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Por Rodolfo González

Uno de los aspectos narrativos más importantes en que el liberalismo observó la era de las revoluciones fue que estos fueron el resultado de un progreso iniciado por la revolución francesa y sus ideas de libertad y progreso. La asociación entre ideas republicanas francesas y las independencias se mantuvo, y se mantiene, presente en la explicación de las independencias americanas. Como una suerte de ondas en el agua o como una genealogía política de revoluciones se interpretó la evolución de los acontecimientos históricos. Tal perspectiva permeó todo el espectro político de la derecha a la izquierda. ¿Porqué? Debido al paradigma del progreso, es decir, la idea general de que lo revolucionario estaba asociado al progreso, bien fuese algo tecnológico, social, etc. ¿De dónde y cómo surgió ese relato? A riesgo de equivocarme podría ser sin duda por el prestigio político y cultural que tuvo Francia en el mundo liberal americano ¿Cuántas historias conocemos de escritores que fueron a estudiar a Francia? Digo, Darío o Asturias no eran la excepción. Es que era chilero decir “somos el progreso, somos la libertad, hablamos francés y todos venimos de las revoluciones liberales que empezaron en 1789”, o algo así.

Ahora bien, la recepción de las noticias e ideas revolucionarias francesas llegaron a los territorios americanos, la influencia de estas y, las del liberalismo británico, no fueron tan decisivas en el curso de los acontecimientos. Eso fue más bien mérito de los jóvenes Estados Unidos. Evidenciar esa influencia solo se hizo evidente con la revisión de trabajos conforme se acercó el bicentenario de la independencia de los Estados Unidos en la década de 1970. Destacar la incidencia de las ideas, leyes y de la guerra de independencia en el Caribe, empezó por los historiadores norteamericanos que estudiaban Latinoamérica y los españoles americanistas.

Esta perspectiva de influencia intercontinental de ideas era evidente para la academia mexicana debido al rol fundamental que ejercieron las ciudades portuarias como Baltimore, Filadelfia, Nueva York y Nueva Orleans como nodos de interacción e intercambio de mercancías e ideas. De hecho, gracias a los permisos de negociar con naciones neutrales durante las guerras napoleónicas, los territorios americanos comerciaron activamente con Estados Unidos como intermediario en el Caribe, o con las embarcaciones pesqueras y balleneras en el Cono Sur y el Océano Pacífico (¿Se acuerdan donde sucedió la historia que inspiró el relato de Moby Dick?), así como lo han señalado los trabajos de Carlos Marichal, Mario Trujillo Bolio y Cristina Mazzeo, entre otros.

Para la historia, eso ensanchó los horizontes interpretativos. No solo se trataba de una relación colonial francoanglosajona en la historia de América, era un proceso continental. Quizá uno de los trabajos que planteó varias situaciones clave para entender ello, específicamente para las independencias, fue Peggy K. Liss y su “Los imperios transatlánticos”. Ese fue una mirada bastante comprehensiva sobre la interacción de los procesos políticos del mundo atlántico y como se vincularon con los hispanoamericanos La diferencia sustancial de esta interpretación, fue que la autora observó que el espacio americano no solo fue un receptor pasivo de los acontecimientos europeos o como un reflejo de la revolución francesa. Los actores americanos (anglos, hispanos y portugueses) dejaron una huella importante en las revoluciones atlánticas, desde las guerras coloniales (peleadas sobre todo por americanos) a las guerras de independencia. La única ausencia notable en buena parte de las historias atlánticas fue reconocer la existencia de un Atlántico Negro. Eso no es cosa menor, porque lo mismo fluían ideas y armas, entre América y África. Aunque, el comercio triangular del comercio de esclavos/diáspora africana, fue esencial, también lo fueron las ideas y modelos políticos. No nos olvidemos de Haití y como influyó su independencia en la crisis francesa que les hizo vender Lousiana a Estados Unidos, la proliferación del miedo y la rebelión en Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico y Nueva Granada, el estallido de la mayor rebelión esclava en Estados Unidos en Nueva Orleans en 1811, la prohibición de la esclavitud en territorios hispanos en la independencia y la invención del estado de Liberia con el auspicio de Estados Unidos.

Pero lo que más pesó en las discusiones sobre el atlántico fue el liberalismo y el constitucionalismo. Los primeros en plantearlo para el caso centroamericanos fueron Jorge Mario García Laguardia y Mario Rodríguez. Ambos destacaron la influencia de la Constitución de Cádiz en la historia política centroamericana entre 1808-1826 y como moldeó su experiencia política. No sería exagerado plantear, que se trató de una revolución constitucional que dejó huella en toda la población del antiguo reino de Guatemala.

En los años noventa se dedicó más análisis a esta coyuntura. Ello respondió, en parte, a que los debates académicos transitaron de la organización social y el paradigma revolucionario a la reflexión sobre la democracia y la participación ciudadana. Desde ese momento los principales referentes fueron los trabajos Francois Xavier-Guerra, Annick Lemperiere y Antonio Annino que agarraron a México como estudio de caso. Xavier-Guerra, en especial, destacó al liberalismo español como un horizonte compartido por las elites que protagonizaron la política estatal de inicios del siglo XIX en ambos lados del Atlántico.

