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Jhonn Reed (1887-1920)

 

Por Raul Lescas

 

1.-John Reed en México:

 

Estimado y honorable señor: Si se atreve a poner un pie en Ojinaga, lo voy a mandar al paredón y con mi propia mano tendré el placer de llenarle de agujeros la espalda. General Mercado.

 

Juanito Reed festejaría sus 33 años cuando lo sorprendió la muerte 5 días antes. Había nacido en Portland, Oregón, Estados Unidos de América, pero la muerte lo buscó hasta Moscú, en la naciente Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (la extinta URSS). Louise Bryant, también era periodista y, también, comunista como John Reed; lo vio morir después de haberlo amado tanto que motivó una buena película intitulada Reds o Rojos en español. Louise, con escasos 31 años de vida, viajó hasta Moscú, sabiendo que no podría volver a San Francisco, California, porque los gringos odiaban más a los bolcheviques rusos que a los presagios de un crack financiero, mismo que estalló 7 años después de la muerte de mi periodista comunista preferido.

Juanito Reed fue enterrado en la Necrópolis de la Muralla del Kremlin, Plaza Roja de Moscú, el único comunista americano que estuvo enterrado junto a Lenin y, al único periodista comunista, que el líder de los bolcheviques le dedicó un prólogo al extraordinario libro de Reed: Diez días que conmovieron el mundo. En cambio, Louise Bryant, escogió morir en Francia y, está enterrada en el Cementerio de Gonards, Versalles. Reed no tuvo descendencia (lo cual lamento), pero Louise, se volvió a casar con Paul Trullinger y, tuvo una hija: Anne Moen Bullitt. Para colmo de los gringos, Louise además de comunista era furibunda feminista, en tiempos que el feminismo no estaba extendido como ahora. Al igual que su pareja: eran radicales, tanto que se fueron de los Estados Unidos para apoyar la Revolución Comunista en la lejana ex Rusia de los zares. Reed y Bryan se codearon con Lenin, Trotsky, Bujarin y, por supuesto, la feminista bolchevique, Aleksandra “Shura” Mijáilovna Kolontái. Por su parte, Reed se codeó con mi general Villa, Francisco Villa, mejor conocido como Pancho Villa.

Ambos, John y Louise, escribieron sobre la Revolución de Octubre de 1917 (en realidad fue en Noviembre, el 7 para ser precisos): Reed estremeció al mundo con su relato de aquellas jornadas que conmovieron al planeta y, Louise nos legó Six Red Months in Russia: An Observer's Account of Russia Before y During the Proletarian Dictatorship.

Así que los bolcheviques tuvieron en sus filas dos yanquis como admiradores: una californiana y otro portlandiano, ambos famosos periodistas y, para colmo del Tío Sam: comunistas en tiempos que ser comunistas es como ahora, infectados por el virus COVID 19.

Años antes, hacia 1911, Reed cruzó la frontera norte de los Estados Unidos de América y los Estados Unidos Mexicanos para reportear la Revolución Mexicana y, entrevistar al general Mercado y, luego al mismísimo general Francisco Villa, mejor conocido como Pancho Villa. Solicitó una entrevista al general Mercado y, este le respondió así: “Estimado y honorable señor: Si se atreve a poner un pie en Ojinaga [Chihuahua], lo voy a mandar al paredón y con mi propia mano tendré el placer de llenarle de agujeros la espalda. […] General Mercado.”.

 

2.- Juanito Reed y Las Masas (The Masses)

 

Hay una guerra en Paterson.

Pero es un curioso tipo de guerra.

Toda la violencia es obra de un bando: los dueños de las fábricas.

Estos controlan la policía, la prensa y los juzgados…

John Reed. The Masses.

 

No era un periodista con suerte Juanito Reed: construía su suerte. ¿Qué periodista yanqui conocen que tuvo la suerte de bailar con las dos más hermosas mujeres de principios del siglo XX? Yo solamente conozco uno: John Reed. Bailó con la mexicana que le decía: Tierra y libertad y, una rusa, le murmuró: Pan, paz y tierra.

El mismo Juanito Reed se entrevistó con Pancho Villa, jefe de la poderosa División del Norte en la Revolución Mexicana de 1910 (yo sospecho que empezó en el mineral de Cananea en 1906) y, a los mismísimos Lenin y Trotsky, líderes indiscutibles de la Revolución de Octubre de 1917 (sostengo que esa Revolución Soviética inició el 8 de marzo de 1917 en San Petersburgo). También afirmo que no se le debe llamar “Revolución Bolchevique” (H. Carr) ni “Rusa” (Trotsky), sino Soviética, porque fueron los consejos obreros, de campesinos y soldados los que hicieron la revolución, bajo la dirección del Partido Bolchevique, que en realidad se llamaba: Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR). Por eso León Trotsky dijo sobre John Reed “nos ha dejado un libro inmortal sobre la revolución de Octubre” (Diez días que conmovieron el mundo).

¿Y qué es una revolución? La irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos” (Trotsky. TI:15).

Bohemio rojo

22 de octubre de 1887. Jack, como le decían sus cuates, nació en una cuna privilegiada, en el seno de una familia pudiente y de ideas liberales o conservadores según el caso de Portland (Oregon) al noroeste de la Unión Americana. Entonces, la tierra del puerto era un pequeño pueblo bañado por los ríos Columbia, Willamette y Multnomah Falls, con un nevado jamás dejaba de mirar: Hood, el monte y la Cordillera de las Cascadas (Cascade Range), que son parte inseparable de las montañas Rocosas. El pueblo originario Chinook por ahí habitaron antes de que sus “descubridores” Lewis y Clark pisaran esas tierras en 1805, durante la “conquista del oeste”. Los colonos americanos, canadienses y británicos le llamaban “The Clearing” (La limpieza), quizá porque se asentaba a lo largo de la orilla oeste del río Willamette y fue utilizado por los viajeros y exploradores como lugar de paso rumbo al Fuerte de Vancouver. En 1819, la corona española cedió Oregón a los Estados Unidos, mediante el Tratado Adams-Onís, de célebre memoria por generar tantos conflictos de límites territoriales, especialmente con la Nueva España, luego con México.

