América Latina

Por Olmedo Beluche

Entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826, se reunió en Panamá el Congreso Anfictiónico, el cual tenía el gran objetivo de crear una confederación de los pueblos iberoamericanos, desde México hasta Chile y Argentina. Era el momento cumbre de las revoluciones independentistas hispanoamericanas. Simón Bolívar y el mariscal Antonio Sucre, acababan de liberar el Alto Perú (Bolivia), último bastión del realismo español en el continente. Salvo Cuba y Puerto Rico, toda la América hispana era finalmente libre, luego de décadas de sangrientas guerras contra el poder colonial.

Parecía llegado el momento de consolidar y cimentar sobre bases firmes la decena de jóvenes repúblicas que acababan de nacer. Era la hora de construir y dejar atrás la fase destructiva que toda revolución conlleva. Había que unirse y reforzarse, pues los peligros acechaban a los inexpertos estados: la anarquía interior, la posibilidad de invasiones de reconquista por parte de Fernando VII apoyado por la Santa Alianza europea, la voracidad comercial del imperio británico y de los ya temibles Estados Unidos.

El Congreso Anfictiónico de Panamá fue, a la vez, la culminación del máximo sueño de Bolívar y el comienzo de su fracaso. Esta magna asamblea debía fundamentar una gran nación que, por extensión, población y riquezas naturales jugaría un papel de primer orden el mundo, puso al descubierto todas nuestras debilidades. Frente a la gran capacidad visionaria del Libertador, sin duda el hispanoamericano más preclaro de su tiempo, se opuso la cortedad de miras de oligarquías regionales de latifundistas y comerciantes supeditados a los capitalistas extranjeros. Mal que, ciento ochenta años después, todavía nos aqueja.

Pero la aspiración legítima a la unidad latinoamericana, el “sueño” de Bolívar, no ha muerto, sigue presente y activo en la lucha de los oprimidos del continente, de sus clases trabajadoras. Frente a la continuada supeditación de nuestros países al interés extranjero, llevada a cabo por gobiernos que, en esencia, son biznietos de los Santander, La Mar, Rivadavia, etc., que traicionaron a Bolívar; hoy los pueblos de Cuba, Venezuela y Bolivia nos muestran el camino de la anfictionía bolivariana. Frente al saqueo continuado, ahora bajo la forma del ALCA o los TLC’s, ahí está el ALBA para mostrarnos que otra Hispanoamérica es posible.

1. La lucha por la libertad siempre estuvo asociada a la idea de la unidad

A decir de los historiadores Celestino Araúz y Patricia Pizzurno, la idea de la unidad hispanoamericana estuvo siempre en las mentes de los libertadores. Desde “el Precursor”, Francisco de Miranda, cuando en 1791 en su Carta a los Americanos hablaba de “formar de la América una grande familia de hermanos”; pasando por la Declaración de los derechos del pueblo de Chile, en 1811, que invocaba la unidad continental para hacer respetar su soberanía; hasta en los primeros documentos del Libertador, como la Carta de Jamaica de 1815.

La idea de la confederación no implicaba para Bolívar el desconocimiento de las particularidades regionales, las dificultades geográficas y las diferencias económicas. En la Carta de Jamaica, éste reconoce la posibilidad que, de la independencia lleguen a surgir hasta 15 ó 17 estados “independientes entre sí”. Bolívar visualiza la consolidación de seis repúblicas principales: México, Centroamérica (incluyendo al Istmo de Panamá), la Gran Colombia (de la unidad de la Nueva Granada y Venezuela), Perú (incluyendo lo que sería luego Bolivia), Buenos Aires y Chile.

Estas repúblicas habrían de conformarse siguiendo la tradición del “utipossidetis iuris”, es decir, manteniendo la conformación política que le dio la administración colonial española a sus enormes posesiones en América. Sus gobiernos deberían ser centralistas, a criterio de Bolívar, ya que, para él, el federalismo a ultranza fue la causa de la división y fracaso de las primeras repúblicas proclamadas hacia 1810, período que se ha dado en llamar en Colombia de la “patria boba”. 

