Panamá

Por Olmedo Beluche

Dos hechos marcaron la vida de Marco A. Gandásegui, hijo. Dos hechos que determinaron su vida personal, su compromiso militante y su obra académica. El primero fue un acontecimiento que remeció a la juventud latinoamericana y caribeña de los años sesenta: la Revolución Cubana. El segundo, marco la historia de Panamá partiéndola en un antes y un después: la revolución popular antiimperialista del 9 de Enero de 1964.

La Revolución Cubana hizo parte de la ola mundial de movimientos de liberación nacional por la cual, los países que habían sido colonias controladas por los estados imperialistas de Europa lograron romper las cadenas que les sometían y proclamarse estados independientes. Recordemos que durante la segunda parte del siglo XIX y comienzos del siglo XX, el sistema capitalista de libre competencia se transformó en capitalismo monopólico imperialista.

Inglaterra y Francia principalmente se repartieron el mundo para controlar tanto sus materias primas como sus mercados. África, Asia, Medio Oriente fueron presa de la voracidad imperialista. En América, Estados Unidos hizo lo propio luego de la guerra de 1898 contra España a la que le arrebató Cuba, Puerto Rico y las Filipinas. Panamá fue víctima de ese proceso en 1903, cuando Teodoro Roosevelt se apoderó del Istmo para construir el canal. “I took Panama”, dijo.

Pero la Segunda Guerra Mundial (1940 – 1945) cambió todo esto llevando a la crisis los estados imperialistas e iniciando la independencia del sistema colonial.

Una época de grandes procesos políticos

Esa ola revolucionaria, si se puede señalar un inicio, comenzó con la victoria de la Batalla de Stalingrado, cuando el pueblo ruso derrotó al ejército fascista alemán por primera vez, en el invierno boreal de 1943. Justamente, ese es el año del nacimiento de Marco A. Gandásegui, hijo.

El triunfo soviético en Stalingrado, aunque pagando un alto precio en vidas, inició un avance revolucionario que solo se detuvo hasta llegar al centro de Berlín, en la primavera de 1945, aplastando por completo al régimen de Adolfo Hitler y, en consecuencia, permitió la derrota del fascismo en Italia como en todos lados. La victoria de la Unión Soviética sobre el fascismo alemán, los intentos de tomar el poder por parte de partisanos comunistas, que fueron la vanguardia de la “resistencia”, en Francia, Italia o Grecia, la conformación de la Yugoslavia socialista del mariscal Tito influyeron sobre el mundo occidental de la postguerra.

Los acuerdos de Yalta y Postdam, con los que Stalin, Roosevelt y Churchill se repartieron el mundo en áreas de influencia, impidieron que la victoria antifascista se convirtiera drivara hacia revoluciones socialistas en los países de Europa occidental, pero el impulso revolucionario dio paso victorias democráticas y sociales como el modelo de estado benefactor, el surgimiento de las Naciones Unidas y su Declaración Universal de los Derechos Humanos.

La grandeza de aquellos acontecimientos inspiró la confianza en que era posible alcanzar la utopía socialista, la liberación de cualquier forma de explotación y opresión social y nacional. La Revolución China (1949), la independencia de la India (1947), y de Vietnam (1946), extendieron la marea revolucionaria por Asia, el Medio Oriente y África. El heroísmo en la lucha por la independencia de Argelia y el Congo movilizaron la conciencia y la solidaridad en todos lados.

América Latina no escapó a estos grandes procesos políticos. Los regímenes populistas de Juan D. Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, Lázaro Cárdenas en México y Jacobo Arbenz en Guatemala marcaron la historia del continente durante las décadas de 1930 a 1960. Ellos dirigieron la modernización de sus estados con importantes reformas sociales que les granjearon apoyo obrero y popular, e impulsaron políticas de independencia política y económica cuyo centro fueron las nacionalizaciones de los recursos naturales.