En la tradición del lugar, se cuenta por los ancianos que dos comerciantes de Maine, Francisco Pettygrove y el abogado de Massachusetts, Asa Lovejoy, se jugaron un “volado” para definir el nombre del paradero: la moneda de cobre “The Portland Penny”, ahora se exhibe en el Museo de la Sociedad Histórica de Oregón. También se cuenta que, en 1843, William Overton compró más de 2 km² en 25 centavos a su socio Asa Lovejoy de Boston, Massachusetts.

Catorce años antes del nacimiento de Juanito, se produjo el traumático incendio del pueblo (agosto de 1873) que destruyó 20 bloques (cuadras) causando enormes daños, pero el puerto se convirtió en famoso por las parrandas de los marineros y, luego por ser un lugar de trata de blancas y esclavos (sí saben, verdad, que los gringos fueron horrendos esclavistas). El tren fue la novedad a fines del siglo XIX, mientras se conservaba el hoy Washington Park. En ese ambiente vivió sus primeros años, el futuro periodista comunista más famosos del planeta: Portland tenía más de 17 mil habitantes cuando nación Juanito; un tren de vapor, un hotel en una cabaña y el periódico, El Semanal de Oregón.

Un año después del nacimiento de Jack o Juanito, su pueblito fue apodado como la “Ciudad de las Rosas” por integrantes de la Iglesia Episcopal. Después de la célebre Exposición de Lewis y Clark el apodo se popularizó y, hoy en día el “Festival de las Rosas” es una fiesta anual célebre en esos lares.

Tiempo después, en 1906, Reed se trasladó hasta la costa este, para matricularse en una universidad privada, en la ciudad de Cambridge, estado de Massachusetts, misma que fue fundada en 1636. Ahí se graduó en 1910, en la Universidad de Harvard, donde su mentor literario fue el profesor Copey (Charles Townsend Copeland, poeta y escritor). Era, Juanito, definitivamente muy bohemio de Greenwich Village (como debe ser) y, polémico miembro del Cosmopolitan Club, por invitación del periodista y editor Lincoln Steffens. Tras su evolución al marxismo, del Socialist Club al Partido Comunista de la Коммунистический интернационал (Internacional Comunista o Komitern o Коминтерн), fundada en Moscú el de 2 de marzo de 1919. Taibo II lo llamó “chico terrible, bromista, deportista y periodista de la época”, el joven de la “Bohemia Roja”.

El Cosmopolitan era un club privado, inicialmente “sólo para mujeres” y fundado en 1906; era exquisito y selecto al este de Manhattan, de la ciudad de New York (122 East 66th Street, entre Park and Lexington Avenues) y, por ahí bohemiaron: Willa Cather, Ellen Glasgow, Eleanor Roosevelt, Jean Stafford, Helen Hayes, Pearl Buck, Marian Anderson, Margaret Mead y Abby Aldrich Rockefeller. La poeta Amy Lawrence Lowell, era de la corriente imagism “estética del imagismo”, hermana del astrónomo Percival Lowell, que se murió convencido de que existía Plutón en el lejano Sistema Solar; también familiar de Abbott Lawrence Lowell, presidente de la Universidad de Harvard.  Amy recibió, en 1926, el Premio Pulitzer de poesía a título póstumo. La misma poeta que recitó:

Sobre las hojas de arce

relumbra rojo el rocío,

pero sobre las flores de loto

tiene la clara transparencia de las lágrimas.

 

Una década después, el Club tenía más de 600 afiliados y, en el invierno de 1917, Pablo Picasso se presentó con una exposición. Varias poetas recitaron algunos versos: Amy Lowell, Vachel Lindsay y Siegfried Sassoon. María Montessori, pasó por ahí para tomarse un cafecito. John Reed, por su parte, solo bohemiaba con gente de su alcurnia y lo nombraba Cos Club. O sea: de Cos-bohemio a bohemio rojo. Señaló Paco Taibo desde New York en su reportaje sobre “Reed. El insurgente” que fue capturado por la magia del periodismo, las luchas obreras y, el arte de narrar los acontecimientos in situ: la huelga de Paterson, la revolución mexicana y soviética, así como la Primera Guerra Mundial no se escaparon de su formidable y talentosa mano que mueve la pluma. Los debates de los activistas, socialistas, liberales, periodistas y bohemios de la época seguían en una casa de la calle Mac Douglas (número 137), al lado del restaurante Poli, donde frecuentó ese espacio, John Reed.

En cambio, el club de los socialistas universitarios fue influenciado por el Partido Socialista Americano (PSA), fundado en 1901 por el sindicalista socialista Eugene V. Debs y Norman Thomas, ahí donde John E. Haynes decía: “Socialism is inevitable” (el socialismo es inevitable) a través de las páginas de The News Times (1910). Dos clubes: dos mundos: la bohemia exquisita y la bohemia roja; el glamour burgués y el socialismo inevitable; dos mundos en un solo periodista: John Reed, que fue un editor de Las Masas (The Masses) y, reportero de buenos trabajos de la American Magazine, que vio la luz pública en junio de 1906 y llegó a tener 45 mil ejemplares en circulación por la Unión americana.

Quizá les parezca raro que existieran hombres y mujeres socialistas o anarquistas en la nación de los sueños, pero no era nada raro. La tradición socialista y anarquista en los Estados Unidos fue muy importante a fines del siglo XIX y principios del XX, por la emigrante europea, la decisión de Karl Marx (head de la AIT) de enviar a esa nación, desde la Gran Bretaña, a la AIT o Asociación Internacional de Trabajadores (Primera Internacional) a Filadelfia en julio de 1876 (VI Congreso y último) y, la posterior visita de Federico Engels, el segundo violín del movimiento socialista europeo poco antes de su muerte.

No es casual, entonces que, la primera gran huelga general por la reducción de la jornada laboral de 8 horas estallara en los Estados Unidos con epicentro en Chicago, gracias a la influencia anarquista y socialista en las uniones americanas (sindicatos) y los Caballeros del Trabajo. Todo está documentado por Marianne Debouzy en “El movimiento socialista en los Estados Unidos hasta 1918”, compilada por Jacques Droz en sus varios volúmenes de la “Historia General del Socialismo” y, de su servidor en mi Historia del 1º de Mayo.