Para no hacerles muy largo o pesado el texto, les dejaré cuatro trabajos que les servirán para profundizar un horizonte más general de esa historiografía (1), los pormenores de la época gaditana para Guatemala (2) y sobre la cultura política a propósito del ejercicio de la ciudadanía, los derechos sociales (3) y el derecho a la rebelión (4).

¿Para qué sirve tener presente todo lo anterior? Cuando desapareció la figura legítima del rey en la Monarquía hispana, se creó un vacío político que se llenó con la idea del pactismo. En teoría, el rey garantizaba la unidad del cuerpo social y en su ausencia, las partes, las corporaciones (ayuntamientos, iglesia, consulados de comercio) tenían la potestad de decidir qué hacer porque eran garantes de la legitimidad. Así, que se decidió, mientras se enfrentaban a Napoleón, convocar a los representantes de la monarquía y crear una Constitución.

Un documento así era revolucionario por lo que cambió: el lenguaje y el significado de las palabras (ciudadano no solo era el vecino de un lugar, sino alguien con derechos políticos), la ciudadanía (se legisló en principio para que todos fuesen iguales, lo que implicó que indios eran iguales a criollos, criollos a peninsulares y peninsulares a mulatos), la forma de elegir y ser electo (apoyándose en los sistemas parroquiales para decidir en cuerpo representantes que, a su vez, elegían otros representantes para ocupar nuevos aparatos políticos que separaban los poderes ejecutivo, judicial y legislativo), legitimidad (el simbolismo y legitimidad política expresada de forma pública en juras a la constitución y no necesariamente al rey), entre otras cosas.

La experiencia gaditana creó una auténtica escuela política. Hubo más ingresos a estudiar en la universidad desde 1808 que los tres decenios anteriores. La abolición del tributo y el trabajo personal, impactó en la movilización indígena que, junto a la conciencia de que se podía crear un gobierno legítimo constitucional dentro de la monarquía, generó dos ciclos soberanos de Totonicapán en 1813 y 1820. Se radicalizaron los sectores populares mestizos y mulatos, ya que podían acceder a cargos públicos sin la “mancha” de su origen de casta y tener más derechos para evadir y rechazar las cargas fiscales. Ese motivo, de hecho, estuvo en el fondo de las movilizaciones de elites y grupos populares de San Salvador, Tegucigalpa, León y Granada entre 1811 y 1812. Asimismo, la proliferación de documentos escritos como El Amigo de la Patria y el Editor Constitucional, dando puntos de vista opuesto y confluyentes sobre varios temas, estimuló el debate político de la época, al igual que las tertulias políticas donde hombres y mujeres participaban de la élite participaban abiertamente, y los sermones que se dialogaban o rechazaban abiertamente el nuevo paradigma político. El mismo peso tenían las representaciones artísticas como obras de teatro, poesías y procesiones facetas efímeras, pero no menos políticas.

El paradigma político dejó de tener fuerza hacia 1826, bien entrada la etapa independiente y con el advenimiento de las guerras federales. El amplio abanico de la noción de ciudadanía igualitaria se fue estrechando paulatinamente solo dejando con legitimidad a aquellos vecinos de buena reputación, de oficio reconocido e ingreso seguro. Lo irónico, es que pese a eso la la participación política no. La participación electiva de individuos para ocupar cargos de gobierno mantuvo el horizonte de la existencia de derechos sociales, gracias también a la continuidad de formas políticas usadas desde abajo desde la época monárquica como la petición, rogativas y solicitud de clemencia. Si eso no fuera suficiente, si los resultados de las elecciones no eran satisfactorios (recordemos que la elección es un medio de resolución política y no un fin en sí mismo) no era casual que hubiera levantamientos armados para impugnar los resultados, lo cual fue recurrente en Nicaragua y Honduras. No menos importante, en ese sentido, fue que la retórica constitucionalista se mantuvo presente en el rechazo a la tiranía, según la retórica del apego a las leyes y la defensa de los derechos ciudadanos, algo bien presente hasta las revoluciones liberales de finales del siglo XIX.

En fin, tanto el contexto atlántico de una cultura compartida como de la revolución gaditana abre mucho la perspectiva de lectura de la era de las revoluciones. Sn embargo, hay un problema. Si bien Xavier-Guerra, su mejor exponente, dejó bien claras las condiciones de unidad de América con la Península como un mismo proceso, no explicó las razones del rompimiento político independentista. Para observar ello, es necesario leer las cosas desde el ángulo propiamente de las guerras civiles y revoluciones armadas.

  1. https://revistas.ucr.ac.cr/index.php/intercambio/article/view/48878/48689
  2. http://www.historiaconstitucional.com/index.php/historiaconstitucional/article/view/770/178178372
  3. https://revistas.ucr.ac.cr/index.php/dialogos/article/view/47030/48535
  4. https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2558489.pdf