Eso sí, el Libertador rechaza tajantemente la idea de sujetarlas bajo un régimen monárquico. Principio que sostuvo hasta el final de sus días, pese a que reiteradamente le fue propuesto proclamarse emperador, como Napoleón. Siempre se mantuvo ferozmente republicano, aunque fuera bajo un régimen con libertades recortadas, por temor a la anarquía.

Cuando, en la Carta de Jamaica, el Libertador especula con la idea de crear una sola nación continental adquiere un tono más bien escéptico, veamos:

“Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; mas no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América”.

Por eso, cuando a partir de 1824, frente a una América casi completamente liberada, Bolívar retoma la idea para concretarla, no está pensando en crear un solo estado nacional bajo un gobierno presidido por  él, como falsamente adujeron oligarcas extranjerizantes, como Rivadavia para justificar el boicot al Congreso Anfictiónico. Más bien tenía en mente una Liga o Alianza que fuera política, económica y militar, sin que ello significara la disolución de los gobiernos y repúblicas que le conformaran.

Por ello dice, en su Carta de Jamaica:

 “¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración; otra esperanza es infundada, semejante a la del abate de St. Pierre, que concibió el laudable delirio de reunir un congreso europeo para decidir de la suerte y de los intereses de aquellas naciones”.

2. Convocatoria del Congreso de Panamá

Apenas consolidada la Gran Colombia, y como su presidente, Bolívar realiza una primera convocatoria en 1822, sin mucho éxito, a los gobiernos de México, Perú, Chile y Buenos Aires, para reunir una asamblea “que nos sirviese de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligros comunes, de fiel intérprete en los tratados públicos cuando ocurran dificultades y de conciliador, en fin, de nuestras diferencias”.

El 7 de diciembre de 1824, dos días antes de la batalla de Ayacucho, como jefe de estado de Perú, Simón Bolívar dirige una convocatoria a los gobiernos de Colombia la Grande, México, el Río La Plata, Chile y Guatemala (América Central), para instalar una Asamblea de Plenipotenciarios en Panamá, para “obtener el sistema de garantías que, en paz y guerra, sea el escudo de nuestro nuevo destino...”.

Sobre los objetivos de esta asamblea, dice: “Entablar aquel sistema y consolidar el poder de este gran cuerpo político, pertenece al ejercicio de una autoridad sublime que dirija la política de nuestros gobiernos, cuyo influjo mantenga la uniformidad de sus principios, y cuyo nombre sólo calme nuestras tempestades. Tan respetable autoridad no puede existir sino en una asamblea de plenipotenciarios, nombrados por cada una de nuestras repúblicas y reunidos bajo los auspicios de la victoria obtenida por nuestras armas contra el poder español”. 

Sobre la elección del sitio, lo sustenta en los siguientes términos: 

“Parece que si el mundo hubiese de elegir su capital, el Istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino, colocado, como está, en el centro del globo, viendo por una parte el Asia, y por la otra el África y la Europa. El Istmo de Panamá ha sido ofrecido por el gobierno de Colombia, para este fin, en los tratados existentes. El Istmo está a igual distancia de las extremidades; y, por esta causa podría ser el lugar provisorio de la primera asamblea de confederados”.

¡Qué lejos estaba Bolívar de saber que, en esos tiempos, Panamá era una ciudad malsana, sucia y atestada de mosquitos que atacarían sin piedad a los delegados, produciendo en su séquito más de una muerte por malaria y fiebre amarilla! Situación que los llevó a apresurar los debates, tomar decisiones superficiales y reconvocarse, para o volver a verse, en otro lugar más benigno, como Tacubaya en México.

A inicios de 1826, en unas notas tituladas Un pensamiento sobre el Congreso de Panamá, Bolívar visualizaba: 

“Este Congreso parece destinado a formar la liga más vasta, o más extraordinaria o más fuerte que ha aparecido hasta el día sobre la tierra. La Santa Alianza será inferior en poder a esta confederación...”. 