Así que Reed recibió toda esa influencia en la Universidad, en las calles y, sobre todo cuando documentó la Guerra en Paterson. Afirma Buch (2005: 14-16), que la solidaridad con las huelgas obreras (Paterson) lo llevaron de la bohemia al compromiso social, yo agrego: un bohemio comunista, como debe ser. Los comunistas mojigatos me dan mala espina, no terminan bien sus últimos días. Por su parte, Taibo II lo llamó “apasionado” del movimiento obrero.

El mensuario Las Masas vio la luz pública en los años que corrieron del 11 al17 del siglo XX, con un sugestivo slogan: “A MONTHL Y MAGAZIN E DEVOTED TO THE INTERESTS OF THE WORKING PEOPLE” (una revista mensual y devota a los intereses de los trabajadores); fueron 80 números con temas variados de arte, política y textos de denuncia del capitalismo, así como aquellos extraordinarios acontecimientos de los primeros años violentos y revolucionarios del nuevo siglo. Un inmigrante holandés de ideas socialistas, Piet Vlag, fundó el mensuario en New York (recuérdese que esa ciudad, originalmente fue holandesa, no inglesa) que fue considerada como “la revista más peligrosa de Estados Unidos”. Su oficina se ubicaba en el 91 de la avenida Greenwic, en Nueva York; empezó costando 5 centavos de dólar y, luego subió a 10; por ahí desfilaron plumas, además de la de Reed, Mary Heaton Vorse, Eugene Wood y Max Eatsman. Además, de brillantes plumas, la revista era ilustrada por artistas neoyorkinos y tenía un formato de avanzada para aquellos primeros años del siglo XX, con una combinación de artículos, poemas, anuncios culturales y comerciales, pero remataba con una contraportada ilustrada, como el célebre campesino mexicano (de K.R. Chamberlain.) en el número 9, volumen 5 de junio de 1914.

“The Masses, fue editado brillantemente por Max Eastman, quien, con Floyd Dell, como editor en jefe: ayudó a convertirlo en la revista insignia de Greenwich Village, la floreciente comunidad artística bohemia[roja] de Nueva York. La revista definió posiciones progresistas en temas como sindicalización, cooperación, libertad de expresión, igualdad racial, control de la natalidad, amor libre y sufragio femenino; y con reportajes de investigación y despachos de guerra de los periodistas radicales John Reed y Louise Bryant, arremetió contra la explotación laboral en casa y el militarismo en el extranjero.” (The Modernist Journals).

The Masses defendió, contra viento y marea las luchas obreras, las huelgas, el movimiento sufragista, los primeros feminismos y la Revolución Mexicana. Max Eatsman, por ejemplo, defendió la “Guerra de Clases en Colorado” (Class War in Colorado) y, desde 1911, el periodista Carlo de Fornaro, a la revolución mexicana.

Desde su fundación, en el año 11, reporteó el incendio de la fábrica textil Triangle Shirtwaist Factory, luego transformada en símbolo de la lucha de las obreras. John Sloan, uno de los editores artísticos de la revista, que estuvo en la escena del incendio, escribió sobre una de sus caricaturas políticas: “Un triángulo [en referencia al nombre de la fábrica en inglés Triangle] negro que dice en cada uno de sus lados RENTA, INTERESES, GANANCIAS, la muerte de un lado, un capitalista gordo del otro y el cuerpo carbonizado de una chica en el centro” (Celeste Murillo, 2013).

Cuenta Murillo: En medio de la bohemia de Nueva York, en la primavera de 1913, una noche cualquiera en una fiesta, John Reed conoció de casualidad a un dirigente obrero llamado Bill Haywood [Industrial Workers of the World. IWW o Wobblies]. Este le contó sobre una dura huelga que se desarrollaba en Paterson y según sus palabras describió lo que se vivía allí como una verdadera ‘guerra’: 25 mil trabajadores reclamaban sus derechos laborales. Y como Reed ya venía escribiendo artículos en The Masses que hablaban de sus recorridas por los suburbios, sintió un gran impulso por ir a conocer en persona aquella huelga. Y, de ahí el destacado y apasionado libro “La Guerra de Paterson”.

Juanito se unió a la Guerra en Paterson y, cayó preso con otros huelguistas. Dice Celeste que “Cada tanto un obrero gritaba desde su celda “¡Vivan los Obreros Industriales del Mundo!” [IWW] y toda la prisión llena de huelguistas respondía al unísono “¡Viva!”. La moral se mantenía en lo alto, a pesar de los maltratos de la policía a los huelguistas que indignaba a Reed pero no sorprendía en absoluto a Bill [Haywood], quién le transmitió una enseñanza fundamental: que el problema no era un policía o dos, sino todo el sistema capitalista, ya que todo estaba diseñado para que los patrones vean crecer sus riqueza a costa del hambre de los trabajadores.” (2013). Condenado a 20 días de prisión, Juanito salió cuando el alguacil supo que se trataba de un “poeta” y no de un Wobblie (miembro de la IWW).

Reed se movilizó con sus cuates, poetas, periodistas, artistas, mujeres y sindicalistas para organizar una obra de teatro (cuando el teatro era una forma de concientizar las mentes) y presentarla en Manhattan, Nueva York.

Hay una guerra en Paterson. Pero es un curioso tipo de guerra. Toda la violencia es obra de un bando: los dueños de las fábricas. Estos controlan la policía, la prensa y los juzgados, escribió en la The Masses.

En junio de 1914, por 10 centavos de dólar, se podía comprar el ejemplar número 9 de Las Masas, donde John Reed escribió: What about Mexico?, (¿Qué sucede en México?), pero ese ya es harina de otro costal.

 

3.- Juanito Reed (el chatito insurgente) en la frontera México-Estados Unidos: en busca del sueño de Pancho Villa

 

Por eso me voy a hacer americano.

Ve con Dios, Antonio,

di adiós a mis amigos.

Espero que los americanos me dejen pasar

y me dejen abrir una cantina

¡al otro lado del río!…

Recuerdo de John Reed

de una canción que le escuchó del soldado Patricio

en México Insurgente.

