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Mié, Jun

Revista de Centroamérica
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La lucha contra el bonapartismo y las dictaduras en Centroamérica.

La ola de negociaciones que permitió la firma de los Acuerdos de Paz, iniciados con Esquipulas II en 1987, creó condiciones para la derrota electoral del FSLN en 1990, continuó con la ronda de negociaciones que permitió desarmar a la guerrilla del FMLN y poner fin a la guerra civil en El Salvador en 1992, y concluyó con la rendición de la guerrilla de la URNG en Guatemala en 1996.

La finalización de los conflictos armados abrió un periodo de incorporación de las ex guerrillas (FMLN y URNG) a una incipiente y débil democracia en sus respectivos países. La excepción de la regla de esta situación, fue Nicaragua donde el FSLN, si bien perdió el gobierno en el periodo 1990-2006, logró mantener el control del Ejercito, Policía y fuerzas de seguridad, incluso preservando la propiedad confiscada en manos de una nueva burguesía sandinista.

Terminaron las guerras civiles en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, pero las demandas democráticas de la población quedaron relegadas. El viejo sistema neocolonial fue restablecido, soportando en el plano económico una feroz ofensiva neoliberal que destrozó las bases económicas que se había acumulado bajo el periodo del Mercado Común Centroamericano (MCCA)

Tres décadas después, Centroamérica, como la maldición de Sísifo, vuelve a caer en el abismo de la pobreza y la marginalidad social, con efectos directos en los débiles regímenes democráticos establecidos a raíz de los Acuerdos de Paz. La democracia lejos de fortalecerse se ha debilitado enormemente. Han resurgido las tendencias autoritarias que pretenden solucionar la crisis capitalista, aplastando con mano de hierro cualquier brote de protesta popular.

De los siete países de Centroamérica, en al menos en tres de ellos, Nicaragua, Honduras y El Salvador, existen regímenes bonapartistas, en formación como es el caso de El Salvador o consolidado como en Honduras, o directamente una dictadura militar como es el caso de Nicaragua.

Evidentemente, cada país tiene sus particularidades, pero la tendencia general que observamos es el declive o debilitamiento de los débiles regímenes democráticos que surgieron hace mas de 30 años, y la transición hacia regímenes bonapartistas o dictatoriales. En Honduras, a raíz del golpe de Estado del 2009, el Partido Nacional tomó el control, pariendo un régimen bonapartista personificado en Juan Orlando Hernández. El caos social, contradictoriamente, refuerza las tendencias bonapartistas. En Honduras, existen formalmente libertades democráticas pero el poder esta centralizado en el presidente Hernández, quien impone su voluntad siempre.

En El Salvador, el fenómeno de Nayib Bukele refleja esa misma tendencia de caos social, violencia y criminalidad, masas populares marginalizadas, descontento popular y agotamiento del bipartidismo que surgió a raíz de 1992. Bukele aprovechó hábilmente el descontento popular contra el sistema, y ya inició un proceso de centralización del poder que puede terminar en una dictadura.

En Nicaragua, el FSLN logró recuperar el poder ejecutivo en 2007, y en un complejo proceso político que contó con la pasividad de Estados Unidos y con la colaboración de las cupulas empresariales, siendo minoría en la Asamblea Nacional terminó imponiéndose y controlando todo el poder, hasta que estalló la rebelión de abril del 2018, la que fue violentamente aplastada. El Bonapartismo de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha terminado en una dictadura, apoyada en el aparato militar del Estado.

Es una imperiosa necesidad política que la izquierda revolucionaria estudie los cambios que ocurren en los regímenes políticos en cada uno de nuestros países, para luchar contra las tendencias totalitarias, que inevitablemente terminaran restringiendo los derechos democráticos y las conquistas laborales y sociales de los trabajadores y de las masas populares.

 

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