Y lista diez objetivos concretos que aspiraba salieran del cónclave, entre ellos: que las naciones independientes estarían ligadas por una “ley común que fijase sus relaciones externas”; lo cual forzaría a España a reconocerlas y hacer la paz; la conservación del orden interno, dentro de cada estado y entre sí, de modo que “ninguno sería más débil”, manteniendo un “equilibrio perfecto”; que la fuerza de todos concurran en auxilio de un ataque externo o de “facciones anárquicas”; se alcanzaría la “reforma social” bajo un “régimen de libertad y paz”;  no habría diferencias “de origen y de colores”; aunque agregaba, que “tampoco temería la preponderancia numérica de los primitivos habitadores” (indígenas).

3. Bolívar frente a Inglaterra, Estados Unidos y Europa:

Un aspecto frecuentemente incomprendido, o malintencionadamente interpretado, ha sido la importancia que Bolívar daba a las relaciones con la Gran Bretaña. Los cipayos que históricamente nos han supeditado a los intereses imperialistas han querido justificar sus actos en la doctrina bolivarista. Algunos han querido sostener sobre este hecho el posterior “panamericanismo”, de inspiración y hegemonía norteamericanas. Nada más falso.

Para el Libertador, establecer unas relaciones internacionales privilegiadas con el imperio británico tenía propósitos tácticos, con miras a consolidar la independencia de las nuevas repúblicas, en primer término; crear las bases de un desarrollo económico y comercial, que sólo podía provenir de ella en aquel tiempo; y recibir el influjo de sus instituciones políticas estables, a las cuales admiraba, con excepción de la monarquía. 

A mediados de los años veinte del siglo XIX, el mayor enemigo de las nuevas naciones seguía siendo España, bajo la monarquía de Fernando VII, restaurada y apoyada por la llamada Santa Alianza de las potencias europeas, constituidas por regímenes reaccionarios, consolidados después de la derrota final de Napoleón. Santa Alianza que abarcaba desde la restaurada monarquía borbónica en Francia, hasta la atrasada Rusia zarista, pasando por las monarquías centro europeas de Prusia y Austria.

La relación privilegiada con Gran Bretaña, por parte de Bolívar, buscaba un poderoso aliado que le permitiera confrontar a España y la Santa Alianza que, en ese momento, hacían planes concretos para invadir América hispana y restaurar el régimen colonial. De ahí que para Bolívar una condición sine qua non para el éxito del Congreso Anfictiónico era, no sólo la asistencia de Inglaterra, sino su adhesión a los acuerdos que de allí emanaran. 

En Un pensamiento sobre el Congreso de Panamá, luego de considerar la potencialidad de la confederación que habría de crearse, la condicionaba a “siempre que la Gran Bretaña quiera tomar parte de ella, como Miembro Constituyente”. Ello permitiría que España hiciera la paz “por respeto a Inglaterra”, lo cual forzaría a la Santa Alianza a reconocer a las nuevas repúblicas. A cambio, Gran Bretaña obtendría “ventajas considerables”, como: acrecentar su influencia en Europa, “la América se convertiría en un opulento dominio de comercio”, centro de sus relaciones entre Asia y Europa.

Que esta relación privilegiada con Inglaterra no era, para Bolívar, un estado permanente de supeditación queda claro en una carta que dirige a Santander desde Cuzco, el 28 de junio de 1825: “... nuestra federación americana no puede subsistir, si no la toma bajo su protección la Inglaterra; por lo mismo no sé si sería muy conveniente, si la convidásemos a una alianza ofensiva y defensiva. Esta alianza no tiene más que un inconveniente y es el de los compromisos en que nos puede meter la política inglesa; pero este inconveniente es eventual y quizás remoto.  Yo le opongo a este inconveniente esta reflexión: la existencia es el primer bien y el segundo es el modo de existir; si nos ligamos a la Inglaterra existiremos y si no nos ligamos nos perderemos infaliblemente. Luego es preferible el primer caso. Mientras tanto creceremos, nos fortificaremos y seremos verdaderamente naciones para cuando podamos tener compromisos nocivos con nuestra aliada. Entonces nuestra propia fuerza y las relaciones que podamos tomar con otras naciones europeas nos pondrán fuera del alcance de nuestros tutores y aliados” (citado por Araúz y Pizzurno).