 

Ni treintañero era John Silas Reed, cuando tomó su maleta robusta y duradera como se fabricaban a principios del siglo XX y, tras abordar un tren desde Nueva York, cruzó la frontera con México en el año 13 del siglo pasado, con la misión de entrevistar a Pancho Villa, a los revolucionarios y jefes del ejército federal. El México villista lo bautizó como el “chatito”. Un adjetivo muy mexicano. En todo caso un chatito insurgente. Así era Juanito de alebrestado: con solo la maleta, sombrero, papel y pluma, a vivir una de las 100 revoluciones que el periodista de Harvard imaginaba, pero sólo una de dos, era la que le abría sus ventanas y puertas para mirar las batallas de la poderosa División del Norte, del legendario Pancho Villa, antes de que lo filmara Hollywood (The Batlle of Ojinaga).

Sabemos que desde 1911, el periodista estadunidense Carlo de Fornaro, siguió el curso de la Revolución Mexicana a través de las páginas de The Masses (Las Masas). Y, luego Reed, en junio del 14, escribió: What about Mexico?, (¿Qué sucede en México?), en el número 9, también de Las Masas. La serie de artículos escritos sobre la marcha de la División del Norte tomaron forma en el célebre libro: México Insurgente.

Tras bajar del tren de vapor, símbolo de la primera revolución industrial, Reed cruzó el Río Bravo en la frontera entre Texas y Chihuahua por la villa de Ojinaga, que entonces era un lugar polvoriento, de casas de adobe y cuadradas, con una que otra cúpula oriental de las antiguas iglesias españolas; las blancas y polvorientas calles de la villa estaban repletas de mugre y forraje, la antigua iglesia sin ventanas con sus tres enormes campanas españolas que colgaban de un travesaño exterior y, una nube de incienso azul, que brotaba del agujero de la puerta en el campamento de las mujeres que seguían al ejército y, rezaban día y noche para obtener la victoria, yacían bajo el ardiente y asfixiante sol; una tierra desolada, sin árboles, rodeada por montañas desnudas y salvajes entre los ríos Conchos y Bravo, que Juanito identificó en su reseña como Río Grande, así le siguen nombrando del otro lado del río de la ciudad de Presidio, del lado gabacho. Ojinaga en honor al combatiente de los invasores franceses, don Manuel Ojinaga Castañeda, militar y gobernador de Chihuahua, asesinado por los franceses, durante el Imperio de Maximiliano, el de la Casa de los Habsburgo y casado con una princesa belga, Carlota… la de narices de pelota, dice la canción, que es injusta, porque la princesa tenía una nariz refinada. Y en realidad se llamó: María Carlota Amelia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia-Coburgo-Gotha y tuvo los siguientes cargos: Archiduquesa de Austria, princesa de Lorena y Hungría, condesa de Habsburgo y virreina del Lombardo-Véneto y, la última emperatriz del Imperio Mexicano.

Reed quería empezar con el pie derecho en la Revolución, pero estuvo a punto de empezar con el izquierdo: En Ojinaga fue derrotado por las tropas de Francisco Villa, los restos del ejército federal en Chihuahua, unos 3 mil desmoralizados soldados. Su pluma lo describió así:

El ejército federal de Mercado se estacionó durante tres meses en Ojinaga a orillas del Río Grande, luego de su dramática y terrible retirada recorriendo seiscientos cuarenta kilómetros a través del desierto, después de abandonar Chihuahua.

En Presidio, el lado norteamericano del río, uno podía treparse al techo de lodo aplanado de la oficina de correos y divisar los más o menos dos kilómetros de pequeños matorrales que crecían en la arena a la orilla del poco profundo y amarillento arroyuelo; y todavía más allá hasta la pequeña meseta, donde se encontraba el pueblo, que apenas sobresalía del abrasante desierto circulando por montañas desnudas y salvajes.

También se podían ver las casas de Ojinaga, grises y cuadradas, con una que otra cúpula oriental de las antiguas iglesias españolas. Era una tierra desolada, sin árboles. Uno esperaba ver minaretes. De día, los soldados federales enfundados en sus desgarrados uniformes blancos pululaban por el lugar cavando trincheras sin plan alguno, pues se rumoreaba que Villa y su victorioso ejército constitucionalista se dirigía hacia allí. Se captaban instantáneos destellos al reflejarse el sol en los fusiles; extrañas y pesadas nubes de humo se erigían rectas en el quieto cielo.

Hacia la tarde, cuando el sol se ocultaba lanzando una llamarada como la de un horno, se veían las patrullas a caballo moviéndose en contraste con la línea del horizonte rumbo a los puestos nocturnos de avanzada.

Después de anochecer ardían misteriosas fogatas en el pueblo.

Había tres mil quinientos hombres en Ojinaga. Esto era lo que quedaba de un ejército de diez mil, comandados por Mercado, más cinco mil que Pascual Orozco había llevado desde la ciudad de México para reforzarlo en el norte. De estos tres mil quinientos soldados, cuarenta y cinco eran comandantes, veintiuno, coroneles y once, generales.

Yo quería entrevistar al general Mercado; pero uno de los periódicos publicó algunas cosas ofensivas para el general Salazar, y éste había prohibido que los periodistas entraran al pueblo. Yo envié una cortés petición al general Mercado. El general Orozco la interceptó y me envió la siguiente respuesta:

Estimado y honorable señor: Si se atreve a poner un pie en Ojinaga, lo voy a mandar al paredón y con mi propia mano tendré el placer de llenarle de agujeros la espalda”.

Afortunadamente para México Insurgente, Juanito no fue enviado al paredón ni le llenaron de agujeros la espalda, siguió reporteando, describiendo, narrando e interpretando la Revolución que alguna vez soñó en sus noches de bohemia roja con sus camaradas comunistas, socialistas, feministas y anarquistas, pero también uno que otro bohemio a secas.