Procesos similares se empezaron a gestar en otros países de la región, pero fueron frustrados por golpes de estado y salvajes represiones por parte de las oligarquías tradicionales, apoyadas en las fuerzas armadas y por los Estados Unidos. Dos ejemplos de procesos de este tipo fueron el fenómeno político de Arnulfo Arias, en Panamá, y el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en Colombia, hecho trágico éste que daría paso a una prolongada guerra civil. Justamente este magnicidio se produjo en momentos en que (1948) un joven cubano, Fidel Castro R., se encontraba en Bogotá asistiendo a un congreso estudiantil.

Este es el marco internacional, “el espíritu de la época”, en que se produjeron los acontecimientos en Cuba, tanto el Asalto al Cuartel Moncada (1953) como el triunfo de la Revolución (1959), cuyo protagonista central fue Fidel Castro. La Revolución Cubana fue un parteaguas de la historia, particularmente en Latinoamérica y el Caribe. El alzamiento armado que derrocó a la sangrienta dictadura de Fulgencio Batista, dirigida por un puñado de jóvenes organizados en el Movimiento 26 de Julio, a su vez inspiró a la juventud de esa generación. Panamá no escapó a esa influencia, de la que el alzamiento de Cerro Tute fue el más claro ejemplo.

A partir de 1958 se produce en Panamá un movimiento sostenido de la juventud y los estudiantes que van a protagonizar la lucha que conmovieron al país, tanto en el aspecto antimilitarista y democrático, como en la lucha por la liberación nacional contra la presencia militar norteamericana en la Zona del Canal de Panamá. Respecto a la reivindicación de la soberanía panameña sobre el canal, también impactó en la conciencia popular la nacionalización del Canal de Suez por el presidente Gamal A. Nasser de Egipto en 1955.

Ambos acontecimientos, en Cuba y Egipto, influyeron sobre la juventud panameña que valientemente acudió a reclamar el final del enclave colonial de la “zona” y de la administración norteamericana del canal, plantando su bandera nacional, pese a los disparos del ejército norteamericano, el 9 de Enero de 1964. Acontecimiento que a su vez se constituyó en el parteaguas de la historia nacional. La generación de Marco Gandásegui, hijo, se hizo radicalmente comprometida en la lucha contra el enclave colonial y por la soberanía.

Esta es la época en que el joven Marco Antonio Gandásegui, hijo, le tocó madurar. Perteneció a esa juventud cuyos actos eran movidos por la convicción de que las revoluciones políticas y sociales podían vencer, y que era posible alcanzar la utopía de un mundo sin explotación ni opresión en el transcurso de sus vidas. Esos principios, esas emociones y esos razonamientos inspiraron su vida política y su producción académica.

Su obra intelectual y su militancia política están cruzados transversalmente por este problema que era “el gran problema” de la nación panameña, el final del enclave colonial, alcanzando la plena soberanía nacional con el final del Tratado Hay Bunau Varilla y sus consecuencias. Las luchas sociales y políticas panameñas estaban atravesadas por ese objetivo. De ahí que tanto el Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA), como la revista Tareas, dirigidos por Marco Gandásegui y Ricaurte Soler, hicieron de esa lucha intelectual y militante su norte.

Chile de 1960 – 1970, un hervidero revolucionario

 Es conocida la anécdota de que, a fines de la década de 1950, sin haber cumplido aún los 20 años, Marco Gandásegui fue a vivir a Buenos Aires, Argentina, por una asignación laboral de su padre, y que recién graduado de secundaria se matriculó en la facultad de derecho, pero que no le gustaban ni el ambiente ni los estudios. Hasta que en una visita casual de su prima, la Dra. Carmen Miró, que dirigía el Centro Latinoamericano de Demografía (CELADE), le propuso al joven Marco acompañarla e ir a estudiar a Santiago de Chile.

En esas circunstancias llegó a la Universidad de Chile, matriculándose en la carrera de periodismo, como su padre, por el cual él sentía profundo respeto y admiración. Por esa razón siempre utilizó el apelativo “hijo” junto a su nombre, haciéndole honor a su progenitor.