Para él se trata de una alianza motivada por las circunstancias del momento, para ganar tiempo y fortaleza para las nuevas repúblicas. Otra cosa era la política bolivariana hacia Estados Unidos, al que no se debía invitar al Congreso Anfictiónico. 

Su rechazo a la presencia de Norteamérica se debía fundamentalmente a que no quería ofender a Inglaterra, que esperaba fuera la aliada fundamental. Aunque ya caracterizaba a aquel país y su gobierno, del que diría en 1829, en una carta al embajador inglés (rechazando su oferta de dejar un monarca europeo al frente de Colombia ante su ya previsible retiro político): 

“... Estados Unidos que parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad”.   

En esto, como en todo lo demás, el vicepresidente Santander actuaría como un judas, traicionando la opinión de Bolívar e invitando a Estados Unidos al Congreso de Panamá.

El presidente norteamericano John Quincy Adams enseguida aceptó la invitación e instruyó a sus delegados  para que rechazaran “toda idea de un Congreso Anficitónico investido  con poderes para decidir las controversias entre los estados americanos para regular de cualquier forma su conducta” (el “divide y vencerás” ya era parte de su doctrina continental); impedir el surgimiento de nuevas colonias europeas (“América para los americanos”, del norte, por supuesto); e impedir cualquier expedición liberadora a las últimas colonias españolas, Cuba y Puerto Rico (¿ya planeaban la guerra de 1898?). Por suerte, los delegados yanquis no pudieron estar presentes en el Congreso, dado que uno falleció (R. Anderson, embajador en Bogotá) y el reemplazo, J. Sergeant, no llegó a tiempo.

Por su parte, el primer ministro británico Canning, a decir de Jorge Abelardo Ramos, designó a Mr. Edward J. Dawkins, con precisas instrucciones para enfatizar que el Congreso Anfictiónico debía respetar las leyes marítimas inglesas e impedir a toda costa una confederación encabezada por Estados Unidos. Este último sí estuvo presente en las sesiones, y entre sus influencias negativas se cuenta la insistencia para que Hispanoamérica indemnizara a España por la independencia. 

4. Las oligarquías y los imperios conspiran contra el Congreso Anfictiónico

La propuesta del Congreso fue acogida con beneplácito por los patriotas de todos lados. José Cecilio del Valle, a la cabeza del gobierno de Centroamérica, ya desde noviembre de 1823, aceptó la invitación hecha por Bolívar en 1822. Otro actor importante lo fue el canciller de México, Lucas Alamán, quien era un firme partidario de la unidad hispanoamericana, aunque desde una perspectiva política bastante conservadora. 

El gobierno de México, junto al de Colombia, fueron los pilares fundamentales de la convocatoria del Congreso de 1826. El cuarto gobierno en aceptar y acudir fue el de Perú, dirigido en ese momento por el propio Bolívar. De modo que se hicieron presentes en Panamá: Mariano Michelena y José Domínguez, en representación de México; Antonio Larrazábal y Pedro Molina, por Centroamérica; Lorenzo Vidaurre y José M. Pando, por Perú; y los anfitriones colombianos, el canciller Pedro Gual y Pedro Briceño Méndez.

Chile, que había respaldado la idea durante el mandato de O’Higgins, finalmente no asistió, pues éste había sido desplazado del poder por los latifundistas a causa de sus medidas anticlericales. Brasil, que también fue invitado, y que había aceptado, no concurrió, aunque sí lo hizo el patriota José Ignacio Abrau e Lima, “o General das Massas”. El Paraguay, presidido por el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, ya había iniciado su política de aislamiento y autarquía, que duró hasta 1865, cuando su país fue arrasado por una invasión brasileño argentina auspiciada por Inglaterra.

A decir del historiador argentino, Jorge Abelardo Ramos, quienes se resistieron desde un inicio a la convocatoria del congreso fueron los gobernantes de Buenos Aires, ciudad que ostentaba la representación de las relaciones extranjeras de las Provincias Unidas del Río de La Plata.  Allí, bajo la influencia de Rivadavia, fue acogido fríamente el enviado de Bolívar, Joaquín Mosquera.