El mérito de Juanito no sólo reside en viajar desde Nueva York para cubrir como reportero la Revolución Mexicana, sino que va construyendo un nuevo tipo de periodismo: de vanguardia, con crónicas desde el lugar de los hechos e interpretar los acontecimientos con sus lentes comunistas:

Villa era hijo de peones ignorantes. Nunca fue a la escuela. Ni tenía el más leve concepto de la complejidad de la civilización; cuando por fin regresó a ella, era un hombre maduro de extraordinaria astucia natural, que encaró al siglo veinte con la ingenua simplicidad de un salvaje.

En suma: un periodismo militante y simpatizante de la Revolución contra los aristócratas y poderosos. Como se dijo en la conferencia del INEHRM: Reed fue vanguardista en un tipo de periodismo que hoy vuelve a estar de moda: la crónica, la inmersión en los acontecimientos para poder interpretarlos mejor. No sólo buscaba ser testigo de los acontecimientos, sino de los profundos cambios sociales que implicaban, de su dimensión humana (Taibo. 2020). O como nos recordó desde Madrid, Joaquín Estefanía: Fue Vázquez Montalbán quien dijo: “Si el inglés E. H. Carr ha sido el mejor escritor a mucha distancia de la Revolución Bolchevique, John Reed ha sido su mejor periodista”, tanto de la Revolución Soviética como de la Mexicana, agregamos.

John Reed ya estaba en México. Había cruzado el Río Bravo y estaba cerca, muy cerca, de encontrar a Pancho Villa para conocer su sueño.

 

4.- John Reed y el sueño de Pancho Villa: Sería bueno, creo yo, ayudar a que México fuera un lugar feliz

 

Aquí está Francisco Villa con sus jefes y sus oficiales,

que vienen a caballo los cuernos cortos del ejército federal.

La canción de la mañana de Francisco Villa

John Reed. México Insurgente.

 

Juanito Reed, ya en el lado mexicano, se encontró con el “país de Urbina”, el poderoso general del norte Tomás Urbina R., compinche de Villa en sus tiempos de bandolero. El mismo que le confesó a Juanito: “Esta revolución. No se confunda usted. Es la lucha de los pobres contra los ricos. Yo era muy pobre antes de la revolución y ahora soy muy rico”, nos recordó el historiador austriaco, Friedrich Katz (1998:306). Y, así tituló su primer capítulo de su libro célebre, México Insurgente.

El compadrito de Villa era ancho de estatura, tez “color caoba oscura, con una barba negra y rala hasta los pómulos que no escondía la boca ancha, de labios delgados y carentes de expresión, la nariz de amplios agujeros, los diminutos ojos animales llenos de humor”, anotó en sus papeles el reportero de la revista Las Masas.

Se ubicó Juanito en Parral, Chihuahua, donde un buhonero llegó al pueblito con una mula cargada de “macuche” observó con atención mi reportero preferido; Reed se grabó esa voz mayo, tepehuano y yaqui de memoria; el macuche se fumaba cuando no se conseguía un mejor tabaco y fue trasladado desde Magistral, el pueblo montañés duranguense a 3 días a caballo.

Recordó Reed que “Todos se animaron, parloteaban alrededor del buhonero en tres filas pues hacía muchas semanas que el pueblo no oía acerca de la revolución. El hombre estaba lleno de rumores alarmantes: que los federales habían forzado su entrada a Torreón y se encaminaban hacia este lugar, quemando ranchos y asesinando a los pacíficos; que las tropas de Estados Unidos habían cruzado el Río Grande; que Huerta había renunciado; que Huerta se dirigía al norte para tomar el mando de las tropas federales; que Pascual Orozco había sido balaceado en Ojinaga; que Pascual Orozco se dirigía al sur con diez mil colorados. Contó estos informes con abundancia de dramatismo: caminaba con vigor hasta que su pesado sombrero café dorado se bamboleaba sobre su cabeza, retorcía su desgastada cobija azul sobre su hombro, disparaba rifles imaginarios y desenfundaba espadas ficticias, mientras que su público murmuraba: ‘¡má!’ ‘adió’, pero el rumor más interesante fue que el general Urbina se pondría en camino al frente de batalla en dos días.”, así circulaban las noticias de la revolución entre las tropas y el pueblo.

Entre los recuerdos de John Reed, con toda claridad anotó palabra por palabra y sentado en una fogata, el corrido “La canción de la mañana de Francisco Villa”:

Aquí está Francisco Villa

con sus jefes y sus oficiales,

que vienen a caballo los cuernos cortos del ejército federal.

Prepárense ahora, colorados, que han hablado tan recio, pues Villa y sus soldados

pronto les van a quitar el cuero.

Hoy llegó su domador,

el padre de los domadores de gallos, para correrlos de Torreón

al demonio con sus cuernos.

Vuela, vuela, palomita, vuela sobre las praderas,

y diles que Villa ha llegado para sacarlos para siempre.

La ambición se arruinará sola, y la justicia ganará,

pues Villa ha llegado a Torreón para castigar a los avarientos.

Vuela, águila real,

estos laureles llevan a Villa pues ha venido a conquistar

a Bravo y a todos sus coroneles.

Ahora hijos del Mosquito su orgullo se acabará

si Villa llegó a Torreón, ¡es porque pudo hacerlo!

¡Viva Villa y sus soldados! ¡Viva Herrera y su gente!

ustedes han visto, malvados

lo que un valiente puede hacer.

Ya con esta me despido;

por la rosa de Castilla,

aquí está el final de mi corrido al gran general Villa.

El sueño de Pancho Villa

Reed conoció al general Pancho Villa e interpretó de la siguiente forma, muy periodística desde fuera de los seguidores del caudillo:

Sería interesante conocer el apasionado sueño, la visión que anima a este luchador ‘que no es lo suficientemente educado como para ser presidente de México’.”

Una vez me lo contó en estas palabras, señaló Reed:

–Cuando se establezca la nueva república ya no habrá más ejército en México. Los ejércitos son el mayor apoyo de la tiranía. No puede haber dictador sin ejército. El general fue contundente: sin ejército no hay dictador.

“Pondremos a trabajar a las tropas. Por toda la república estableceremos colonias militares compuestas por los veteranos de la Revolución. El estado les daría tierras agrícolas y establecería grandes empresas industriales para darles trabajo.” De hecho, antes de su muerte Pancho Villa tenía una colonia parecida a la que le contó al periodista estadunidense.