El Chile al que llegó Gandásegui era un hervidero revolucionario. El movimiento obrero chileno era fuerte tanto organizativa como políticamente. Los partidos socialista y comunista gozaban de un fuerte apoyo electoral. A ellos se sumó en la década de 1960 una nueva izquierda revolucionaria de clara influencia guevarista y castrista, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). La figura que destacaba en la izquierda, y que llegaría a ser presidente era el senador Salvador Allende.

En esos tiempos el ala más progresiva de la burguesía liberal era la Democracia Cristiana que disputaba con la izquierda la hegemonía política en favor de un proyecto nacional más equitativo. Su dirigente histórico fue Eduardo Frei Montalva. Incluso en esa década la radicalización política produjo una ruptura por la izquierda de la Democracia Cristiana que se llamó Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), que al final iba a converger con la izquierda liderada por Allende en el frente denominado Unidad Popular, que llegaría al poder en 1970.

En menos de diez años, en los que Gandásegui vivió en Chile, el gobierno del país pasó de las manos de un conservador hijo de la oligarquía como Jorge Alessandri, a un demócrata cristiano como Eduardo Frei M., hasta llegar al socialista Salvador Allende. Hecho que grafica el proceso de radicalización política de la sociedad chilena.

Toda esa década fue de gran agitación política y social en Chile. Marco Gandásegui, hijo, la vivió no de manera contemplativa sino activa. Uno de esos eventos decisivos en su vida fue la lucha de la escuela de periodismo contra la ley mordaza del gobierno derechista de Jorge Alessandri (1963).

 Gandásegui llegó a ser presidente del centro de estudiantes de periodismo durante dos años. Allí nació su compromiso político y su vocación por la sociología, la que empezó a estudiar paralelamente a que terminaba su licenciatura en periodismo.

La Revolución Cubana, la Teoría de la Dependencia y Gandásegui

Todos los procesos sociales requieren una interpretación nueva, a la vez que ponen en cuestión los viejos esquemas analíticos. La Revolución Cubana echó por tierra tanto la vieja teoría de la “revolución por etapas” de los partidos comunistas pro-soviéticos (stalinistas), como la llamada “teoría desarrollista” de la CEPAL.

Los hechos en la isla de Cuba parecían demostrar que Trotsky había tenido razón al decir que las burguesías de los países semicoloniales no eran capaces de enfrentar al imperialismo, porque habían perdido el carácter revolucionario que tuvieron en el siglo XIX, y que le tocaba a la clase trabajadora liderizar una revolución permanente que combinara las etapas democráticas (reforma agraria, independencia nacional, etc.) con elementos socialistas (nacionalización de la gran industria).

Por otro lado, se hizo añicos la ilusión construida desde la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) por Raúl Prebisch, de que, con proteccionismo, fomento del mercado interno y la industrialización llegarían los países semicoloniales al “desarrollo” y la independencia económica y política nacional.

La revolución cubana puso de manifiesto que el control del imperialismo, en este caso norteamericano, no permitirían de manera pacífica, ni la independencia política, ni la autonomía económica de nuestros países y que, pese a la industrialización sustitutiva que había iniciado a mitad de siglo seguíamos siendo países “dependientes”.

La lógica de este análisis fue elaborada por un conjunto de economistas marxistas de la Universidad Federal de Minas Gerais, Brasil. Entre ellos destacaron Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra, Ruy Mauro Marini, entre otros. Este grupo se vio obligado a emigrar a Chile luego del golpe militar brasileño de 1964. En Santiago crearon el Centro de Estudios Socioeconómicos (CESO) de la Universidad de Chile.

Marco Gandásegui, hijo, a la vez que se fue haciendo sociólogo a mitad de los años sesenta, haciendo su maestría en sociología en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) de Chile (1970), también adoptó para sí el método de análisis de la Teoría de la Dependencia, llegando a tener muy buenas relaciones personales con Bambirra y Dos Santos, cuyo exilio tras el golpe militar de 1973 estuvo relacionado con Panamá, y con uno de los últimos representantes de esta escuela, Claudio Katz.