Rivadavia, era agente directo de la oligarquía comercial porteña, supeditada a sus amos ingleses y norteamericanos. Ya tenían como precedente el haber abandonado a su suerte al general San Martín, negándole cualquier apoyo material para continuar su gesta liberadora en Perú. 

El gobierno porteño se mantuvo renuente a designar sus delegados al Congreso, hasta que se enteró de que los ingleses asistirían. J. A. Ramos, cita una misiva del embajador inglés a al primer ministro Canning, en la que sostiene que Rivadavia le había dicho, hablando del Congreso de Panamá: “La presencia de un agente británico sería la mejor garantía...”, que se habían resistido a participar, “... pero que la decisión de la Gran Bretaña y de los Estados Unidos... alteraba materialmente las miras y sentimientos de este Gobierno acerca de esa asamblea”.

En marzo de 1826, Rivadavia, visitó al embajador norteamericano Mr. Forbes, del cual se enteró que Estados Unidos pensaba enviar tan sólo un observador con fines puramente comerciales. Ante lo cual, Rivadavia le dijo: “...He decidido no apartarme un ápice de la senda de los Estados Unidos, quienes, por la sabiduría y esperanzas de su Gabinete, como por su gran fuerza y carácter nacional, deberían tomar la dirección de la política americana”.

Cuando finalmente el gobierno cipayo de Buenos Aires se decidió a enviar delegados, les confirió la misión de limitar los alcances confederales del Congreso Anfictiónico a la necesidad de garantizar la “libre concurrencia de la industria y la inviolabilidad de la propiedad”. Pero éstos no llegaron a la cita.

Queda así expresado el papel antinacional y antihispanoamericano de la burguesía comercial, aliada del latifundio, no sólo porteña, sino de todo el continente, frente al Congreso de 1826, que será la tónica que la caracterice hasta nuestros días. En Colombia, ya jugaba el mismo papel el general Santander, vicepresidente de la república. Su gobierno estaba marcado por la corrupción que parece fue un sello de nacimiento. Éste y sus aliados ya habían iniciado el trabajo de zapa contra la obra de Bolívar, cuyo prestigio envidiaban y cuya visión de conjunto chocaba contra sus mezquinos intereses localistas.

Desde que el Libertador partió hacia el Sur para asegurar las independencias, primero de Ecuador, y luego de Perú y Bolivia, se había iniciado la conspiración de Santander y los oligarcas cachacos de Bogotá.  Ya mencionamos la invitación cursada por Santander a Estados Unidos, contraviniendo la voluntad expresa de Bolívar.

Hacia 1825-26, la conspiración montada por Santander cobró fuerza ante el temor que les causaba la Constitución boliviana, redactada por el propio Libertador, en la que se proponía crear un sólo estado confederado que incluyera junto a la Gran Colombia (Nueva Granada, Venezuela y Ecuador) al Perú y la recién creada Bolivia.

Al respecto, el historiador y político conservador colombiano, Laureano Gómez, señala: 

“Bolívar, llegando triunfante al Potosí, sintió subir hacia él el coro de las encendidas esperanzas de los pueblos del sur, abatidos hasta entonces por una desesperante anarquía. Con penetrante mirada entrevió la fácil posibilidad de formar de los dispersos restos del Imperio Español en América un poder de importancia por entonces superior a los Estados Unidos de América. Confió su pensamiento a Santander, pidiéndole al gobierno y al congreso de Colombia la cooperación necesaria, que casi se reducía a que “se le permitiera seguir su destino”.

“Santander y su partido jamás colaboraron en dicho plan, -continúa Laureano Gómez. 

El vicepresidente se opuso decididamente y en el congreso empezó inmediatamente la persecución contra los venezolanos y la hostilidad de crear en las norte dificultades de tal magnitud que desvaneciesen en la mente del Libertador los gloriosos sueños del sur. La insensata conducta del congreso contra Páez produjo la reacción prevista y que sin duda se buscaba”.