Trabajarían muy duro tres días a la semana, porque el trabajo honesto es mejor que la lucha y sólo el trabajo honesto produce buenos ciudadanos; los otros tres días recibirían instrucción militar y saldrían a enseñar a la gente a luchar.”. Este sueño villista es formidable: el trabajo honesto produce buenos ciudadanos. De los que faltan, aún en el México del siglo XXI.

Entonces, cuando la patria fuera invadida, sólo tendríamos que llamar por teléfono desde el palacio de la ciudad de México, y en medio día toda la nación mexicana se levantaría desde los campos y las fábricas, totalmente armados, equipados y organizados para defender a sus hijos y sus hogares.”. Esplendido sueño… algo parecido se trabaja en Venezuela y Cuba ante las amenazas de invasión extranjera.

“Mi mayor ambición es pasar mis días en una de esas colonias militares entre mis compañeros que quiero, quienes han sufrido tanto tiempo y tan profundamente por mí. Me gustaría que el gobierno estableciera una fábrica para producir buenas sillas de montar y bridas, porque yo sé hacer eso; y el resto del tiempo me gustaría trabajar en mi pequeña granja, criando ganado y cultivando maíz. Sería bueno, creo yo, ayudar a que México fuera un lugar feliz.”. Mientras su compadrito, el general Urbina soñaba con hacerse rico, Villa tenía más que un sueño, una utopía posible. Un sueño utópico no tan alejado de la aspiración de millones de soñadores mexicanos: ayudar a que México fuera un lugar feliz.

Yo también tengo ese mismo sueño de mi general Villa.

 

5.- Reed, el Insurgente que se niega a morir

 

Cuando John Reed dejó atrás la Revolución Mexicana, nunca pensó que sería llevado al cine como Pancho Villa, el Centauro del Norte con quien compartió el mismo sueño, tampoco que sería interpretado tanto por el mexicano Claudio Obregón y el hollywoodiano, Warrem Betty. Una coproducción URSS-Italia-México le dio nuevos bríos en Campanas Rojas (en la ex URSS, Krasnye kolokola). Filmada en ex hacienda de Ahuatepec (chiautzingo tetla), con un buen reparto: Franco Nero, Ursula Andress, Jorge Luke, Blanca Guerra, Heraclio Zepeda, Jorge Reynoso, Roberto Ruy, Erika Carlsson, Trinidad Esclava y Vytautas Tomkus

Mucho menos que sería motivo de citación en Mujeres de Armas Tomar, sobre las soldaderas del ejército villista de aquel lejano año del 13, cuando Reed convivió año y medio con su querida Revolución Mexicana. Y, por supuesto, que resucitaría entre los muertos en 1970 en el mismo México que le abrió las puertas y se lo llevó con el remolino revolucionario a pasear con las tropas de Pancho Villa. Reed se niega a morir, también es Presea que otorga la Fundación que lleva su nombre.

El México de 1970 era muy diferente al México de 1910: la Revolución Mexicana había muerto como señaló el Che Guevara en su paso por tierras mexicanas y ver con horror el desfile de obreros acarreados el 1º de mayo de 1955. Sin embargo, Paul Leduc Rosenzweig, recientemente fallecido, se asoció con el productor Salvador López Ollin, para filmar Reed, México Insurgente, basada en el libro y las notas de John Reed, el primer periodista estadunidense en entrevistar al general del Norte en plena acción: la Batalla de Torreón. El guion tuvo plumas destacadas: Juan Tovar, Paul Leduc y Emilio Carballido, además de los diálogos adicionales de Carlos Castañón. Años después, en 1981, Warrem Betty, dirigió, produjo y escribió el guion de Reds (Rojos), la vida revolucionaria y turbulenta de Reed y su compañera, Louise Bryant.

Veinte años después de su trágica muerte, Reed resucitó entre los muertos: Paul Leduc lo llevó al cine independiente con su ópera prima, rodada en blanco y negro en 16 mm con un viraje a color sepia. Con la colaboración del jarocho Emilio Carballido, dramaturgo y narrador, estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México; director y profesor de la Escuela Nacional de Arte Teatral del INBAL, académico en la Universidad Veracruzana, el Instituto Politécnico Nacional y la UNAM; dio clases en las universidades Rutgers de Nueva Jersey y California State de Los Ángeles; su guion cinematográfico de Macario (de Bruno Traven) y dirigida por Ricardo Gavaldón, fue nominada al Oscar como mejor película de habla no inglesa.

Paul Leduc Rosenzweig, fue descendiente de una familia comunista: del arquitecto y militante comunista Carlos Leduc Montaño y Sonia Rosenzweig, también militó en el Partido Comunista de Estados Unidos. Contó Mónica Mateos-Vega que: “… sus amigos definían como un solitario brillante, de una imaginación luminosa y férrea congruencia política, falleció ayer a los 78 años. Fue uno de los grandes realizadores del cine de vanguardia independiente en los años 70, galardonado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2013. Se fue tranquilo, arropado por su familia, en particular por sus hijos Valentina y Juan.” (La Jornada, 22/10/2020). Estudió cine en París, Francia en el Institute d’Hautes Etudes Cinématographiques y fue alumno de Jean Rouch, partidario del cine llamado etnográfico.

56 años después: Reed cabalgaría, otra vez, por la de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería de la Ciudad de México (XXXVII edición), con la versión restaurada del film, Reed, México Insurgente, aquel 18 de febrero de 2016.

La fotografía de la película-homenaje a Reed, fue de lujo: Alexis Grivas, Ariel Zúñiga, Luc-Toni Kuhn y Martín Lasalle; los roles principales a cargo de Claudio Obregón (John Reed); Heraclio Zepeda (Villa); Ernesto Gómez Cruz (capitán Pablo Seáñez); Lynn Tillet (Isabel), entre otros.

La Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México tuvo a bien en 2015, restaurar la película contando con la colaboración técnica de la Filmoteca Real de Bélgica y, la mismísima asesoría de Paul Leduc. Reed, México insurgente restaurado digitalmente con una resolución 2K del negativo original de 16 mm y 124 minutos de duración. Los mismos minutos que disfrutó Paul Leduc en su versión original, pero reducida a 105 por razones comerciales.

