopolítico, dividir el mundo entre “democracias” y “totalitarismos”, porque ese simplismo oculta la marca de clase de la democracia burguesa. Error similar a los que pretenden que el conjunto de los habitantes de un país se cobija bajo la bandera de la “nación”, lo que oculta las diferencias de clases al interior del estado y la ideología nacionalista que representa los intereses de la clase dominante.
Todos y cada uno de los derechos humanos estatuidos en la actualidad, ya sean políticos, sociales, económicos y humanos los peleó la clase trabajadora, el movimiento obrero y socialista. Desde el derecho al voto y la participación política universal, en igualdad de condiciones para todas las personas, sin discriminaciones, hasta la jornada de 8 horas, el derecho a huelga, al divorcio, los derechos humanos universales proclamados por Naciones Unidas en 1948, gracias a la victoria soviética sobre el fascismo alemán. Ninguno fue una dádiva del sistema capitalista.
Como bien explicó Antonio Gramsci, el sistema de explotación no puede imponer sus objetivos siempre por la fuerza, y no puede todos los días mantener un policía al lado de cada explotado, por lo cual debe construir una ideología, una hegemonía cultural, de manera que sus actos queden justificados bajo la cobertura de que son convenientes para la colectividad social.
De esa manera, el interés de la clase dominante se disfraza como el “interés nacional”. Las acciones del estado nación imperialista, bajo el manto de exportar la civilización a los bárbaros o salvajes. Durante todo el siglo XIX los actos de expansión del imperialismo capitalista por el mundo,
sojuzgando y saqueando, fue justificado con discursos como el Destino Manifiesto (un mandato divino), o por los argumentos laicos del Positivismo (orden y progreso).
Luego de la victoria antifascista de 1945, el ropaje con que se disfrazaron los objetivos de explotación y saqueo cambiaron de conceptos para seguir cubriendo lo mismo: ya no era “civilizar” a los “bárbaros”, sino llevar el “desarrollo” a los “subdesarrollados”. O, de defender los supuestos “valores democráticos de occidente” frente al totalitarismo comunista del “oriente”.
En las épocas de aparente avance progresivo del capitalismo, los argumentos con que se disfrazan los actos imperialistas suelen pintarse como altruistas, pero en los momentos de decadencia del sistema, como los actuales, los hermosos ropajes “humanistas” para justificar el expolio, dan paso a descarados argumentos que apelan al miedo y al odio.
Los dirigentes de los países a los que Estados Unidos y Europa desean atacar son caricaturizados como malignos dictadores, especialmente si su biotipo no coincide con el blanco anglosajón. A partir de esa operación de propaganda bien aderezada por la televisión y las redes sociales, luego toda acción militar queda justificada.
Recientemente los sectores socialdemócratas y liberales que dirigen los países imperialistas de la decadente Europa, haciendo de estados vasallos del imperialismo de Estados Unidos de América, apelaron a argumentos de ese tipo para justificar la política expansionista de la OTAN y la guerra Ucrania-Rusia. Con ayuda de los medios de manipulación de masas tuvieron éxito en presentar a Putin y los rusos como los “invasores de oriente” que amenazan el “jardincito europeo”. Siendo la realidad de que quien se expandía, hacia el este, era la OTAN.
Por cierto, “jardincito europeo” construido a costa del expolio natural y humano de África, Asia y América Latina. Ética y políticamente cabe la pregunta: ¿Es correcto que los europeos tengan un jardín mientras sus empresas ayudan a convertir al resto del mundo en un desierto estéril y en pantanos de carne y sangre humana?
Con ese acto de magia, apelando al miedo hacia el “ogro de oriente” (Putin – Rusia) mucha gente, incluso de la supuesta izquierda radical europea, pasó a defender la política de la OTAN y el aumento de los presupuestos militares sacrificando derechos sociales, igual que en 1914 hicieron los socialdemócratas de cada país europeo apoyando a sus burguesías nacionales.
La manipulación occidental, por supuesto, no convierte al gobierno ruso en referente opuesto, ni en antorcha de la libertad y la democracia, pero esa verdad es igual para los políticos de Europa occidental que sólo son más hipócritas que Putin.
Manipulando el temor y el odio hacia los musulmanes, árabes, africanos, sudacas, chicanos y chinos. Ese temor-odio es manipulado por las fuerzas de la extrema derecha neofascista para que grandes segmentos de la población europea y norteamericano apoyen sus políticas antiinmigración, y el no reconocimiento de derechos humanos elementales a la población migrante.
Es el mismo mecanismo que explica cómo es posible que los gobiernos “democráticos” de la Unión Europea apoyen militar y políticamente a los fascistas judíos de Israel en su genocidio descarado contra el pueblo palestino. Con el cuento del “antisemitismo”, el gobierno laborista inglés y socialdemócrata alemán, prohíben toda representación de Palestina, sabiendo que ésta sí es semita, mientras que los asquenazis judíos no lo son.
Pero lo más novedoso de los años recientes, encarnados por Donald Trump y la internacional neofascita que lo acompaña, es que la decadencia y declive de la civilización capitalista “occidental” está siendo acompañada de una proporcional decadencia moral. Trump y su séquito en todos los países, renuncian a disfrazar sus objetivos rapaces y no tienen empacho en justificar sus actos meramente porque pueden, porque son los más fuertes y hay que someterse a su voluntad.
El “derecho internacional” ha desaparecido, el realismo político impone que Estados Unidos cerque a Cuba y asfixie a su población; que secuestre a un presidente legítimo, como Nicolás Maduro, en Venezuela, para saquear su petróleo; que se asesine con ayuda del estado fascista de Israel a la cúpula gobernante de otro estado, como Irán. Desaparecieron principios del derecho moderno, como “la presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario en un juicio”. Trump asesina gente en el Caribe con el argumento de que montan “narcolanchas”, su discípulo Bukele, mete presos a miles de jóvenes sin juicio y sin pruebas, alegando que son “mareros”.
Al margen de tratados y el derecho marítimo Trump ordena que los barcos de su armada pasen el Canal de Panamá sin pagar peaje y el gobierno servil panameño impone esa factura a su propio pueblo. El Calígula del siglo XXI, dice que quiere sumar a Canadá como estado 51, y a Groenlandia, sin importarle que opine la gente esos países, y si no lo ha hecho todavía es porque no ha podido.
Lo peor de todo esto, es que mucha gente apoya estos actos. Y lo apoyan porque, al igual que el fascismo de los años 20 y 30 del siglo pasado, la crisis social y política del decadente sistema capitalista, produce una masiva sensación de incertidumbre e inseguridad en las personas. Esa incertidumbre produce miedo y rabia, ambos nublan la razón. Como en los tiempos de caza de brujas, la población está dispuesto a chamuscar en la hoguera al primero que señalen sin pruebas.
Son tiempos difíciles. Pero quienes defendemos un futuro libre, democrático, igualitario y socialista para la humanidad, no podemos desmayar, porque más temprano que tarde venceremos. Busquemos inspiración en quienes lucharon contra la esclavitud, quienes lucharon por la igualdad de género y contra toda forma de discriminación, los que resistieron y finalmente derrotaron al fascismo de Hitler y Mussolini. Venceremos con una moral humanista y socialista a la pútrida decadencia moral del capitalismo.