En el mismo año en que el continente celebraba la liberación completa del poder colonial, cuando Bolívar sentaba las bases para constituir un gran estado que abarcaba media Sudamérica, y organizaba el Congreso Anfictiónico para confederar toda la América hispana, cuando mayor era su prestigio y el del mariscal Sucre (al que terminaron asesinando), la oligarquía colombiana a través de Santander y sus aliados, movía sus hilos para producir heridas que llevaran al fraccionamiento y disolución de toda la Gran Colombia.

El 21 de septiembre de 1826, en una carta a Bolívar, Santander confiesa su pensamiento: “O lo que somos o nada, es mi deseo. Si no hay fuerza moral ni física para refrenar los perturbadores y sostener el sistema actual..., debe disolverse la Unión y formarse estados independientes de Venezuela, Nueva Granada y el Sur” (citada por L. Gómez).

Entonces, igual que ahora, la oligarquía comercial-latifundista escondió sus actos de traición, sus mediocres miras localistas y su avaricia, revestidas bajo el manto de supuestos principios liberales y “democráticos”. Contra la constitución boliviana, la más progresista de las redactas por entonces, opusieron la defensa de un manojo de leyes y decretos cuya esencia fue mantener el poder en sus manos, en una democracia de apariencias, pero vacía de contenido popular y, más bien con esencia antipopular.

El arma que se usó para denigrar al propio Bolívar fue acusarle de querer convertirse en “dictador”, pues la constitución boliviana proponía una presidencia vitalicia a cargo del Libertador. Pese a que sabían bien que el Libertador asumía este mandato muy a su pesar, que siempre rechazó incluso la instauración de una monarquía que se le propuso hasta el último momento y que, en todo caso, pecó de democrático y dadivoso con sus enemigos. La presidencia vitalicia, y la república con poderes recortados era la única forma de sostener por entonces a las naciones recién creadas frente a la amenaza de la agresión externa y la anarquía interna.

Pero, en manos de la oligarquía cipaya el argumento de las pretensiones “dictatoriales” de Bolívar le sirvió para presentarse a sí misma bajo el disfraz de “demócratas”. El resto es historia conocida. Pronto se sumarían a esta conspiración los oligarcas peruanos, tan incapaces de lograr por sí mismos la libertad que, de adulones de Bolívar pasaron a echar al ejército libertador, para luego tomar Guayaquil contra el mismo Bolívar y Sucre. Para ello contarían con la complicidad del general Obando en Popayán, quien pagaría por asesinar, pocos años después, al mismísimo Sucre en un páramo. 

Cinco años después, precipitada la muerte del Libertador por la tuberculosis y el cansancio de tanta traición, la Gran Colombia quedaba finalmente disuelta, el Congreso de Panamá en suspenso y el gran sueño convertido en una pesadilla, que aún nos dura.

5. Los limitados resultados del Congreso de Panamá

En estas circunstancias políticas, y agobiados por los mosquitos panameños, los delegados al Congreso Anfictiónico de 1826, produjeron cuatro resoluciones en diez sesiones que distaban mucho del magno objetivo propuesto por Bolívar. La declaración central, lejos de crear una Asamblea continental de amplios poderes, limitó sus atribuciones a la de negociar convenios mutuos y a un papel de mediación en caso de conflictos.  

Por encima del mandato conjunto de esta magna asamblea, se privilegió la soberanía fragmentada de cada república. De modo que sus resoluciones no tendrían carácter vinculante y sólo serían meramente declarativas o exhortos.

Contrariando la propuesta de Bolívar crear una poderosa fuerza militar conjunta de sesenta mil soldados, como clara advertencia a las potencias europeas, supeditadas a un único mando dirigido por el Congreso Anfictiónico, se resolvió establecer una cooperación militar limitada en la que cada estado preservaría los reglamentos y mandos de sus fuerzas militares.