Reed, Insurgente mereció muchos premios, para que el mundo no olvide a mi periodista comunista preferido: Premio Georges Sadoul a la mejor película extranjera en 1972; Premio Ariel de Oro a la mejor película en 1973; Premio Ariel de Plata a la mejor dirección en 1973 y, aunque no llegó a ser una de las cinco finalistas, fue nominada por México para contender por el Premio Óscar a la mejor película extranjera de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de 1973.

Y, Reed, dio mucho de qué hablar: críticas positivas de la prensa nacional e internacional (faltaba más, periodistas criticando al periodista): Le Canard Enchainé (Michel Duran), Excélsior (Carlos Fuentes), Esto, de la Organización Editorial Mexicana; El Día (Gabriel Figueroa), The Village Voice (Amos Vogel), Paese Sera, Gazetta del Popolo, Le Point (Robert Benayoun), Daily News (Jerry Oster), The Daily Telegraph (Patrick Gibbs) y Clarín, de Argentina y otros más.

En 2013, con motivo de su Premio Nacional de Ciencias y Artes, en el rubro de Bellas Artes, Leduc narró a La Jornada que filmó su primera película, Reed: México insurgente, durante el régimen de Gustavo Díaz Ordaz, “aunque la terminamos ya en tiempos de Luis Echeverría. Revitalizaron la Academia Mexicana de Cine y nos dieron, entre otros, el Ariel a la mejor dirección. Pero decidieron, además, que los entregara el presidente, por primera vez y a título de su campaña de ‘apertura democrática’. Me tuve que negar a recibirlo porque acababan de pasar dos o tres años del 68 y no me parecía posible recibir un premio en esas condiciones” (Mónica Mateos-Vega 2020).

Reed y Leduc, vuelven a las andadas en estos días de muertos: calaveras comunistas color rojo, lo más rojo de la bandera roja.

 

6.- Las Campanas Rojas de John Reed, el Insurgente

 

¡Viva la Guadalupana!

gritaban los insurgentes,

que es la Reina soberana

de los indios de Occidente!

¡Viva el héroe de Chihuahua!

iMuera vuestro presidente!

Pelones del 5º, salgan al campo

sí son valientes.

Corrido Batalla de Cuautla. 1911.

 

John Reed amaneció una mañana de 1981 convertido en una película, en unas Campanas Rojas medio soviéticas (Красные колокола), medio italianas (Campane rosse) pero muy mexicanas, de hecho, tlaxcaltecas. Y, amaneció convertido en Franco Nero, el famoso artista italiano. Segunda vez que amaneció convertido en film, la primera en 1970, la tercera como Diez días que conmovieron al mundo (1983).

Siempre me gustó más cuando amaneció en 1970 convertido en la ópera prima del comunista director de cine mexicano, Paul Leduc, pero como se dice en México: el soviético-ucraniano, Serguei Bondarchuk, pues no canta mal las rancheras. La coproducción URSS-Italia-México, Campanas Rojas (en la ex URSS, Krasnye kolokola) se rodó en las ex haciendas de Ahuatepec (chiautzingo tetla), San Blas y San Andrés Buenavista, estado de Tlaxcala. Otros dicen que, en ex haciendas de Morelos, porque visitaron Temixco y les gustó; los michoacanos que fue en Cantalagua y Tepetongo. Haya sido como haya sido (corrigiendo a Felipillo), John Reed cabalgó otra vez por el México Insurgente que tanto lo inspiró para escribir su libro memorable sobre la Revolución Mexicana en el año del 14 del siglo pasado.

El guion cinematográfico fue a 4 manos: Ricardo Garibay, Carlos Ortiz Tejeda, Sergei Bondarchuk y Valentin Yesof, basado en la novela de John Reed; el primero, escritor y periodista mexicano, egresado de la UNAM, profesor de literatura, jefe de prensa de la Secretaría de Educación Pública y conductor del programa de televisión Calidoscopio; el último, guionista, dramaturgo, escritor y profesor soviético. El director Sergei Bondarchuk, ucraniano y del Ejército Soviético que combatió en la Segunda guerra mundial y, a su regreso a la hoy extinta Unión Soviética (CCCP o URSS) comenzó a trabajar en el teatro y en el cine. Su primer acercamiento con la industria fílmica lo realizó como actor, recordado especialmente por el filme, Fugitivos en la noche (1960), así cuentan sus reseñadores —famoso por su film Guerra y paz de León Tolstoi (1967) que dura más de siete horas— aspira más al espectáculo (claro, tiene color y música).

Dice una de las tantas sinopsis: Campanas Rojas, narra el viaje del periodista norteamericano John Reed (mi comunista preferido) a México durante la revolución mexicana y su entrevista con Francisco Villa (Tomás Urbina y decenas de villistas y algunos federales). También aparece la relación con su amante Mabel Dodge, su participación en la huelga de Patterson y su actividad como reportero en la primera guerra mundial. Punto y aparte, también se representa la Batalla de Cuautla durante la Revolución, donde las tropas de Emiliano Zapata, derrotaron al ejército federal, en el cual se hallaba el llamado "5º regimiento de Oro". (FILMAFFINITY).

El film tiene mucho del pintoresco cuadrado del “realismo socialista” y también un toque de surrealismo nopalero: ¿Cómo la Batalla de Cuautla de Emiliano Zapata? Reed, no conoció ni al general Zapata ni estuvo en esa Batalla de los zapatistas, pero sirve como toque del director y los guionistas para echar al vuelo sus campanas rojas.

Reproduzco una interesante crítica de un observador español:

“Le pongo un 5 [yo un 6], más bien por las escenas bélicas y por la gran banda sonora. El pueblo donde Franco Nero pasa un romance con la actriz protagonista, Úrsula Andress, es impresionante, es una delicia monumental, siento mucho no saber cuál es [ahí puse el menú de ex haciendas]. Lo demás, no me dice gran cosa. Resulta que un John Reed, alardea de socialista [era comunista] y le pide a Pancho Villa, que desea a toda costa estar en primera línea de fuego y el tío se ve allí entre tiros de metralleta y de lo que sea. Ve el horror, pero como si nada [Juanito sí se involucró con los villistas]. Las últimas frases de la película en off viéndose esa escena de soldados sobre el río, me ofenden. Panfleto comunista, ni más ni menos [era muy comunista Reed, de hecho, lo más rojo de la bandera roja].