No es casualidad que en el último gran evento académico internacional del que participó Marco Gandásegui, hijo, en 2018, la Octava Conferencia Latinoamericana de CLACSO, participo en el foro titulado “Cuba en revolución a 60 años”, y presentó el libro de Claudio Katz “La teoría de la dependencia. 50 años después”.

Una vida entre la academia comprometida y la militancia de izquierdas

Si alguna lección deja a las actuales y futuras generaciones de cientistas sociales de Panamá la vida de Gandásegui, es que la academia no puede estar divorciada del compromiso social. Al profesor Marco, como le llamaban algunos de sus discípulos, éticamente le era imposible aceptar a quienes pretendían mirar desde lejos los “hechos sociales” sin tomar partido, y mucho menos aquellos que pretenden colocarse al servicio del poder político y económico.

Siempre tomó partido por los oprimidos, los pobres, los desvalidos, los explotados. Su compromiso siempre fue el trabajar desde la sociología por un mundo sin explotación, con equidad social y justicia. Nunca coqueteó con el poder para alcanzar posiciones destacadas ni en la Universidad de Panamá, ni fuera de ella.

Como fundador de instituciones académicas de gran prestigio, como el Departamento y la Escuela de Sociología de la Universidad de Panamá, así como el Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA), “Justo Arosemena”, utilizó esos entes para que estuvieran al servicio de una reflexión crítica con la realidad nacional e internacional.

Marco A. Gandásegui, hijo, fue militante activo y destacado de movimientos sociales y políticos de izquierda: desde la campaña electoral del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), que en 1984 postuló a la Presidencia de la República al médico José Renán Esquivel y a Carmen Miró, como vicepresidenta; hasta llegar a las elecciones de 2014, en la campaña de apoyo a la candidatura presidencial del profesor Juan Jované, con el Movimiento Independiente de Refundación Nacional (MIREN).

Es destacable el papel decisivo jugado por el Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA), tanto en la crisis política previa (buscando una alternativa independiente tanto del régimen militar como de la Cruzada Civilista), como con posterioridad a la invasión del 20 de Diciembre de 1989. Marco convirtió al CELA en un bastión de intelectuales y activistas que organizaban eventos, publicaban y participaban en movilizaciones repudiando la ocupación norteamericana.

Tuvo un papel destacado en el repudio popular a la base militar norteamericana disfrazada de Centro Multilateral Antidrogas (CMA), en 1998-1999, y contra el proyecto del tercer juego de esclusas en 2007, haciendo parte del Movimiento Panamá Soberna (MPS). Cuando en 2007 se organizó el embrión de lo que después sería el Partido Alternativa Popular (PAP) en formación, Gandásegui, aunque no se afilió, siempre lo apoyó.

Su última batalla política la hizo en 2020, a poco de su fallecimiento, denunciando los criterios antipopulares con que el gobierno de Laurentino Cortizo pretendía combatir la pandemia de la COVID-19. Frente a la gestión de salud pública verticalista y antidemocrática del gobierno, Gandásegui propuso el modelo de gestión que había ejecutado José Renán Esquivel cuando fue ministro de Salud, a inicios de los años 70, durante la fase más progresiva del régimen del general Omar Torrijos. El modelo de salud que defendió Gandásegui fueron los Comités de Salud comunitarios con participación de los habitantes de los barrios y pueblos, los cuales habían tenido mucho éxito en el combate a las enfermedades y en la educación pública en salud.

El 24 de abril de 2020 se detuvo la vida de Marco Antonio Gandásegui, hijo. Pero su legado perdura en el tiempo. Queda su obra escrita, imprescindible para conocer lo que ha sido y lo que es la nación panameña, así como el mundo de la globalización neoliberal que perdura en el siglo XXI. Queda su ética, en la que nos enseña que la ciencia social debe estar al servicio de un mundo basado en la justicia social y democrática. Queda su obra política, como compromiso en la construcción de un proyecto popular nacional.