Aunque Estados Unidos estuvo ausente, el papel conspirador del embajador inglés, Edward J. Dawkins, fue jugado a la perfección. Tan es así, que el canciller colombiano, Pedro Gual, le permitió, para su paz espiritual (la del inglés) ojear la declaración final antes de que fuera sometida a votación.  Como se ve, el entreguismo es una vocación innata de nuestras oligarquías.

Las sesiones concluyeron con el acuerdo de volver a reunirse en Tacubaya, México. Poco después, consciente del fracaso, Bolívar evaluaba lacónicamente los resultados del Congreso: “Su poder será una sombra y sus decretos, consejos, nada más”. En 1829, haciendo un balance general (“Una mirada sobre la América española”) era claro y pesimista: “No hay buena fe en América, ni entre las naciones. Los tratados son papeles; las Constituciones libros; las elecciones combates; y la vida un tormento. Esta es, americanos, nuestra deplorable situación”.

6. ¿Tiene futuro la unidad latinoamericana?

La experiencia histórica de los ciento ochenta años transcurridos desde aquel fracasado congreso muestra dos tendencias claras: por un lado, que las clases dominantes (burguesía criolla) fueron y siguen siendo profundamente antinacionales y anti-hispanoamericanas, su vocación es la de agentes serviles del capital imperialista extranjero, ahora fundamentalmente norteamericano, a través del ALCA y los TLC’s.

Por otro lado, la aspiración bolivariana a la unidad y la libertad de nuestras naciones no pereció con el Libertador, ni mucho menos con el Congreso Anfictiónico, por el contrario, se ha mantenido firme y permanente entre nuestras clases populares y trabajadoras, entre los explotados del continente. Aspiración constantemente renacida y renovada, cual el ave fénix, cada vez que nuestros pueblos se ponen en movimiento.

Poderosas fuerzas objetivas dieron al traste con la unidad soñada por Simón Bolívar: una imponente y extensa geografía imposible de ser vencidas mediante la técnica y los medios de transporte de aquellos tiempos; una fragmentación política y económica heredada de la fase colonial construida para asegurar el control allende el mar; la ausencia de un mercado interno, asociado a una raquítica y mediocre burguesía comercial y latifundista sumida en la función de la exportación monoproductiva y la importación de bienes de consumo; la carencia, por ello, de una clase obrera sólida, capaz de dotar de nueva fuerza y contenido la lucha por la unidad y la libertad.

Transcurridos dos siglos, muchos de estos factores objetivos han sido superados: la tecnología y los medios de transporte nos han acercado; el masivo proceso de industrialización de mediados del siglo XX parió una pujante clase trabajadora que cuenta ya con décadas de experiencias y luchas; un mundo capitalista neoliberal que, aunque siga controlado por un puñado de potencias, está cada vez más sumido en la crisis económica, política y en la decadencia de su prestigio. Lo único que parece no haber cambiado en 200 años es la vocación entreguista de nuestras burguesías y su carácter de apéndice de los intereses extranjeros.

Hoy cuando una nueva oleada revolucionaria sacude el continente americano, y los pueblos se alzan en busca de “otro mundo posible” y de “otra América posible y necesaria”; cuando se debate acerca de las perspectivas del “socialismo del siglo XXI”, la aspiración bolivariana a la unidad y libertad sigue presente y toma fuerza, con materializaciones concretas como el ALBA.

Por ello, nos parece pertinente concluir aquí con una reflexión, sobre la aspiración bolivariana y la propuesta federal del insigne panameño-colombiano del siglo XIX, Justo Arosemena, que hiciéramos en nuestro libro La verdadera historia de la separación de 1903:

“La aspiración bolivariana a la unidad era correcta y visionaria en el sentido de que sólo la unidad política hispanoamericana, montada sobre los elementos culturales y geográficos comunes, podría asegurar el desarrollo de un Estado nacional fuerte y autónomo, capaz de desempeñar un gran papel en el concierto mundial, gracias a sus enormes riquezas naturales y humanas.  Pero, dadas las condiciones objetivas aludidas, la unidad hispanoamericana tenía también un carácter utópico, que el propio Bolívar sufrió personalmente.  