“A John Reed, le presentan a una acaudalada mecenas, Mabel Dodge Luhan, ella le presenta a él personajes importantes para su carrera. Es invitado a Paterson, Nueva Jersey, para defender a unos obreros, consecuencia, le encierran en prisión hasta que Mabel paga la fianza [Batalla en Paterson, un gran libro, que demuestra que Juanito se involucraba]. Dos periódicos, el Metropolitan y el New York Times, [también la revista Las Masas] intentan que el reconocido escritor, Reed, vaya como corresponsal de guerra para entrevistar a Francisco Villa, general de la División Norte, a su camino hacia la capital [CDMX]. Buscan la verdad de la revolución contra el presidente Victoriano Huerta [era un golpista que mató al verdadero presidente, Madero y, al verdadero vicepresidente, Pino Suárez]. Ella no quiere que se vaya, prefiere que perfeccione la poesía, pretende llevarle a París. Él rehúsa. No es fácil llegar hasta Villa [ Pancho] pero va cogiendo popularidad entre los soldados hasta que por fin le llevan al general. Le llaman ‘míster’ [también gringo, chatito y otros apodos mexicanos que no se pueden publicar] y le vacilan un poco.

“Lucha de clases y que con sólo eso se justifica una matanza; en la película, también se ve el general del ejército libertador del sur, Emiliano Zapata. Las escenas de batalla son buenas.” (Scharnza).

Ni modo: la lucha de clases era una de las pasiones de John Reed, pero no las matanzas; tampoco estuvo con mi general Zapata, que andaba en el Sur y, Villa, por el Norte. Dicha Batalla fue en mayo de 1911, Juanito cruzó la frontera del Norte hasta dos años después. Por cierto, recomiendo el corrido a la Balla de Cuautla.

Comparto la crítica del blog de El Mirón: “Lo más curioso es el fin (de Campanas rojas de Sergei Bondarchuck). Vimos a millares de muertos esparcidos por el campo de batalla de Cuautla y de Torreón en el norte. Repica la campana de la iglesia. Pausadamente los muertos se levantan y se juntan en un desfilo—tantos que no me di cuenta que la muerte hubiera deshecho a tantos—en una especie de apoteosis de revolucionarios. El narrador los liga con los revolucionarios de la revolución rusa ya unos años al porvenir. Pura propaganda que le caerá según le caigan las revoluciones socialistas.”. A mí me cae muy bien la Revolución Soviética que después comentaremos en Diez días que conmovieron el mundo.

Sin embargo, tuvo la película varios premios: de la Unión de Periodistas a la Mejor Película en el Festival Cinematográfico de los Pueblos de África, Asia y América Latina / Tashkent (URSS-1982); Globo de Oro y Premio del Diario Pravo a la Mejor Película en el Festival Internacional de Cine Karlovy Vary (Checoslovaquia-1982) Filmografía del director: Campanas rojas (1981), Rusia 1917 (Campanas Rojas II) (1983).

 

 

Fuentes:

Batalla de Cuautla, 1911.Corridos y canciones mexicanas. Cuautla (Morelos, México: Municipio). Historia. Zapata, Emiliano, 1879-1919. México. Historia. Revolución, 1910. Campañas y batallas. México. Historia. Revolución zapatista, 1911-1919.

César Macazaga y Ordoño. Vocabulario esencial mexicano. México. Informática Cosmos. 1999 (Fondo: México antiguo).

Friedrich Katz. Pancho Villa. México. Era. 1998.

John Reed. México Insurgente. México. Biblioteca del Político INEP. 2019.

Juan Tovar, Paul Leduc, Emilio Carballido (guion cinematográfico). Reed, México insurgente (Dir. Paul Leduc, 1970-1971). Diálogos adicionales: Carlos Castañón, s/libro México insurgente, de John Reed.

Martha Eva Rocha Salinas. Los rostros de la rebeldía. Veteranas de la Revolución Mexicana, 1910-1930. México. INEHRM. 2016.

Electrónicas

Campanas Rojas. En: http://www.imcine.gob.mx/DIVULGACION/CIRCUITOS/HTML/LARGOS/80/pdf/CampanasRojas.pdf

Charles Townsend Copeland, en: https://www.thecrimson.com/article/1928/1/21/charles-townsend-copeland-pno-member-of/

Circunstancia. De: El jardín de Sevenels. Traducción: Marta Porpetta. Ediciones Torremozas, Madrid 2007. En: http://adamar.org/ivepoca/node/1498

Cosmopolitan Club, en: https://www.cosclub.com/general/viewHome

El Mirón. En: https://elmiron.wordpress.com/category/campanas-rojas/

Emilio Carballido. En: https://inba.gob.mx/prensa/14197/emilio-carballido-pilar-del-teatro-nacional

Jazmín Ortiz. Louise Bryant: una pluma al servicio de la revolución. Izquierda Diario. En: http://www.laizquierdadiario.com/Louise-Bryant-una-pluma-al-servicio-de-la-revolucion

John E. Haynes. A Frustrated Voice of SociaUsm, 1910-1919. The News Times. 1910. En: https://www.mnhs.org/market/mhspress/minnesotahistory/index.php

Juan Tovar. Filmografía. En: http://escritores.cinemexicano.unam.mx/biografias/T/TOVAR_botello_juan/filmografia.html

Las 100 mejores películas mexicanas. México. En: http://cinemexicano.mty.itesm.mx/pelicula1.html

Mónica Mateos-Vega. Falleció Paul Leduc, renovador del cine nacional. La Jornada. 22 de octubre de 2020. En: https://www.jornada.com.mx/ultimas/cultura/2020/10/22/fallecio-paul-leduc-renovador-del-cine-nacional-3799.html

Schranz. Panfleto. En: https://www.filmaffinity.com/es/user/rating/348931/176837.html