La desmembración de la embrionaria unidad latinoamericana fue justificada por las oligarquías regionales con la excusa del excesivo centralismo de que se acusaba a Bolívar.  Las oligarquías regionales pintaron el centralismo propuesto por Bolívar como la génesis de una odiosa dictadura alejada de las necesidades locales.  Pero las repúblicas constituidas sobre la base de intereses regionales sólo se transformaron en débiles Estados, girones destrozados de aquella gran Nación soñada por Bolívar, que fueron fácil presa de los intereses ingleses y norteamericanos.

La grandeza del concepto federativo sostenido por Justo Arosemena radica exactamente en que permite dotar a las regiones de gobiernos propios, que ágilmente resolvieran los asuntos cotidianos, sin que eso significara el aniquilamiento de la unidad nacional, y los intereses comunes de nuestros pueblos. ¿Una propuesta federativa, como la sostenida por Arosemena, habría podido salvar el sueño bolivariano? Tal vez. 

Pero si esta alternativa no pudo constituirse en el siglo XIX, debido a poderosas razones objetivas, cabe replantearse la aspiración unitaria Hispanoamericana a las puertas del siglo XXI, cuando esos obstáculos naturales, económicos y sociales han sido vencidos por el desarrollo capitalista. Y si esa aspiración unitaria tiene algún futuro, lo será liderizada por la clase obrera, la clase revolucionaria actual, bajo la forma de una Federación de Repúblicas Socialistas Latinoamericanas, que tendrá grandes similitudes administrativas con el esquema levantado en 1855 por Justo Arosemena.

Los nacionalistas y antimperialistas panameños no podemos fundamentar nuestro accionar en una perspectiva exclusiva y atomizadamente panameña; no podemos ser comparsas de los intereses de una mezquina burguesía comercial istmeña, históricamente cipaya de intereses de alguna potencia comercial foránea; ni podemos seguir cantando a coro las supuestas bellezas y particularismo del "transitismo" panameño, por el que tenemos que vivir renunciando a nuestras aspiraciones de desarrollo nacional para que los "usuarios" de la zona de tránsito no se sientan ofendidos.  

No podemos seguir creyendo el cuento de que la pequeña república panameña, aislada, podrá tener un trato igualitario con su "socio" norteamericano.  Sólo empezaremos a ser tratados en igualdad cuando hablemos en nombre de la reconstituida Nación hispanoamericana, de la que Panamá es una parte importante, pero parte al fin.  Sólo en esa perspectiva, en la que se refunden las aspiraciones de Bolívar y Arosemena, con la nueva sabia social revolucionaria, el proletariado, podremos tener un futuro soberano y próspero. 

Porque, como decía León Trotsky en 1934: "Los países de Sud y Centroamérica no pueden librarse del atraso y del sometimiento si no es uniendo a todos sus Estados en una poderosa federación. Esta grandiosa tarea histórica no puede acometerla la atrasada burguesía sudamericana, representación completamente prostituida del imperialismo, sino el joven proletariado latinoamericano, señalado como fuerza dirigente de las masas oprimidas. Por eso, la consigna de lucha contra las violencias e intrigas del capital financiero internacional y contra la obra nefasta de las camarillas de agentes locales, es: "los Estados Unidos Socialistas de Centro y Sud América"".

Bibliografía

1. Araúz, Celestino A. y Pizzurno, Patricia G. El Panamá Colombiano (1821-1903). Primer Banco de Ahorros y Diario La Prensa. Panamá, 1983.

2. Beluche, Olmedo. Estado, Nación y Clases Sociales en Panamá. Editorial Portobelo. Pequeño Formato 115. Panamá, 1999.

3. Beluche, Olmedo. La verdadera historia de la separación de 1903. ARTICSA. Panamá, 2003.

4. Bolívar, Simón. Doctrina del Libertador. Biblioteca Ayacucho. Caracas, 1985.

5. Gómez, Laureano. El final de la grandeza. Editorial Hojas e Ideas. Santa Fe de Bogotá, 1993.

6. Ramos, Jorge Abelardo. Historia de la nación latinoamericana. Editorial Prensa Moderna. Cali, 1986